sábado, 25 de diciembre de 2021

El verdadero desafío del año próximo


Por Héctor M. Guyot

A pesar del rush que imponen las últimas hojas del calendario, por estos días una parte de nuestra mente, casi por las suyas, se abstrae del vértigo para esbozar un precario balance del año que pasó. Podemos estar inmersos en la luz azul de una virtualidad perenne, donde día y noche se confunden, pero nuestros cuerpos siguen atados a los ciclos naturales. Más bien, somos parte de esos ritmos.

Y así como a veces, al final de la jornada, volvemos con el pensamiento a algunas de las vivencias del día, a finales de diciembre esa mirada retrospectiva se extiende sobre el arco de un año entero. Más allá de si sacamos o no algo en limpio, importa la necesidad, cada vez menos atendida, de parar la pelota para sacudirnos las rémoras del ciclo que termina y así entrar, renovados, al ciclo que empieza.

Tengo la impresión de que este fue, a nivel personal o individual, un año todavía más duro que el anterior. Así lo viví yo y así lo percibo en mi entorno. El primer año de pandemia consumió buena parte de nuestras energías, que debimos desplegar en varios frentes. Muchos argentinos vieron interrumpida su fuente de ingresos, con la angustia que eso produce, y muchos se adaptaron para seguir trabajando en medio del encierro, con un alto grado de estrés. Muchos sintieron la soledad ante el prolongado distanciamiento social, la lejanía de los afectos, y sobre todo la imposibilidad de despedir, mediante los necesarios rituales, a los familiares y amigos que el Covid se llevó. Muchos proyectos que confieren continuidad y sentido, entre ellos la educación de nuestros hijos, quedaron suspendidos. A todo eso, y a muchas cosas más, hay que sumar el silencioso impacto psíquico de una pandemia que revela la naturaleza vulnerable de nuestra condición y que abre un interrogante acerca de la solidez de un futuro que, acaso con necedad, dábamos por sentado. El gasto físico, mental y anímico que debimos invertir para superar el primer año de pandemia pasó factura durante este 2021, mientras el virus no daba respiro. Sin embargo, a pesar de todo, aquí estamos. Todavía resistiendo y esperando acaso que el año próximo sea mejor.

Ese “a pesar de todo” incluye, cómo no, la precariedad del orden político y social dentro del cual desplegamos nuestras vidas individuales. Allí también, a falta de un proyecto colectivo de convivencia, el horizonte se ha desdibujado y estamos perdidos en un laberinto donde las condiciones de vida se degradan y la pobreza crece.

Hace unos días, el informe del FMI que evaluó el crédito concedido en 2018 al gobierno de Macri señaló que el plan de la administración de Cambiemos para encarrilar la economía fue “demasiado frágil” ante los “desafíos estructurales profundamente arraigados” de la Argentina; también, que esa administración contaba con un “espacio político limitado” para implementar reformas de fondo. El Gobierno usó el informe para reincidir en lo suyo: demonizar la gestión anterior. Pero lo cierto es que hoy estamos peor que entonces. El déficit de un Estado inviable se ha vuelto insostenible. Ante la crisis, ni siquiera hay un plan. Y ni hablar de consensos, con un gobierno que apela a la división permanente para llevar adelante un plan de impunidad que exige el sometimiento de la república mientras, como Godot, espera un acuerdo con el Fondo que nunca llega.

Pero ocurrió septiembre. En las urnas, la sociedad se pronunció contra el proyecto hegemónico del oficialismo. En noviembre, el populismo descontó algunos puntos, pero su derrota fue contundente. Era, quizá, la oportunidad de empezar a salir de la trampa de la polarización de la que se alimenta Cristina Kirchner. Con el empuje del voto, la oposición, con todos sus matices, debió cohesionarse alrededor de un grupo de ideas de largo plazo para iniciar un proceso de construcción. Sin embargo, se impusieron las ambiciones personales y, con ellas, el faccionalismo, una costumbre argentina. ¿Vamos acaso hacia la polarización de la polarización? Sería grave.

En sistemas políticos maduros, la natural inclinación del político promedio de pensar en sí mismo antes que en el bien del conjunto encuentra un límite en la amonestación de la opinión pública y en la pérdida del favor de la ciudadanía. Pero aquí, ¿a qué otra fuerza votar para superar esta etapa en que los que no respetan las reglas de juego se hicieron de las instituciones a través de un liderazgo mesiánico que despierta fervores ciegos de carácter religioso?

Ante la falta de proyecto, de construcción, la oposición acaba jugando en el terreno que propone el kirchnerismo. La dinámica de la polarización extiende la vigencia de Cristina Kirchner. Hay que oponerse a los desatinos del Gobierno. Hay que denunciar sus engaños. Pero el énfasis debe estar puesto en la construcción de una verdadera alternativa de gobierno, así como en la reconstrucción de un sistema capaz de contener todas las voces que acepten el juego democrático.

Recuperar los proyectos. Los personales y los colectivos. Ese es quizá el mayor desafío de 2022. Felicidades.

© La Nación

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