lunes, 21 de marzo de 2022

La tragicomedia de Alberto Fernández y Cristina Kirchner: se tiran de todo, pero siguen juntos

 Por Marcos Novaro

Los destinos de Cristina y Alberto están atados al barco del Frente de Todos. Que hace tiempo ya dejó de ser una “casa común” para ambos, y se volvió una prisión que se hunde.

Su mutua dependencia es fruto, ante todo, de una extrema debilidad: no tienen idea de para dónde agarrar, qué futuro mínimamente viable y atractivo ofrecerle al país, así que a lo más que atinan es a tapar agujeros y ganar algo de tiempo. O perderlo, si nos atenemos al hecho de que, por sí solas, las cosas no se arreglan, empeoran. 

Pero este, perder el tiempo, era el destino que esperaba al FdT desde un principio, porque no tuvo nunca otro objetivo que mantener a flote y maquillar un modelo político y económico irremediablemente agotado, y disculpar a sus gestores.

Es así que, aunque hayan llegado a odiarse, o vuelto a hacerlo, y quieran empujarse mutuamente por la borda, ni Alberto ni Cristina pueden hacerlo, menos todavía ser ellos los que abandonen el barco: fuera de él tampoco tienen futuro, y para ambos rige el criterio de que “el que rompe, pierde”.

¿Dejará de ser esto así cuando el agua les llegue al cuello? Tal vez esto no suceda hasta las elecciones del año que viene, según se comporten dos variables: la velocidad con que suben las aguas de la crisis económica y social, y la emergencia de una disyuntiva electoral. Que consistiría, más concretamente, en que a cualquiera de los dos una candidatura autónoma le empiece a rendir más que una compartida. Algo que es muy difícil que suceda.

La escalada a raíz del acuerdo con el FMI

Es cierto que la velocidad y dramatismo de acontecimientos recientes puede llevar a pensar que las cosas en esos dos terrenos están ya cambiando. Si bien las hipótesis de ruptura acompañan al Frente de Todos casi desde su creación, en los últimos días o semanas las cosas fueron más lejos que nunca antes: Cristina abiertamente quitó colaboración al Gobierno en su momento más delicado, ausentándose lo más posible de la sesión del Senado que trataba el acuerdo con el FMI y promoviendo a través de sus alfiles el voto negativo o la abstención; mientras Alberto hacía decir a su vocera que si no habla con su vice es porque “ella no lo atiende”, y agradecía a los que apoyaron el acuerdo “por su responsabilidad democrática”, dando a entender que la señora y sus adeptos no son democráticos ni responsables. Lejos, muy lejos, quedó la idea de diferenciar su conducta de la de su hijo, o repetir la muletilla de que “nunca lo harían pelearse con ella”.

No pocos concluyeron de estas novedades, incluso en las propias filas oficiales, que la ruptura es inminente, que la vice está ya “abandonando el Gobierno”, mientras que Alberto finalmente se habría decidido, o resignado, a pensar con autonomía su gobierno, y hacer lo mismo con su postulación para 2023.

Pero hay cosas que no cambian. Y entre ellas están las dos premisas que animan al Frente de Todos y a las que nos referimos más arriba: “Divididos nos devoran los de afuera” y “los que rompan la unidad serán los primeros en ser devorados”. La pregunta que hay que hacerse es si ellas seguirán siendo suficientes para desalentar una ruptura cuando empeore el rendimiento de la gestión y el Presidente y la vice imaginen nuevas maldades para hacerse mutuamente.

Habrá que ver. Aunque el resultado no dependerá solo de lo mal que le vaya al Gobierno, ni de lo dañina que demuestre poder ser Cristina con Alberto, o viceversa. Sino fundamentalmente de si existe una salida electoral mínimamente viable para cualquiera de ellos sin el otro. Y eso por ahora no se ve, ni remotamente.

Imaginemos lo que sucedería si hoy, o dentro de unos días, Alberto le pidiera la renuncia a algunos o todos los funcionarios de La Cámpora en el Ejecutivo, como le reclaman que haga algunos de sus colaboradores.

Inmediatamente la tropa de gobernadores se dividiría: algunos seguirían al Presidente pero otros buscarían reemplazarlo en la función del “moderado que modera a la señora” y buena parte optaría por mostrarse prescindente y ganar tiempo. Lo mismo sucedería, en cada caso con sus variaciones, con los intendentes bonaerenses, los sindicalistas y las organizaciones de desocupados. Se desordenaría y adelantaría así la competencia por el voto peronista en 2023. Por lo que difícilmente esa divisoria de aguas sería tan favorable al Presidente como resultó el voto de los legisladores oficialistas ante el acuerdo con el Fondo, dada la ventaja que en ese electorado lleva Cristina. De modo que, de movida, el Presidente empezaría perdiendo terreno.

El control gubernamental sobre la protesta social, las variables económicas y otros asuntos críticos, como la seguridad, ya bastante precario, se debilitaría rápidamente. Y el círculo vicioso entre la crisis y sus pobres perspectivas electorales se profundizaría: ¿qué mínima viabilidad podría tener en ese contexto la candidatura a la reelección?, ¿qué gobernador querría, en esas circunstancias, tomar la posta y ser el defensor del legado de lo que quedara del “Frente de Todos”? Difícil imaginar algún futuro para ese proyecto. Y por tanto que algún sector importante del peronismo invirtiera esfuerzos para mantenerlo vivo. Incluso muchos que no simpatizan con ella preferirán, tarde o temprano, hacerse un lugar a la sombra de Cristina.

Los opositores, por su parte, tendrían no más sino menos motivos para colaborar siquiera mínimamente con Alberto: una cosa fue ayudarlo a evitar el default, otra quedar pegados a sus desatinos, mientras a Milei, los halcones y hasta la propia Cristina se les hace fácil recoger votos entre los decepcionados. ¿Morales, vía Massa, podría ir en dirección contraria y sumarse a una “coalición de moderados”? Si lo intentara no arrastraría más que a una mínima porción de sus correligionarios. El jujeño y más todavía el tigrense tienen hoy un rol importante en la política nacional, pero como engranajes y complementos de gente y estructuras con votos, no por sí mismos; sueñan con superar esa condición, pero la conocen, así que es difícil que vayan a hacer locuras.

Si fuera ella, en cambio, la que diera un portazo y abandonara el Gobierno en las exclusivas manos de Alberto, anunciando una candidatura propia, o la de algún gobernador como Capitanich para sucederlo, los riesgos se invertirían: a Cristina le sucedería más o menos lo que le pasó a Juan Schiaretti cuando convocó unos meses atrás a sus pares a reflotar la avenida del medio, y nadie le contestó.

Es que ningún mandatario provincial tiene apuro para definir sus preferencias electorales. Mientras reciba de Buenos Aires la cuota de recursos necesarios para sobrevivir, menos tendrá motivos para romper lanzas con Alberto. Y dado que casi todos tienen la potestad de adelantar sus elecciones distritales, lo mejor que pueden hacer es no involucrarse en peleas nacionales.

Como se ha visto en la votación del acuerdo con el Fondo, incluso eso es lo que podrían hacer tanto gobernadores como intendentes y organizaciones sociales que hasta aquí han sido fieles al “modelo K”: dado lo inciertas que son las perspectivas electorales, los pagos cash se vuelven más convincentes, y en ese terreno Alberto le gana a Cristina por tantos cuerpos como ella le saca en el electorado. El Presidente lo sabe, y por eso, no porque tenga muchos votos en su haber, sabe que puede anunciar sin perjuicio que aspirará a la reelección, mientras que Cristina no puede adelantar si va a animarse a ser ella, o a quién va a levantarle la mano.

El hecho de que el Gobierno enfrente desafíos impostergables de gestión, mientras que su salida electoral puede demorarse todavía más de un año, también desalienta la ruptura. La inflación ilustra bien esta diferencia temporal. Así como la ambigüedad que experimenta Cristina a la hora de lidiar con un Alberto en aprietos.

Como ella necesita despegarse de los malos resultados de la gestión, toma distancia del Presidente, deja saber que no comparte sus decisiones, que frente a la suba de precios sin freno ella sería mucho más dura contra los empresarios, tocaría menos las tarifas, etc. Pero como esa diferenciación no le alcanza para volverse del todo inmune al malhumor social con el Gobierno, pero sí para debilitar aún más su capacidad de controlar la situación y ofrecer algún resultado aunque sea precario, se termina perjudicando a sí misma.

Conclusión: tarde o temprano se ve obligada a ir en ayuda de su socio, uniendo fuerzas contra los enemigos comunes, sean los chacareros que resisten las retenciones, los empresarios de la alimentación que quieren acotar o actualizar Precios Cuidados, o los opositores que señalan la responsabilidad oficial en estos y otros problemas. Pasada la tormenta del FMI, es probable que algo de esto veamos en los próximos días.

Claro que Alberto nunca se lo ha hecho fácil. En los últimos días, menos que menos. El llamado a la guerra contra los especuladores y remarcadores fue tan grotesco que ni siquiera los más fanáticos inspectores de góndolas quisieron tomar parte. Los únicos que creyeron en ese épico anuncio, o simularon creérselo, reaccionaron en contra de lo que él necesitaba y fueron directo a remarcar, no fuera a ser que las bombas los agarraran durmiendo.

El Presidente debería saber que sus periódicos “relanzamientos”, “reinicios” y “reseteos” ya hace tiempo dejaron de generar interés. Y que casi nadie espera que haga algo más que sobrevivir. Lo que, de lograrse, será un enorme alivio: porque si él sobrevive, querrá decir que el país evitó volar por los aires. Es, como dijimos, a lo que estaba destinado el Frente de Todos desde sus inicios: en el mejor de los casos, solo perder el tiempo. Y es justamente lo que se votó en el Congreso: mantener este averiado gobierno a flote, con Alberto y Cristina atados al timón y este trabado en un rumbo que evite el naufragio. Para que llegue a su fecha de terminación no mucho peor que como está ahora.

© TN

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