sábado, 9 de abril de 2022

Cuál será el peronismo de los años veinte

 Por Pablo Mendelevich

Es difícil saber qué será del Frente de todos pasado mañana. O en una semana. Si se romperá, si se romperá en dos pedazos, ¿en tres?, si todavía puede haber una tregua, acaso si el sector con comando en el Congreso seguirá fustigando durante largos, tediosos meses al sector que tiene asiento en la Casa Rosada. Nadie sabe si la tensión se estirará como un chicle o si un martes cualquiera escucharemos una implosión. Que podría ser una explosión, sugieren con frío temple profesional autorizados comentaristas de la realidad como el gobernador Axel Kiciloff, quien esta semana advirtió que la situación social en el conurbano no da para más.

Indiscutiblemente insalubre, inoportunamente paralizante, la incertidumbre inmediata sobre el devenir del conflicto Fernández-Fernández, llamémosla incertidumbre urgente para evitar decirle incertidumbre mayor, no obsta para que debajo esté latiendo otra, larvada, mediata, todavía más trascendente: la que atañe al peronismo que viene.

Hay razones para suponer, y así lo han insinuado varios peronólogos luego de ojear el cuentakilómetros, que ya toca el restyling periódico. Debería producirse, entienden, en la desembocadura del embrollo actual, en el que, FMI mediante, se está dibujando un (nuevo) cisma expuesto entre moderación y radicalización. El primer concepto lo pusieron sobre la mesa los llamados intelectuales kirchneristas en la última guerra de cartas con sus homólogos albertistas. A su epístola la titularon “moderación o pueblo”. Lo cual muestra un importante avance respecto de ofertas peronistas precedentes como “Perón o muerte”, pero a la vez indicaría que las diferencias de hoy no son ornamentales ni meramente instrumentales, pese a que en el mismo texto los kirchneristas rezongan, no sin razón, porque el presidente que ellos pusieron hace anuncios en los que nada anuncia.

La hondura de la discusión se revela en los estiletes que le hacen unos, los setentistas nostálgicos, al capitalismo al que se reporta esta democracia casi cuarentona. Sistema que, con resignación, realismo o cariño los del otro lado convalidan, abrazados con escaso ardor militante a dilemas prácticos del tipo “acuerdo o default”. Al kirchnerismo cristinista no le quita el sueño la inflación que horada a los pobres y construye más pobreza, mucho menos el gasto público o el déficit que inquietaba a Néstor Kirchner, nada de eso, sino que la Corte Suprema le arruine a Cristina Kirchner su diseño del Consejo de la Magistratura y le obstaculice la colonización del Poder Judicial.

El “lawfare” sigue intacto con Alberto Fernández, dice el jurista cristinista Raúl Zaffaroni, quien al pasar compara a “los medios” argentinos con Hitler. Con Hitler, Zaffaroni ya había comparado a Néstor Kirchner, pero eso fue en 1998: prescribió. Como prescribieron las diatribas de Alberto Fernández a quien después lo hizo presidente. Son ejemplos de lo arriesgado que puede ser analizar el peronismo con la lustrosa razón de las diferencias ideológicas. En todo caso debería agregarse un adjetivo: diferencias ideológicas provisionales.

Preguntarse en qué consistirá el peronismo de los años veinte es un ejercicio de simulación imperioso, altamente recomendable en particular para opositores ilusionados con las presidenciales de 2023. Para ellos es un asunto todavía más aritmético que ideológico, porque para volver al poder necesitarán alguna clase de contribución peronista –quién no– y eso depende de cómo se reconvierta el Movimiento.

Al promediar la década el peronismo celebrará (su durabilidad, talento exclusivo, no se discute) ochenta años de vida. Lo que no se sabe es cuál peronismo. ¿El industrialista, el privatista, el estatista, el que se cierra al mundo, el que se abre al mundo, el neoliberal, el de la patria socialista, el occidentalista, el prorruso, el de las relaciones carnales con Estados Unidos, el de los superávits mellizos, el que dice que el déficit fiscal es un invento de la derecha, el que elimina la inflación con el uno a uno, el que promueve la inflación para licuar los gastos del Estado, el que refugió criminales de guerra nazis, el que encumbró al primer canciller judío, el que predicaba con Evita el modelo de la mujer hogareña sometida al marido, el que enarbola la igualdad de género como si tomara la Bastilla, el antiabortista, el abortista, el que siembra con López Rega el terrorismo de estado, el que se adueña fanáticamente de los derechos humanos? ¿Cuál peronismo? Probablemente sea uno nuevo. Tan versátil y tan junto al pueblo como los anteriores.

Nacido en una Argentina de 15 millones de habitantes que había empezado a industrializarse, justo al terminar la Segunda Guerra Mundial, semanas después de Hiroshima y Nagasaki, cuando todavía no existían ni Israel ni la República Popular China, y Buenos Aires casi no tenía semáforos ni radios a transistores, pero sí ruidosos tranvías; en un octubre en el que deslumbraba el Lancastrian cuatrimotor que había unido Londres con Buenos Aires con sólo cinco escalas en 34 horas, el peronismo se convirtió en la corriente política dominante de la Argentina. Gobernó el país durante casi la mitad de estos setenta y siete años. Y cuando no lo gobernó jamás dejó de impregnar el sistema político.

En 14 mandatos, los 10 presidentes peronistas (Perón, Cámpora, Lastiri, Isabel Perón, Menem, Rodríguez Saa, Duhalde, Néstor Kirchner, Cristina Kirchner y Fernández) no solo expresaron a distintos peronismos ajustados a cada época. Muchas veces hizo gala de la plasticidad necesaria el mismo líder, empezando por el fundador, cuya maestría para encantar auditorios diversos hoy se sigue queriendo imitar.

Líder peronista, moderado, se busca. Pueden concursar reincidentes. Inútil presentarse sin acreditar experiencia. Es decir, versatilidad.

© La Nación

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