sábado, 7 de mayo de 2022

El riesgo de matar al Gobierno


Por Sergio Suppo

Cristina Kirchner aplica remedios que pueden ser peores que la enfermedad que afecta al gobierno que integra y desprecia a la vez. Sin un desenlace previsible, la crisis que divide al oficialismo y paraliza a la administración y al Congreso escala sobre una situación social quebradiza. La ausencia de un orden político acerca a la Argentina, otra vez, al riesgo de una ruptura generalizada. Nunca fueron inocuos los conflictos que el peronismo transfirió al país.

Los argumentos que la vicepresidenta ordena disparar como misiles contra Alberto Fernández atacan la “desobediencia”. Cristina pretende algo raro para la Argentina del hiperpresidencialismo y lo reclama con vehemencia: que no mande el que gobierna.

Es tan extrema la situación que deriva de la pelea en la coalición oficialista que, 132 años después, recupera vigencia aquel célebre discurso del senador Manuel Pizarro, en el que quedó resumida la situación posterior a la Revolución del Parque.

Dijo Pizarro el 30 de julio de 1890, como presagio de la renuncia del presidente Miguel Juárez Celman: “¡Los entusiasmos y las dianas de la victoria no acompañan al vencedor! La revolución está vencida, pero el gobierno está muerto. Al expresarme así no hablo de los hombres del gobierno, sino del gobierno como persona moral. El gobierno es autoridad moral, respeto a las leyes, prestigio en los que mandan y obediencia en todos, no en nombre de la fuerza, sino en nombre de lo que dignifica al hombre, en nombre del deber, del sentimiento moral, del respeto que por sí mismo se debe a la autoridad y a las leyes. ¡Y todo eso ha desaparecido!”.

No se trata hoy de revoluciones, pero sí del riesgo que corre la institución presidencial. Fue advertido desde el primer minuto que existía una alta posibilidad de que el origen anómalo de la fórmula del peronismo reunificado (que la candidata a vicepresidenta impusiera al candidato a presidente) detonara conflictos sin solución.

Son la calidad y la forma insólita de gobernar sin mandar, que ya motivaron una derrota electoral y presagian otra peor, las que hicieron explotar el enfrentamiento de estas semanas, una vez que el acuerdo con el FMI dejara clara una brecha entre el Presidente y la líder del oficialismo. Ella eligió comandar el “opoficialismo” en un viaje sin destino prefijado.

Cristina reclama una obediencia que Alberto no quiere blanquear en tanto que una subordinación explícita lo expondrá a perder los últimos vestigios de poder que le quedan.

Hay algo peor. La vicepresidenta sufre por no lograr echarle ministros a Fernández convencida como está de que la gestión será devastadora para el futuro del kirchnerismo.

Cristina esperaba que el Presidente la despojara de las acusaciones de corrupción que se acumulan en su contra en varios juzgados. El primer mandatario, que se dice admirador de Alfonsín, no supo, no quiso o no pudo cumplir con la ilusión de una jefa que ahora quiere borrarlo del mapa.

El rumbo fallido del Gobierno acentúa la decadencia de la vicepresidencia y de su frustrado delfín, anula su futuro y quema sus planes al extremo que no sabe si terminará por desencadenar para desalojar a Fernández o se refugiará en una cápsula minoritaria del universo político por los próximos años. Tal vez ya no pueda elegir su destino, un sinónimo de una caída que muchos se resisten a observar.

Cristina se había imaginado líder eterna delegando la administración en su hijo o en alguno de los dirigentes de la generación que la sigue. La famosa La Cámpora.

No es por culpa de Fernández, sino por la torpeza de sus potenciales herederos que Cristina siente ahora la presión de su propia gente para que pueda ser ella, ya sin intermediarios, la que ahora o en el próximo turno electoral tome por sí misma la presidencia.

La desesperación queda expuesta en discursos que caminan al borde del autoritarismo y niegan elementos esenciales del sistema democrático. Como la mentada propiedad del poder, por ejemplo, que Andrés Larroque, uno de sus voceros, se autoatribuyó con prescindencia de los millones que votaron a Alberto Fernández y le dieron mandato por cuatro años.

Otra señal de debilidad encubierta por la guerra verbal que ya cumple un mes puede adivinarse en la continuidad de los ministros apuntados por el cristinismo. Si la situación económica sigue empeorando y la inflación mantiene su espiral ascendente, es posible que los cargos que tratan de mantener Martín Guzmán, Matías Kulfas y Claudio Moroni dependan más del fracaso de sus gestiones que de las presiones del kirchnerismo.

Dos elementos atormentan al trío apuntado por la vicepresidenta por sobre las críticas que reciben: el descontrol de los índices de precios y la dificultad concreta de cumplir con el acuerdo de refinanciación con el FMI.

El agravamiento de la situación y la pérdida del más elemental sentido del orden político provocan las condiciones para desmembrar todo el sistema y habilitan la instalación de fenómenos que ya generaron presidentes inesperados en muchos países. Chile, Perú y Brasil, por citar solo los ejemplos más próximos, saltaron al vacío de lo desconocido en repudio a sus dirigencias tradicionales.

No es solo responsabilidad del oficialismo que en el país florezca la idea de votar a alguien nuevo y disruptivo. Juntos por el Cambio, a tono con el desorden kirchnerista, también eligió facilitar el camino de Javier Milei. Los dirigentes de la coalición opositora se anulan a sí mismos para evitar reencontrarse con el poder justo en el momento en el que el oficialismo hace todo para irse de él. Al menos por ahora.

© La Nación

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