sábado, 15 de enero de 2022

El discurso del rey

 Por Arturo Pérez-Reverte

Cada año, por estas fechas, Antonio San José y yo nos telefoneamos y pasamos un rato riendo a carcajadas al recordar los viejos tiempos. Antonio es periodista de prestigio y tertuliano de postín, con una densa trayectoria a sus espaldas que incluye, entre muchas cosas, dos puestos profesionales donde coincidimos un tiempo: jefe de la sección de Nacional del Telediario a finales de los años 80 y de Informativos en RNE. Pertenece a esa clase de periodistas viejos, lúcidos y sabios, de colmillo retorcido, con sentido del humor y más mili que el cabo Finisterre.

Nos conocimos cuando llegamos a la tele en 1984 y nos hicimos amigos. A mí acababan de cerrarme el diario Pueblo y él era uno de los fichajes del equipo de Calviño para potenciar los informativos de TVE. Yo cubría guerras y hacía reportajes para En portada e Informe semanal; y cuando no había nada fuera, informaba sobre terrorismo y asuntos más o menos policiales. Dirigiendo una sección muy delicada en términos políticos, Antonio era uno de los activos valiosos de la tele. Congeniamos bien. Era una época de osadías y exclusivas en las que se intentaba hacer una televisión distinta, agresiva, brillante. Y lo conseguíamos. Había un magnífico ambiente en la redacción de Torrespaña. Todos éramos profesionales eficaces. Nos divertíamos con nuestro trabajo. Lo pasábamos bien.

Antonio y yo adquirimos la costumbre de ir juntos a la máquina del café, o reunirnos en su mesa a comentar el trabajo y la vida. Ejercíamos ese cinismo peculiar, marca inevitable del oficio, que los periodistas veteranos desarrollan de modo natural: política, jefes, compañeros. Todo pasaba por esa divertida criba. Raro era el día en que uno no le contaba un chiste al otro, y las carcajadas sonaban fuerte. Eso mosqueaba a los altos jefazos, y recuerdo la desconfianza con que la jefa de Informativos, María Antonia Iglesias, nos observaba de lejos al vernos en un rincón, haciendo nuestro trabajo pero riéndonos de lo divino y lo humano. «Cuando veo a esos dos cabrones juntos, conchabados –le dijo a Julio de Benito, director del TD1– me echo a temblar, porque temo lo que estén maquinando».

Dábamos motivos. Al preparar piezas para los telediarios, procurábamos hacerlas de modo que atrapasen la atención de los espectadores. Ideábamos reconstrucciones, trucos, nuevos modos, sin perder por eso rigor informativo. Cuando el papa Juan Pablo II visitó Madrid, Antonio me permitió hacer una entradilla mostrando un fusil con mira telescópica mientras decía: «Desde que se inventó esto, los viajes papales ya son otra cosa». Y cuando los jefes pusieron el grito en el cielo, me cubrió las espaldas. Hacíamos toda clase de pirulas. Otra vez les pusimos medias en la cabeza a los chóferes de Torrespaña y les dimos pistolas prestadas por la policía para reconstruir con imágenes –advirtiendo que era eso, claro– un atraco a un banco. Los jefazos se acojonaban y nos echaban unos chorreos enormes, pero subía la audiencia del telediario y tenían que comerse nuestras gamberradas con patatas. Nos necesitaban, y eso nos hacía intocables. Y entre una cosa y otra, más chistes. Más carcajadas. Más miradas recelosas de la jefa de Informativos cuando nos veía maquinando en un rincón. Fue un tiempo feliz, con los compañeros más queridos: Miguel Ángel Sacaluga, Carmen Enríquez, Alicia Gómez Montano. Tiempo de amistad y lealtades que aún perduran.

El momento cumbre con Antonio San José, mi mejor recuerdo, fue por estas mismas fechas. El 25 de diciembre de 1985 el telediario iba reducido a la mínima expresión. Los redactores tenían día libre y sólo trabajaban los jefes de sección. En Nacional, el asunto único era el discurso de Nochebuena del rey Juan Carlos I. Antonio iba a encargarse, pero para hacerle compañía fui a Torrespaña. Y estábamos en la sala de montaje haciendo corta y pega para dejar la pieza en minuto y medio –imaginen la guasa entre el rey, Antonio y yo–, cuando la jefa de Informativos se asomó y quedó aterrorizada al vernos juntos. «¿Lo estáis haciendo vosotros dos?», preguntó descompuesta. «Porque sois capaces –añadió– de hundir la monarquía». Eso nos dio una idea, así que hicimos dos montajes. Uno era la pieza como iba a ser emitida, respetuosa y formal. La otra, un disparate de incoherencias y contradicciones que sometimos a supervisión de la jefa con la actitud más natural del mundo. María Antonia Iglesias se la zampó entera, los ojos muy abiertos, sin decir una palabra. Al terminar nos miró muy seria y dijo: «Estáis como cabras y sois dos hijos de puta». Y entonces Antonio soltó una carcajada y respondió: «Aciertas al cincuenta por ciento, jefa. Somos dos hijos de puta».

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