domingo, 24 de octubre de 2021

¿Somos mejores que los políticos?

 Por Gustavo González

Tras los debates entre los candidatos de la Ciudad y la provincia de Buenos Aires, se multiplicaron las quejas en las redes y hasta entre los propios políticos sobre la ausencia de ideas, la superficialidad de los planteos, los insultos, las torpezas de los debutantes y los trucos marketineros mal disimulados.

El rating promedio de ambos debates fue de 6 puntos, lo que equivale a 1.600.000 personas en todo el país, aproximadamente. Nada mal en medio de tanta oferta mediática, aunque representando a un porcentaje menor de la población.

La pregunta es qué estará reflejando el malestar de esos sectores con lo que presenciaron. ¿De verdad hubieran deseado escuchar propuestas profundas sin interrupciones ni chicanas? ¿O el problema no fue el show televisivo sino la sensación de fin de ciclo de una forma de relacionamiento político, tanto entre los propios dirigentes como entre ellos y quienes representan?

Otros tiempos. Cada época tiene los debates que está preparada a tener. Los de estas semanas fueron los de la posmodernidad. Así como en 1973 tuvo lugar un clásico de los debates de la modernidad.

Fue el de Rucci y Vandor (*) (leer aclaración de Agensur.info, al pie de la nota), conducido en el prime time de Canal 11 (Telefe) por Gerardo Sofovich. El jefe de la CGT y el líder del sindicalismo combativo debatieron sobre gremialismo, monopolios, reforma agraria, contexto internacional y el futuro del capitalismo. Está en Google: suena anacrónico, densamente ideologizado, por momentos hasta gracioso. Un programa similar, hoy no lo vería casi nadie. En aquel país tuvo 50 puntos de rating y marcó un pico de audiencia del programa Las dos campanas.

Los dirigentes son la representación de cada momento histórico. Sin embargo, la crítica a los recientes debates televisivos y al nivel general de esta campaña electoral supondría que los dirigentes no están a la altura de sus representados.

Considerar que los políticos son peores que quienes los votan implicaría que los votantes tienen más capacidad que sus candidatos para reflexionar y escuchar al otro. Y son más honestos que ellos.

Escandinavos. Más allá de los deseos imaginarios del argentino medio, las eventuales disociaciones entre representantes y representados no existen o, al menos, no deberían durar demasiado. Cuando esto sucede, la demanda de otro tipo de líderes empieza a generar una oferta similar para satisfacerla.

Quizá todas las sociedades se vean distintas de lo que son, con la aspiración de un espejo que las refleje mejores. Pero, en líneas generales, los líderes suizos se parecen a los suizos, los uruguayos a los uruguayos y los italianos a los italianos.

Que se piense que la sociedad argentina debe tener políticos escandinavos puede significar una distorsión de la realidad. Pero es un indicador del malestar con estos dirigentes (reflejado en la imagen negativa de la mayoría) y simboliza la distancia que separa el estado actual del país con el que se supone que debería ser.

Concluir que el problema es la dirigencia y que la dirigencia no se parece en nada a sus dirigidos es la mejor forma de dejar a salvo la responsabilidad colectiva.

Puede que eso sea tranquilizador, pero no servirá para cambiar algo.

El reciente libro de Juan Carlos Torre, Diario de una temporada en el quinto piso (por el piso del Ministerio de Economía en el que trabajan sus titulares), es un recordatorio de las cosas que se repiten sin cambios a través de los años.

Torre hizo algo invalorable para los historiadores: tomó nota en tiempo real de lo que veía, escuchaba y creía, mientras trabajaba de asesor del ex secretario de Planificación y ex ministro Juan Vital Sourrouille, entre 1983 y 1989. Resulta impactante leer que desde hace más de treinta años se vuelve sobre los mismos problemas por resolver: inflación, deuda externa, Fondo Monetario, desocupación, déficit, dólar, etc.

De Alfonsín a Fernández. El hilo conductor es la dificultad del país para generar divisas y el ejercicio inflacionario para compensar los desfasajes. Como los actuales políticos y medios de comunicación, los de aquel momento también decían que se atravesaba “la peor crisis de la historia”. Los periodistas, habituados a las hemerotecas, sabemos que no hubo época en la que los diarios no reflejaran que se vivía “la peor crisis de la historia”.

Al ser escrito en tiempo real, sin el romanticismo o el sosiego que le aportaría la distancia, Torre transmite la angustia desde adentro de ese primer gobierno posdictadura, entre las tensiones con los militares, la recesión, un aumento mensual de precios similar al incremento anual de estos días, las peleas internas y la sensación de falta de rumbo.

Aquellos dirigentes también eran el reflejo de la sociedad de su tiempo. Esa sociedad no pudo gestar el mejor modelo económico para un país subdesarrollado que salía de la dictadura, pero sí fue capaz de generar un consenso indestructible para ponerle fin a los golpes de Estado. Que los líderes del radicalismo y del peronismo (representantes en esa década del 80% del electorado) tomaran esa bandera y promovieran el “Nunca más” revelaba que ya existía la demanda social de ir en esa dirección.

Así suele ser, no al revés.

Es una relación dialéctica entre el movimiento de la historia y la racionalidad individual. No se trata de esperar a vanguardias esclarecidas que enseñen la salida. Ni de la existencia de políticos torpes y/o corruptos que impiden el progreso.

Son las sociedades (los distintos intereses que la componen y pugnan entre sí), las oportunidades e inconvenientes de cada época y hasta el azar lo que va construyendo las condiciones para eventuales cambios de ciclo. Recién después aparecerán los dirigentes que sepan interpretar y liderar esas demandas.

¿Habrá hoy, en este devenir hegeliano, una nueva síntesis superadora que esté por germinar?

Gestación. Con un poco de lógica y otro de deseo, mi respuesta es que sí. Creo que lo que está germinando es el fin de la polarización extrema: el reconocimiento de que la última década de fracaso estuvo signada por diferentes modelos económicos, cuyo hilo conductor fue la imposibilidad de generar un clima de consenso. Un rompecabezas de diez años en el que las piezas dejaron de encastrar y los intentos por reacomodarlas siguiendo la misma táctica confrontativa no dieron resultados. Y una aceptación en ciernes de que la forma de salir de esa inercia es promover un clima menos beligerante.

No porque el diálogo por sí mismo vaya a dar soluciones, pero entendiendo que sin diálogo las soluciones son aún más improbables.

Incluso desde las necesidades de consumo de la sociedad del espectáculo, creo que el de la grieta es un show que, por lo reiterado y revulsivo, empezó a cansar. Más allá de las audiencias agrietadas que todavía se sienten cómodas entre los políticos y periodistas que las representan.

Si es cierto que los buenos líderes consiguen captar antes los movimientos de la historia, la cantidad de candidatos que hoy se pronuncian contra la grieta (ya sea por oportunismo o por convicción) estaría indicando que esa nueva síntesis está cerca.

(*) Nota de Agensur.info: el columnista incurre en un error al señalar que Rucci y Vandor protagonizaron tal debate. Vandor fue asesinado en 1969 por lo que mal podría haber participado en tal encuentro. En realidad, la nota seguramente alude al debate entre Rucci y Agustín Tosco en 1973, en el programa de Gerardo Sofovich.

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