martes, 19 de julio de 2022

MANUEL J. CASTILLA, VERBO SUSTANCIAL


Por Nelson Francisco Muloni

“…ese ya no es, aunque parezca cierto, / es un Manuel Castilla que se ha muerto / y en esa casa está resucitando”.

Este poeta que “está resucitando”, es una tierra enorme que renace en esas palabras que se mantienen vivas, alimentadas en voces que entran, andan y resurgen en las pieles o en las canciones. Depende del lugar de esa tierra donde se esté.

Manuel J. Castilla es ese gran asimilador del paisaje, pero no el simple paisajista, sino el hombre en toda su esencia, rodeado de esa “tierra hermosa” que no es, solamente, la Salta a la que huele en cada mañana, sino la territorialidad que excede su localía para hacerse, definitivamente universal.

Porque, ¿no es Castilla, acaso, el que imbrica el paisaje de La Pomeña con la orilla del mar en No te puedo olvidar, sólo por hablar de sus canciones?

¿No es un profundo semblanteo humano de algún pueblo español cuando dice:

Yo estuve viendo al hombre cuando alzaba

la sombra de su casa

de hebra en hebra como un barracán tibio,

vi sus manos lamiendo dócilmente trozos de piedra y barro.

y sin embargo, es su propia tierra salteña con que comienza su poema “Iruya”, de Cantos del Gozante?

Este es entonces, Manuel J. Castilla: el poeta que extendió la dimensión del verbo en un abanico continental, latinoamericano, de un regionalismo que, creciendo, va volviéndose necesariamente universal.

Cuando en sus versos Castilla transforma su propio espacio, sabe que la palabra ha adquirido su propia dimensión humana. Castilla es la palabra. Surgen en él los verbos y los adverbios. Él les da piel y estatura, contenido. Y pone y modifica, con gerundios y sustantivos que le van dando al poema un ritmo especial, único con el que, después, incluso, encarará las coplas que darán vida a las emotivas y trascendentes canciones.

Y Castilla, en tanto tierra y hombre, es el determinante enunciador de los más pobres porque sus versos no son meramente contemplativos. La PomeñaPastor de NubesChaya para Toconás o Juan Panadero, entre algunas de sus canciones, hace referencia clara al sacrificio del superviviente del paisaje.

En el ya mencionado “Iruya”, Castilla dice:

Yo estuve viendo al albañil arrodillado. Su sombra iba pensando.

Lo he visto entre campanas que soltaban sus pájaros sonámbulos,

medio enterrado casi por sus dioses brutales…

O cuando en Hombre entre las cumbres de Lizoite, refiere:

Esta carne de Dios, esta aterida

carne sagrada y quieta entre las cumbres,

este bulto que mira su infinito bajo los ventarrones

es, sin embargo, un hombre.

El 19 de julio de 1980, el verbo de Castilla se silenció. Pero 36 años después, “en esta casa está resucitando”.


De La niebla y el árbol (fragmento)


Tú buscabas la tierra,

pero una tierra negra y desolada

y brutal y confiada.

Tú buscabas el hombre de esta tierra

con una amplia canción en la garganta.

 

La canción es del aire,

pero en el aire vuelan pájaros de hojas secas.

La canción es del aire y en el aire

ruedan los remolinos de la tierra.


Porque sabías de las aguas turbias

y de olvidadas tardes de ladrillo,

la tierra te llevaba a sus riberas

porque vieras la sangre desbordada

de sus ríos crecidos.


Pero la tierra se prolonga en la tarde

como es prolongación tu voz que cae a veces

más hermosa que la tarde, en la tierra.


Tú buscabas el agua

sin saber que tus ojos

recién habían salido de las aguas;

tú buscabas el viento

cuando el viento nacía en tu cabello,

tú buscabas el árbol y soltabas

pájaros para los árboles.


(...)


Si te hubieras quedado,

tal vez no te encontrara

para cantarte en medio de tantas hojas secas.


Tú buscabas la tierra.

 

La casa

A María Angélica de la Paz Lezcano

y a Juan Antonio Medel

Ese que va por esa casa muerta

y que en la noche por la galería

recuerda aquella tarde en que llovía

mientras empuja la pesada puerta,

 

ese que ve por la ventana abierta

llegar en gris como hace mucho el día

y que no ve que su melancolía

hace la casa mucho más desierta,

 

ese que amanecido, con el vino,

se arrima alucinado al mandarino

y con su corazón lo va tanteando,

 

ese ya no es, aunque parezca cierto,

es un Manuel Castilla que se ha muerto

y en esa casa está resucitando.


© Agensur.info

(Nota publicada originalmente el 18 de julio de 2016 en Agensur.info)

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