domingo, 21 de noviembre de 2021

2023: arden las internas porque arde el futuro

 Por Gustavo González

La campaña electoral terminó hace una semana, pero ya comenzó otra.

Hasta el domingo pasado, el objetivo principal de las dos grandes coaliciones fue vencer al adversario externo, mientras que el objetivo secundario era posicionarse de la mejor forma para 2023 frente a los adversarios internos.

Pero desde ese día, los objetivos se invirtieron. El principal, en ambos casos, pasó a ser vencer en sus respectivas internas. Lo demás, por ahora, pasó a ser secundario.

Mao esbozó la teoría de las contradicciones principales y secundarias cuando sostuvo que los intereses en pugna dentro de China pasaban a un segundo plano (eran la contradicción secundaria de la revolución), para priorizar la lucha contra el enemigo externo, que se convertía en la contradicción principal.

Hoy, ningún dirigente argentino reconocerá en público que sus principales adversarios pasaron a ser los competidores de sus propios espacios. Pero es lo que está pasando.

La marcha. En el oficialismo, esa carrera comenzó con la marcha del miércoles de sindicatos, movimientos sociales y del peronismo no cristinista.

Pensada en su origen para rodear a Alberto Fernández y contrarrestar una nueva ofensiva de Cristina Kirchner, se convirtió en la primera vez que él apareció un paso adelante de la mujer que lo designó candidato. Hasta obligarla a apoyar a último momento lo que ella sabía que había sido organizado para ponerle un límite: “Mi mayor aspiración es que en 2023 desde el último concejal hasta al presidente lo elijan primero los compañeros del FdT”, le dijo Fernández.

Eso no significa el fin del poder natural de Cristina, pero sí que hay un creciente sector que hoy se anima a confrontar en público con un poder que ya no considera natural.

Uno es el propio jefe de Estado. Interpreta que hubo un antes y un después de la semana trágica pos-PASO, no solo en su relación personal con su vice, sino también entre ella y el resto de la coalición. Cuentan que en la cena del miércoles en Olivos con intendentes, dijo que habían perdido diez puntos en los comicios por la carta de Cristina y lo que pasó aquella semana.

Su intención, o la intención que transmite, es mantener la unidad, aunque desde una nueva centralidad de poder y poniendo en juego su eventual reelección. No necesariamente para ejercer esa opción, sino para transmitir la sensación de que está dispuesto a hacerlo y sostener esa tensión hasta el fin del mandato. Y cree que, si el acuerdo con el FMI y el crecimiento pospandemia ayudaran, hasta podría soñar de verdad con la reelección.

El otro sector interno que busca más protagonismo es el de los jefes territoriales. Por ahora, su nombre más notorio es Manzur, apodado “Juan 23” por una mezcla de sus aspiraciones para ese año con el papa que renovó la Iglesia, Juan XXIII. El hombre clave de este grupo es Schiaretti, no porque vaya a ser candidato, sino por su influencia y el peso electoral de Córdoba. El otro gobernador con expectativas presidenciales es Sergio Uñac.

Más anotados. El tercer anotado es Massa, aunque alguna vez le dijo a Alberto que solo competiría si él no lo hacía.

Su dilema es cómo mostrarse como un gestionador eficiente. Cree que quedó lejos su paso ejecutivo como titular de la Anses e incluso su buena administración en Tigre y que su actual rol legislativo invisibiliza su faceta más ejecutiva.

De ahí que cerca suyo lo imaginan desembarcando en un “superministerio” que incluya Producción, Turismo y Energía, y que le dé una vidriera mayor para 2023.

Otra variante de peronista moderado es Scioli, quien en el reportaje de ayer con Fontevecchia afirmó que su paso por la embajada en Brasil reivindica sus anteriores gestiones y lo lleva a no excluirse de la carrera presidencial.

Y está el cristinismo, que ya en 2019 debió recurrir a un candidato “externo” como Alberto F por no contar con uno propio que le permitiera ganar. Parece difícil que de acá a las próximas elecciones aparezca un nombre que logre captar el apoyo social de Cristina, pero sin el rechazo que también despierta.

En el medio puede haber reacomodamientos internos y hasta la posibilidad de que alguno de ellos abandone la alianza. Pero si este presidente no termina bien, es improbable que surja un candidato que, saliendo del mismo espacio, convenza a una mayoría de que lo hará mejor.

Carrera opositora. En la coalición opositora también la contradicción principal pasó del afuera al adentro rápidamente. En el PRO hay dos candidatos explícitos (Larreta y Bullrich) y uno potencial (Macri). El jefe porteño parece el candidato natural tras sus triunfos en la Ciudad y, en especial, en la provincia de Buenos Aires. Pero tiene en la titular del partido a una oponente que empezó a cuestionarlo el día siguiente de la elección (“Esperábamos más votos en la Ciudad”) y que en la campaña recorrió 52 mil kilómetros para instalar su candidatura.

Después está Macri, que sufre el síndrome CFK: el alto rechazo que le dejó su mandato. Como en la Guerra Fría, Macri no tiene el poder suficiente para vencer a sus adversarios y ganar luego las generales, pero sí el poder de fuego suficiente para disuadir a los otros de no ir a una elección en la que perderían todos si no negocian con él.

El problema adicional para los tres es que apareció en escena un radicalismo con ansia presidencial, encabezado por Manes, Morales y Lousteau (hoy cerca de Larreta): si el PRO fuera a una interna dividido y el radicalismo se unificara, el ganador de las PASO sería un heredero de Alfonsín.

En el caso de la oposición hay otra interna que cruza por igual a unos y otros: halcones vs. palomas.

A tal punto llega esa diferencia dentro del PRO, que Macri y Bullrich intercambian palabras de seducción con Milei, quien demuestra un nivel de violencia gestual y verbal que está en las antípodas de Larreta y de la mayoría de los políticos argentinos. El radicalismo tiene sus propias palomas y halcones, pero todos coinciden en que Milei es un límite. Lo mismo piensa Carrió.

Larreta está convencido de que nadie gobernará con éxito si no se termina con la grieta a través de una gobernanza que represente a dos tercios de la sociedad. Bullrich, en cambio, piensa que la grieta es la separación normal de los que roban y los honestos y que solo se convencerá a una amplia mayoría social implementando reformas rápidas y profundas. Esa es la crítica que le hace a Macri: haber sido demasiado gradualista.

Voto grieta. Arden las internas porque arden el presente y el futuro. En cada coalición compiten dos miradas muy distintas sobre cómo debe ser el país a partir de 2023. Al ser parte de un mismo espacio político, en público intentan minimizar esas diferencias. Pero en privado, así como las disputas internas se explicitan más, también queda al descubierto que hay sectores del oficialismo y de la oposición que tienen más coincidencias entre ellos que dentro de sus propias coaliciones.  

Por eso, además de las circunstancias económicas y políticas con las que unos y otros lleguen a 2023, los ganadores de las internas serán los que mejor representen el clima social de ese momento.

Si la mayoría de los argentinos siente que no habrá futuro si no se destruye políticamente al que está del otro lado de la grieta, entonces van a tener más chances de llegar a un ballottage candidatos como Macri, Bullrich, Máximo o Cristina Kirchner.

Pero si la mayoría llegó a la conclusión de que parte del fracaso de la última década se debió a la polarización extrema, entonces será el tiempo de Larreta, Manes, Massa, Scioli o algún gobernador peronista que transmita ese mensaje.

En cuanto a Alberto Fernández, primero habrá que ver si tendrá la chance de elegir. Y después, si elegirá el modo antigrieta 2019 o será el modo combativo 2021 con el que acaba de perder.

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