martes, 7 de junio de 2022

Vocación por el ridículo

 Cristina en Harvard - Es un caso político, de los tantos, donde la mediocridad
se volvió normal.

Por Sergio Sinay (*)

El canadiense Alain Deneault es profesor en el Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Montreal. Autor de Mediocracia: cuando los mediocres toman el poder, Deneault propone una receta para alcanzar la mediocridad. “No sea ingenioso ni dé muestras de soltura: puede parecer arrogante”, escribe. “Y, lo más importante, evite las buenas ideas: muchas de ellas acaban en la trituradora. Esa mirada penetrante suya da miedo: abra más los ojos y relaje los labios. Sus reflexiones no solo han de ser endebles, además deben parecerlo. Cuando hable de sí mismo, asegúrese de que entendamos que no es usted gran cosa. Eso nos facilitará meterlo en el cajón apropiado”. 

Y tras desarrollar con similar ironía otras perspectivas de la mediocridad, se pone serio y lanza una afirmación que mete miedo, aunque a la luz de lo que se vive, no es necesariamente novedosa: “Nadie ha tomado la Bastilla, dice, ni ha prendido fuego al Reichstag, el Aurora no ha disparado una sola descarga. Y, sin embargo, se han lanzado el ataque y han tenido éxito: los mediocres han tomado el poder”.

Autor también de un controvertido libro que le valió algunos procesos judiciales (Noir Canada: Pillaje, corrupción y criminalidad), Deneault sostiene que hasta un cierto momento el término mediocridad definía lo que no es superioridad (aquello por encima de la media) y tampoco inferioridad (lo que se halla por debajo de la media). Es decir que la palabra no era necesariamente peyorativa. Pero el tipo de medianía que terminó por imponerse en la sociedad contemporánea en el campo de las ideas, de la política, de la producción artística e intelectual, de la conversación social, de las corrientes económicas y hasta de la producción tecnológica (más allá de su marketing, sus lobbies y su packaging) hizo que la mediocridad deje de ser una referencia abstracta para transformarse en una nube espesa y pesada que impide la elevación de talentos, pensamientos, creaciones y proyectos capaces de encender utopías y alentar propósitos mejoradores de la comunidad. El perfeccionamiento de cada tarea para que resulte útil a un conjunto inasible y simule dar contenido a vocablos que en la práctica se vaciaron de significado trascendente (como sustentabilidad, innovación, gobernanza, inspiración e incluso género entre tantas otras) ha convertido piensa Deneault, en “expertos” a charlatanes que enuncian frases oportunas con mínimas porciones de verdad.

Y las cosas pueden empeorar si se combinan mediocridad y estupidez. Porque cuando la estupidez se naturaliza y ya no se ve como tal, sino como “normalidad” en quienes la manifiestan, y además se inviste a sí misma (amén de ser investida) con los atributos del poder, termina por ocurrir lo que señalaba el austríaco Robert Musil (1880-1942), autor de El hombre sin atributos, uno de los grandes literatos de la lengua alemana en el siglo pasado: “Si la estupidez no se asemejase perfectamente al progreso, el ingenio, la esperanza y la mejoría, nadie querría ser estúpido”. Pero hoy son largas las filas de quienes se empeñan en serlo y demostrarlo. De la mixtura entre mediocridad y estupidez nace con frecuencia la ridiculez.

“Si se le reprocha a un amigo sus defectos o sus vicios, se corre el riesgo de pelearse con él; y si además se le hace presente su ridiculez, se puede tener la seguridad de que no lo perdonará jamás”. Esto pensaba el médico y escritor francés Edme-Pierre Beauchêne. Y acaso eso explique por qué una vez instalada en el escaparate del poder la ridiculez (preñada de mediocridad y estupidez) se exhibe y se repite con un impudor al que nada detiene. Quizás porque ensordece a quien la padece y no hay modo de que escuche consejos o advertencias. O quizás porque, debido al temor o a la adulación hacia el poder, nadie cercano se atreve a hacer tal advertencia.

Sea cual fuere la razón, lo cierto es que quienes ejercen el poder en la Argentina suelen ser fieles exponentes de este fenómeno (Menem y el cohete a la Luna, Cristina en Harvard, De la Rúa en el set televisivo, Macri y sus desgraciados chistes futboleros ante otros presidentes, son unas pocas muestras), pero el nivel actual es inédito, asombroso y proporciona ejemplos cada semana, como respondiendo a una profunda e inagotable vocación.

(*) Escritor y periodista

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