sábado, 30 de julio de 2022

La crisis también acorrala a Cristina


Por Sergio Suppo

La Argentina de la confianza pulverizada devora funcionarios a la peligrosa velocidad en la que el poder se licua en segundos.

Alberto Fernández sufre en persona sus propios límites y son visibles las secuelas de su paso por la presidencia, que se reflejan en su físico y en su comportamiento. Cristina Kirchner ya no sabe qué hacer para evitar entregar lo que le queda de influencia. Sergio Massa, el socio minoritario de la coalición autodestruida, persistió en su intento de ofrecerse como salvador. Salvador de sus propias expectativas y de su persistente sueño presidencial.

La palabra no vale y la realidad no dura más que segundos. El Gobierno envía a su flamante ministra de Economía a presentarse ante las autoridades del Fondo Monetario y los inversores externos para destituirla en pleno vuelo. Silvina Batakis pasó de nueva ministra a exministra segundos después de proclamar que tenía un “amplio apoyo político” a sus anuncios de contención del gasto.

Sería una gran comedia si el drama social y económico del país no corriese, una vez más, por una pendiente de vacío de poder que hace temer una crisis institucional.

Las comparaciones con el pasado siempre son difíciles de tragar, pero alcanzan para saber que el verdadero problema de la Argentina es su empeño en reproducir sus catástrofes cada vez con mayor frecuencia.

Es por eso que, con toda legitimidad, tiene valor saber que situaciones como el Rodrigazo de 1975, la hiperinflación que obligó al retiro anticipado de Raúl Alfonsín o el estallido de la convertibilidad de 2001 tienen elementos parecidos a estos momentos y hacen temer que puedan repetirse.

Pero la historia no se repite. Apenas si registra datos y hechos semejantes y señala secuencias que pueden mantenerse como constantes. Siempre es peor y nunca igual la situación cuando la decadencia de un país produce estragos.

Esa continuidad descendente está oculta en especulaciones de cortísimo plazo. Y se expresan, por ejemplo, cuando al llegar al gobierno, Mauricio Macri hizo pensar que estaba sepultando el ciclo del populismo.

Otro presagio fallido sucedió a la derrota del presidente de Cambiemos, con el regreso de Cristina Kirchner y la invención de Fernández como presidente. El oficialismo proclamó entonces que había recibido “tierra arrasada” y presentó a la gestión de Macri como un accidente de la historia. Con un final que empieza a presentarse al menos como dramático, los autores de “tierra arrasada” dejarán indicadores sociales y económicos más devastadores que los que les permitieron recuperar el poder en 2019.

Mirados con alguna perspectiva, es sencillo encontrar que los números que resumen pobreza, inflación, actividad económica, empleo y endeudamiento han empeorado gobierno tras gobierno desde hace más de 15 años. Néstor Kirchner fue el último presidente que pudo mostrar al final de sus cuatro años mejores números que su antecesor, Eduardo Duhalde, que le había dejado reencauzada la economía luego de hacer el trabajo sucio de la megadevaluación.

Padre fundador del nuevo populismo, Kirchner murió con ese raro privilegio. Lo que siguió a ese rebote del derrumbe del uno a uno retomó la tendencia de ir aumentando las estadísticas negativas.

Cristina Kirchner entregó el poder como resultado del agotamiento del modelo abierto por su marido, con niveles de gasto público que repusieron la costumbre de la alta inflación. A su regreso, Macri mediante, pasó de manipular a un presidente a tratar de manejar un poder con un primer mandatario ausente o apenas testigo de las decisiones de su vice.

Creyó poder ser socia en las ganancias, pero crítica en las pérdidas. La vicepresidenta no terminó de advertir que en sus reproches y vetos estaba demoliendo a quien ella no quiere reemplazar en forma efectiva.

Cristina imaginó un papel de reina con un gobernante que hiciera operativas sus decisiones y a la vez concretara su ilusión de desactivar sus causas judiciales. Fernández no pudo ni lo uno ni lo otro. Y ella tampoco logró ordenar una sucesión que incluyera a su hijo Máximo como futuro presidenciable.

Apenas tres semanas atrás comprobó que la designación de Silvina Batakis con su aval detonaba una nueva crisis de confianza. Aquel veto a Sergio Massa en su conversación con el Presidente duró lo que tardó en darse cuenta de que Batakis no era suficiente para semejante crisis y habilitó su reemplazo aun cuando la ministra se encontraba dando explicaciones en Estados Unidos.

Fue más la ambición de Massa que la voluntad de la vicepresidenta lo que agitó estas últimas horas en las que vuelve a dibujarse un nuevo gabinete. Eligió ella misma a un presidente que acumuló años denostándola desde el llano; ahora se somete a la hipótesis del empoderamiento del hombre que rompió el oficialismo durante su segundo mandato presidencial para abrir una brecha electoral por la que Macri se convirtió en presidente.

Los límites económicos que estrechan y angustian a los argentinos también empiezan a ser un cerco político para la principal responsable de haberlos producido.

© La Nación

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