sábado, 17 de septiembre de 2022

Temer a Dios... y a Cristina un poquito

Cristina Kirchner reunida con curas villeros, hermanas religiosas y laicas el último
miércoles, en el Senado. (Foto/Prensa Senado)

Por Héctor M. Guyot

La devoción con que los curas villeros y las religiosas reunidos en el Senado seguían anteayer las palabras de la vicepresidenta dice mucho del kirchnerismo. Los gestos de aprobación, las miradas arrobadas y el respetuoso silencio sugieren que Cristina Kirchner fue objeto de una fe sin fisuras por parte de un grupo de personas que hacen de la fe un elemento que guía sus vidas.

Muchos santos y filósofos se han empeñado en demostrar racionalmente la existencia de Dios, pero siempre pensé que creer o no en una trascendencia que vaya más allá del mundo material es, además de una cuestión que define nuestro modo de estar en el mundo, uno de los actos más íntimos y misteriosos que puedan darse, determinado tanto por la cultura como por las experiencias de vida de cada quien. Y la experiencia, ya se sabe, es intransferible. Por eso me he convencido de que la fe en Dios, así como la fe opuesta en que no hay nada más allá de lo que la ciencia pueda explicar, no es tema de discusión. Es inútil y necio catequizar para un lado o para el otro. ¿Pasa lo mismo con la política cuando se la convierte en religión?

Me preguntaba, anteayer, cuánto de experiencia personal habría en la fe con que estos religiosos homologaban la palabra de Cristina Kirchner con la verdad. Convengamos en que la fe, incluso la buena fe, tampoco es discutible en este caso. La pregunta entonces sería por qué estos curas y estas monjas creen que la vicepresidenta encarna aquello por lo cual ellos, en contacto directo con los pobres, luchan cotidianamente: un mundo más justo y humano, menos desigual, en el que la prosperidad de unos no se asiente sobre la pobreza de otros. El interrogante adquiere mayor peso cuando se advierte que esta fe terrena en Cristina, que acaso se sustenta en la quimera de construir el Reino en la Tierra, es desmentida por una larga serie de evidencias que sería fatigoso enumerar aquí y que, sin ir más lejos, en parte acaban de ser expuestas por el alegato del fiscal Diego Luciani en la causa Vialidad. Peor aún, esas evidencias demuestran que aquello que falta en esas barriadas donde estos curas despliegan su trabajo es precisamente aquello que los Kirchner y muchos de sus funcionarios se llevaron a casa durante tantos años.

Leemos el mundo a través del prisma de nuestra experiencia. Esto es algo que el kirchnerismo supo aprovechar muy bien para generar adhesiones incondicionales. Algunos de estos sacerdotes fueron parte o son herederos de la izquierda revolucionaria de los años 70. Así, permanecen cerca del espíritu o la memoria del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo y la Teología de la Liberación, que promovían transformaciones políticas destinadas a erradicar la pobreza pero que, lamentablemente, llevaron a muchos a la lucha armada. El relato kirchnerista despertó esas fibras dormidas, en una alquimia discursiva que apeló a la historia tanto como a la psicología. Tal vez un mecanismo análogo se activó entre aquellos académicos e intelectuales que adhieren a los Kirchner y que encontraron en el kirchnerismo un modo de rehabilitar sus utopías de juventud. Una forma de recuperar la épica de sus años dorados, en los que el cambio político lo era todo. Y de justificar en retrospectiva su propia vida y hasta su biblioteca, después de atravesar el desierto de esos años en los que el fin de la Historia anunciado por Francis Fukuyama parecía haberse impuesto. La nueva encarnación de la utopía los invitaba, en suma, a volver a nacer. No importa si el precio de vivir el sueño de una falsa revolución era, como alguna vez escribí, deponer el juicio crítico.

Es solo una hipótesis, pero presumo que algo de esto hay en la credulidad con la que hombres y mujeres de bien, que han consagrado su vida a la ayuda de los más pobres, escuchaban el llamado de la vicepresidenta a “recuperar la vida y la racionalidad” y a poner fin al insulto y el agravio. Aquella a quien solo se la escucha y no se le habla –según su propia tropa– llegó a decir ante tan devoto auditorio: “Hay que hablar con todos, como hizo Cristo”. Les contó además que el Papa Francisco, en conversación telefónica, le habría dicho que “los actos de odio y de violencia siempre son precedidos por palabras y verbos de violencia y de odio”. Nada más cierto.

A los curas villeros no se les escapará, sin embargo, la degradación de las condiciones de vida que han sufrido los barrios populares durante los últimos veinte años. Mucho se debe al daño cultural provocado por la década ganada, acaso más grave que el material. Políticos, sindicalistas, empresarios y barras brava inescrupulosos llevaron el ejemplo de la marginalidad a lo más alto de la vida pública. Mientras, dejaban al margen a una generación que creció sin contención ni horizonte, de la que parecen ser parte quienes están procesados por el atentado a Cristina Kirchner.

Por cierto, el equipo de prensa de la vicepresidenta distribuyó a los medios el video del piadoso encuentro del jueves. Casting, guión y edición, nada puede quedar librado al azar para quien depende de que los demás crean lo que le conviene que crean.

© La Nación

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