domingo, 10 de abril de 2022

Sociopatócratas


Por Nicolás Lucca

Buenas. Le presento al Señor X. Usted todavía no lo conoce pero se lo describo. Tiene facilidad de palabra. Un tipo tan locuaz que, sin importar el entorno o la temática, toma la guitarra y comienza a improvisar por horas con frases que van y vienen sin generar ningún concepto concreto. 

Obviamente, tiene un encanto superficial que lo hace simpático, sin importar si es fachero o un error de ensamblaje de la naturaleza. Tiene un sentido desmesurado de cuánto vale. De hecho, la mejor inversión es comprarlo por lo que realmente cuesta y vendérselo a sí mismo por el valor que él cree tener.

Posee sus contras, como todos. En su caso, el temita es que se trata de un mentiroso patológico. O sea, mentir, mentimos todos cada día. Pero él necesita mentir, literalmente, para poder sobrevivir. Es su droga. Y como trabaja con otras personas, esa necesidad patológica combinada con el encanto lo convierte en un estafador con enormes dotes de manipulación que han sido perfeccionadas con la experiencia de los años.

Tiene una ausencia de culpa notoria. No, no es que todo le resbala. Para que algo resbale tiene que haber sido procesado, sopesado y haber tomado la decisión de no darle demasiada importancia. Acá hablamos de ausencia total de culpa. O sea: no siente absolutamente nada por las consecuencias negativas de sus actos.

Dijimos que es un encanto, así que no aparenta ser un tipo frío. Sin embargo, sus muestras de afecto son absolutamente superficiales. Hoy te ama en público, mañana te condena. Y sin culpa, obviamente. En privado le da igual; lo básico es que todos le importan entre poco y la nada absoluta. De hecho, carece de toda empatía, lo cual es todo un tema si lo combinamos con la incapacidad de aceptar que es responsable de sus propias acciones.

Su forma de vivir es absolutamente parasitaria y no me refiero a que sea un estafador de Tinder o un líder de esquemas Ponzi: no se le conoce nada productivo de origen real. Cuando aparece algún emprendimiento que no depende del Estado, probablemente pueda justificar hasta el último centavo menos los que necesitó para montarlo. Pero para eso están los contactos en la AFIP. Superficiales contactos a los que denomina “amigos” aunque a fin de año esté tan solo que su mano izquierda brinda con la derecha.

También posee una ausencia de objetivos a largo plazo. Como es un buen guitarrero, un orador de la hostia, no se hace drama si tiene que prometer algo a largo plazo. Pero no le pidan que suene ni lejanamente realista. Puede prometer que llegaremos a Júpiter para 2052, o una plataforma para llegar a Japón desde la estratósfera o un retorno de inversiones del 14% mensual en dólares. ¿Qué más da? En definitiva es un impulsivo irresponsable, un binomio que configura un cocktail letal pero minúsculo si se lo combina con todo el resto del combo.

¿Conoce gente así? Yo sí. Un montón. De hecho voto a varios cada dos años. Pero lo que acabo de enumerar, lo que acaba de leer es –palabras más, palabras menos– el manual completo del sociópata, la persona con Trastorno Antisocial de la Personalidad.

Si les parece que exagero, vayamos a la psiquiatría forense: si se encuentran al menos tres de los ocho rasgos del sociópata, estamos ante un Trastornado Antisocial. Y acá les puedo enumerar el doble de la mínima: incumplimiento de las normas sociales respecto a los comportamientos legales, engaño manifiesto por mentiras repetidas, utilización de estafa para provecho personal, impulsividad o fracaso para planear con antelación, irritabilidad y agresividad, indiferencia frente al daño provocado. Puede ser un tuitero promedio, pero no se presentan a elecciones. Bueno, no lo hacen tan seguido.

Conozco muchísimos políticos en persona. En algunos casos solo ha sido una entrevista en la que poco se puede saber sobre la realidad del otro. Pero a varios les juno hasta los gustos a la hora de almorzar. Creo que pueden ser contadas con los dedos de una mano las veces que me he quedado con la sensación de que hacen lo que hacen por vocación de servicio. Y me sobran cuatro dedos y dos falanges. Salvo que consideremos que el servicio es para sí mismos, ante lo cual hay que sacarse el sombrero: es digna de admirar tanta energía puesta por el bien individual.

Cada vez que escucho “animal político” como definición de un ser humano mi cerebro lo asimila con un sinónimo: sociópata. Cada vez que leo “vive para esto, no hace ni piensa en otra cosa” como si se tratase de algo positivo, me entra un sentimiento de lástima que se disipa automáticamente al recordar que esa persona tiene poder sobre mí.

O no conocen otra forma de vida porque están en la rosca desde chiquitos, o les picó el bicho de grandes y creen que pueden recuperar terreno. Viven para la política, lo cual no es lo mismo que decir que viven para el servicio público. Hoy son jefes de gabinete, mañana gobernadores, ayer presidentes, pasado mañana senadores, algún día directores generales de mantenimiento y señalización de cordones de rotondas, al otro diputados, luego asesores de un concejal, y todo con el mismo objetivo en mente: mirarse al espejo y agradarse.

Los hay con mayor o menor necesidad de aparentar y no siempre tiene que ver con la autoestima dado que, como ya he dejado bien en claro, les sobra. La proporción de ostentación va de la mano de uno de dos factores: o la pasó muy mal en sus inicios y siente que así se reivindica, o tiene un cargo de mierda. Cuanto más choto el cargo, mayor ostentación; cuanto más resentimiento por faltantes infantiles, mayor ostentación.

Un viejo rosquero de los barones peronistas bonaerenses me dio una posta hace ya dos décadas: “Puede caerse la pintura de la casa, pero el auto tiene que ser alta gama y lo más nuevo posible. La mayoría de los que me pueden contratar son crotos que creerán que me va bien”. Y le funcionaba.

El político no se puede permitir el aburrimiento y la única anticipación planificada que comprende es a dónde puede trepar mañana. Si no puede hacerlo, se moverá horizontalmente para desbloquear la carrera hacia arriba. Son una especie con un instinto de supervivencia increíble y quizá sea por ello que algunos ven esas mismas prácticas en el sector privado como algo deleznable, como si un analista junior que cambia de área para poder ascender fuera un adversario. Son dos formas de meritocracia, una con esfuerzo laboral, la otra con esfuerzo sociopático. Ambas son estresantes.

La diferencia entre los que son vistosos y los monjes negros no radica siquiera en el ego, sino en el narcicismo. Los monjes negros tienen un ego tan grande como el de cualquier político de afiche y lo alimentan de la misma forma: mueven hilos, juegan a la política como si los seres humanos fueran porotos en una partida de Canasta.

Como buenos sociópatas, nada como peces en el agua ante cada crisis. Necesitan de ellas porque, en un contexto normal, nadie sabría sus nombres. El capo del gobierno suizo tiene 50 mil seguidores en Twitter. La Primer Ministra sueca no usa redes sociales. La cuenta oficial de su país ni siquiera tuitea sobre las actividades que lleva a cabo.

No es un dato menor y pocos prestan atención a esa diferencia entre el político y el resto de los mortales productivos: ningún laburante se pasa el día compartiendo en redes qué hace laboralmente. Es su trabajo, lo hace, cobra. El político necesita permanentemente hacernos notar que está, que existe, como si nunca hubieran superado los dos años de edad. Y realmente es una molestia a la que nos acostumbramos y mal. En definitiva, en una democracia sana, el gobierno ideal es aquel del que no nos enteramos que existe.

El psiquiatra especializado en psicopatía y afines Hugo Marietán sostuvo hace ya unos catorce años que “un dirigente común sabe que tiene que cumplir su función durante un tiempo determinado y que, cumplida su misión, se va mientras que el psicópata, en cambio, una vez que está arriba, no lo saca nadie: quiere estar una vez, dos veces, tres veces”. El respetadísimo galeno hace una diferenciación que, al menos por estos lares, no tiene sentido. ¿Conoce usted a alguien vivo que haya largado la función pública por propia decisión y no porque el voto no lo acompañó o porque le pidieron la renuncia? ¿Alguno que se haya retirado 100%?

Por definición, el sociópata –y por decantación, el psicópata en general– sólo reconoce una persona que vale la pena: él mismo. ¿Los demás? Siempre que sirvan para su proyecto. Descartables, obtendrán todo lo necesario para que estén cerca, pero la lealtad será a lo que pueda dar rédito y mientras se dé ese rédito.

Egocéntricos, verbalmente semi dioses: omnipotentes, omniscientes, omnipresentes a fuerza de helicópteros y aviones pagos con fondos públicos. Megalómanos que vienen a unir a los argentinos, a colocar al país en la senda del crecimiento, a refundar a la Nación cada vez que asumen, a salvarnos del mal, a llevarnos hacia la luz, aunque sea la del más allá.

Y en medio de la seducción del delirio refundacionista, mienten a mansalva. Manipulan la verdad para que todo pueda ser interpretado como les conviene. La invención de la posverdad es 110% de la política. Es tan cierto que se incautaron 500 kilos de cocaína como que circularon 50 toneladas de falopa sin que nadie las detectara. Todo depende de quién la cuente, total, el otro está cosificado: la única estadística que cuenta es “vota por mí, no vota por mí, podría votar por mí”.

La insensibilidad en conjunto con la oratoria profusa y vacía, la apatía y la desvinculación de la realidad puede llevarnos a extremos realmente lejanos y ejemplos sobran donde quieran y no siempre con las figuras visibles: también existen quienes los empujan a delirios místicos. Ausencias increíbles, recepciones de mala gana a víctimas, gritos, bailes en momentos en los que nadie bailaría, chistes sobre tragedias, citas bíblicas para hablar de presupuesto, guitarreadas, clases de aquagym, lo que se les cante.

No todos son sociópatas, obviamente. Pero qué border todo, ¿no? Es más, la política es el único lugar de todo el Estado en el que no se pide un apto psicológico para trabajar. Sin embargo, cada cual ve en el político que no le cae bien lo que quiera ver.

Hace un tiempo se impuso la moda de mostrar al político como un tipo común. El actual presidente argentino lo llevó al extremo en su propia campaña. Tampoco inventó nada: se pueden observar campañas similares en todo el mundo desde hace años.

Pero es una enorme mentira: no tiene una sola chance de ser una persona normal. Su función no es normal, su exposición no es normal, su entorno no es normal. Sin embargo, podría llegar a resignarme a creer que es necesario que sean así.

No hay nada menos común que la forma de vida de un político. Ya ni siquiera hablo de un “animal político” o de “un político de raza”, sociópatas consagrados si los hay. Hablo de cualquier persona que se dedique a la política, ocupe un cargo o juegue en las sombras. Nada de común, ni una sola cosa. Charlen con sus hijos y podrán comprobar que casi no compartieron tiempo con ellos a solas. A los cumpleaños familiares caen rosqueros porque no se pueden tomar ni el fin de semana, los teléfonos son descartables en meses, los asados son políticos, pasear al perro es político, los invitados a una fiesta de casamiento, a un bautismo, a un bar mitzvá, a una fiesta de divorcio, a la inauguración de un puesto de panchos…

En fin, cualquier cosa que tenga que ver con la vida cotidiana o la realización personal la llevan a cabo con un nivel de anormalidad notorio. ¿Para qué fingir?

El político, al igual que el psicópata doctorado, ha aprendido a vivir de manera disociada y se mueve con sus propias leyes físicas. Entre todas, la que más destaca es la capacidad de supervivencia. Puede pasar del cielo al infierno, bajar el perfil, mimetizarse con el entorno para que nadie lo note mientras construye nuevamente su camino hacia el estrellato. Algunos lo consiguen. Quienes no lo hacen tampoco abandonan el vicio y comienzan a divertirse con ser “el verdadero poder” en las sombras.

Pero siempre me hizo mucho ruido algo. Yo, a quien el perro le ladra por las noches de vez en cuándo, siento a mi neurosis esquizoide exacerbarse a niveles insoportables cuando gente que no me conoce me atosiga por equis motivo. Incluso llego a sentir culpa preventiva por si alguna vez hice daño sin saberlo o sin intención. No logro entender cómo el político puede ser filmado con tres cadáveres en el baúl, acusar a un complot internacional y sonreir a las cámaras mientras dice que “lo único que importa es que está en juego el futuro del país”. No logro dimensionar cómo hace para llevar su vida alguien con un 65% de imagen negativa. O sea: en la Argentina hay 30 millones de personas que te conocen y te putean. Y no pasa nada.

Funcionan en otra frecuencia, no hay con qué darle.

Incluso hasta los mayores estadistas han tenido algunos de estos rasgos y, repito, no siempre está mal. Ni bien. Es un hecho y punto. Quizá sea necesario en pequeñas dosis, como cuando tenemos que elegir a un cirujano: ¿vamos con el reptil sin emociones o con el tipo que se pone a llorar mientras nos cuenta lo que nos tiene que hacer? Ahora ¿quién lo mide?

© Relato del Presente

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