miércoles, 23 de marzo de 2022

Algo está por suceder

 Por Pablo Mendelevich

Los analistas políticos dicen que algo importante está por pasar. Es cierto que en la política argentina las novedades hacen fila para entrar a escena, nunca se agotan. Los hechos más o menos sensacionales, sean epidérmicos o profundos, se suceden en forma continua, fenómeno que no es ajeno al vértigo que impone el influyente mundo de los medios.

Véase que si hay un cartel del que abusan los noticieros de televisión, esto no parece casual, es el que relampaguea en mayúsculas la palabra “urgente”. 

Destinado a sacar a la audiencia de su modorra, lo “urgente” rara vez termina siendo (por suerte) una catástrofe, un desastre inesperado, un anuncio trascendente. A menudo se trata apenas de una jerarquización forzada de la rutina, un acontecimiento menor inflamado adrede, es decir una manipulación de los temores, las expectativas, las ansiedades del público. Urgente llega a ser el desarrollo de un acto oficial programado para la inauguración de un cordón cuneta.

¿Cuánto vale hoy el maltrecho concepto de las urgencias en el discurso público?

Quizás debido a que no existe planificación, a que no hay a la vista una salida política y económica integral para el país, late más fuerte en el inconsciente colectivo la esperanza de la salvación milagrosa.

“Nadie se salva solo”, disuade en sus discursos, con tono pastoral, Alberto Fernández, tal como lo hizo cuando anunció que anunciaría medidas antiinflacionarias. La proclamación recurrente de la urgencia acaso tense, o reparta inquietud, pero la salvación (a menos que el presidente aluda al salvamento propio de la defensa civil) es un ideal religioso vinculado con la protección del alma del pecado y de sus consecuencias antes que con la supervivencia frente al estupor que causan en el supermercado las remarcaciones de los precios dos o tres veces por semana.

Que nadie se salva solo podría ser discutido por diversas minorías argentinas, siquiera sin contar a las clases históricamente acomodadas. Minorías que alimentan el esplendor del consumo de alta gama, empezando por cientos de políticos que mes a mes perciben del Estado elevados ingresos y que podría decirse que tienen lo que antiguamente se usaba para referirse a la oligarquía: la vaca atada. “Nadie se salva solo”, dice el presidente cuya vicepresidenta millonaria percibe de la Anses dos pensiones que equivalen a 1152 jubilaciones. La Anses, conducida por Fernanda Raverta, una subordinada política de la beneficiaria, se ocupó de que el beneficio obsceno no pudiera ser interrumpido por la Justicia. En cierto modo tiene razón Fernández, nadie se salva solo, porque la protección de privilegios requiere de entramados grupales, facciosos, por cuya capilaridad fluyen prestaciones y contraprestaciones de toda especie.

La única “salvación” de tipo individualista sería en todo caso la que ilusiona a los emigrantes, algunos de los cuales, quién sabe cuántos, conseguirán al cabo verificar para sus adentros que por irse del país se salvaron. Tan de a uno que las estadísticas oficiales hasta evitarán contarlos y decir realmente cuántos cientos de miles son.

Para la gran mayoría, la que se queda, la idea de que algo está por suceder merodea en las calles, las sobremesas, los cenáculos politizados. Y se descuenta que no viene por el lado de las salvaciones. La hipótesis más corriente tiene por sujeto al Frente de Todos, que quedó agotado, y lo que es más grave, estropeado tras la discusión del acuerdo con el FMI. Muchos piensan que en el tablero político no hay nada más importante que la manera en la que sea vendada su fractura expuesta. Dicen no sin algo de razón que de esto depende lo que resta del gobierno de los Fernández, contando el de hoy exactamente 627 días, el 43 por ciento del mandato, y, en consecuencia, que de esto depende la suerte del país. Una cosa sería con el FdT partido en dos. Otra, con el FdT unido (o emparchado).

Hay una tercera opción, claro, a la que le cabe el justiciero nombre de ni una cosa ni la otra. Sería el equivalente a esos matrimonios malavenidos que deciden divorciarse pero no ejecutan la decisión porque ninguno de los dos tiene adónde ir ni recursos para emanciparse, de modo que, para desconcierto de parientes, vecinos y sobre todo de los hijos, se quedan viviendo bajo el mismo techo, generalmente sin compartir las sábanas.

Separarse no siempre es fácil. ¿Quién se quedaría, por ejemplo, con la generosa Anses, una de las cajas K, junto con el PAMI y Aerolíneas? ¿Alguien imagina a Cristina Kirchner diciendo “renunciemos, que se haga cargo Alberto”? La tercera opción (ni una cosa ni la otra) es lo que está sucediendo ahora, no se sabe si por falta de diálogo, porque la ausencia de definición es la definición o por procrastinación. En un reciente artículo, The New York Times citaba a un especialista canadiense, Tim Pychyl, quien explicaba que la procrastinación no es un problema de gestión de tiempo, sino de regulación de emociones. Como tiene un fuerte componente de irracionalidad incluso puede ser autodestructiva.

La segunda hipótesis medioambiental, bastante en boga, sobre lo que está por suceder, resulta todavía más inquietante. Es la de la hecatombe. Como las hecatombes en la Argentina son cíclicas (hacen pie en procesos hiperinflacionarios, caos, saqueos, quiebres institucionales o en combinaciones de estas calamidades) pronosticar una para los próximos meses no es absurdo, pero tampoco se han conseguido aportar pruebas científicas que lo respalden. Una versión le atribuye este pronóstico agorero a la usina central del kirchnerismo, el cual no es exactamente un observatorio académico imparcial sino parte interesada. Pero aún así parece importante advertir la diferencia con la primera hipótesis. Una hecatombe puede ocurrir o no. El FdT, en cambio, inexorablemente tendrá que optar por uno de tres caminos: la ruptura con el kirchnerismo abandonando el gobierno; una reconciliación precaria, que algunos llaman tregua; o la opción divorcio con concubinato, en la que se prorrogaría sine die el clima de convivencia ríspida que se blanqueó a partir de la renuncia de Máximo Kirchner a la presidencia del bloque de Diputados.

La cuestión del FdT está muy a la vista. Se despliega en forma cotidiana sobre el tablero. Consume en estas semanas las primeras planas de los diarios. Sin embargo, hay un tercer nivel mucho menos iluminado en el que hoy se está dirimiendo, quizás, el futuro político nacional. Se trata de la probable reconversión del peronismo, generada, precisamente, por el papel desafiante del kirchnerismo, por su concomitante radicalización.

La pregunta del millón es en qué se convertirá el kirchnerismo y cuál será su envergadura, no sólo adónde piensa pararse. Porque la respuesta condiciona en primer lugar la silueta del peronismo no kirchnerista, a la vez que atañe a las probabilidades electorales de Juntos por el Cambio. Y, algo mucho más trascendente, determina las posibilidades del próximo gobierno de realizar reformas estructurales y de salir de la trampa populista de abolir el mediano y largo plazo.

Si el kirchnerismo continúa en un proceso de radicalización como el que prefigura el reciente documento que lleva por elocuente título “Moderación o pueblo”, el peronismo tenderá a ocupar el centro con más naturalidad. Está por verse si ese proceso del peronismo facilitará o no una ampliación de Juntos por el Cambio, pero en cualquier caso un peronismo amplio diferenciado del kirchnerismo radicalizado siempre será más proclive a la negociación y, en última instancia, a garantizar la gobernabilidad contra los sectores antisistema.

El FMI, o el acuerdo que bajo su invocación se sometió al Congreso, logró lo que Macri no pudo sostener cuando en 2016 se alió con Massa: escindir al peronismo del kirchnerismo. El futuro depende en gran medida de que la foto del kirchnerismo aislado por propia voluntad en ambas cámaras y encogido sea el anticipo de un nuevo mapa político nacional. A diferencia de otras derrotas kirchneristas, esta tiene una sobrecarga ideológica y envolvió a la líder, lo que supone un menor margen de maniobra. Despotricar contra la moderación lo prueba. En una democracia lo que se espera que se aborrezca es el extremismo.

Haga lo que haga ahora el kirchnerismo con su parte societaria en el gobierno, lo que se está definiendo es mucho más que la segunda parte de la gestión Fernández. Eso no va a pasar. Está pasando.

© La Nación

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