sábado, 2 de octubre de 2021

¡Laaa Morsaaa!

 Por Carlos Ares (*)

El terror me tenía contra las cuerdas. La semana pasada soñé que era uno de los protagonistas de la pelea estelar en el festival de Titanes en el ring. Me anunciaban como el Caballero Rojo. Yo me veía como el Chapulín Colorado. Copani cantaba “quiero la Pfizer”. Pablo Echarri me mostró un cartel: “La patria está en peligro por tu culpa”. Cuatro patovicas me arrojaron adentro del cuadrilátero. Se hizo un silencio fúnebre. Escuché la melodía de la película El padrino. En el medio del ring, el relator tomó el micrófono que colgaba del techo: “yyyyeennesteriinnconn...¡¡Laaaa Morssaa!!”.

Dos tipos separaron las sogas. Uno era Berni. Hizo un doble salto mortal. Cayó parado, apuntándome con un fusil ametralladora. El otro era Duhalde. No le pasaba la cabeza. Se quedó en el borde, soplando nafta sobre una antorcha encendida. Subió La Morsa. Anteojos de sol Ray-Ban modelo aviador, bigote cepillo, barba, pelo en pecho, tanga leopardo, botas negras de taco alto ajustadas hasta la rodilla. El juez era Manzur. Nos llamó al centro del ring. Traté de huir. Los culatas me arrojaron de nuevo adentro. Caí despatarrado.

La Morsa se tiró de palomita. Alcancé a girar. Reventó contra la lona. Espumaba sustancias por boca y nariz: “¡Si te agarro te arranco el voto!”, dijo. Me tiró un zarpazo al corazón. En sus lentes espejados vi un punto rojo que temblaba en mi frente. Moví la cabeza. El disparo del fusil de Berni rebotó en la campana. El sonido del gong me despertó. Empapado en sudor, latiendo a mil, salté de la cama. A la luz del amanecer, revisé la caja de cartón, modelo urna, donde guardo recuerdos. Fotos viejas, color, blanco y negro, familia, amigos, manuscritos, recortes, cartas. Mi voto estaba ahí.

Hace tres noches. Tocan el timbre. Bajo. Dos cabeza rapada, anteojos oscuros, chaleco salvavidas, me apoyan los caños de sus metralletas en las mejillas. Otros dos, de traje negro, están parados junto a un auto con ventanillas polarizadas. Uno toca la manija de la puerta del coche. El otro se desespera: “¡Por ahí no, boludo!”. En ese momento todo se acelera. Espantado, el custodio saca la mano como si la hubiera puesto sobre el fuego, da unos pasos, levanta la tapa del baúl, veo salir a La Morsa, más joven, como cuando era intendente de Quilmes y se fugó de los que iban a detenerlo oculto en un auto. Quedamos cara a cara. “¡¿Dónde tenés el voto?!”, grita, matón. Me voltea el mal aliento. Despierto por la convulsión de las arcadas. Me arrastro hasta la urna. Miro. Respiro.

Ayer, sol tibio, siestita. Cuando ya se me despegaba el alma del cuerpo, desde la calle sube un vocerío, insólito en el barrio a esa hora. Caminé con los ojos entrecerrados para no despabilarme del todo. Iba a pedir que bajaran la voz. Antes de abrir la ventana me pareció ver billetes de mil mecerse en cámara lenta. Me asomé. Abajo, los vecinos miraban, en suspenso. Manoteé un billete. Cerré la ventana. El hornero de la imagen tenía anteojos Ray- Ban de vidrio verde, modelo aviador. Un mensaje impreso decía: “Si ganamos te lo cambio por uno de verdad”. Firmado con una consigna: “La Morsa cumple, Manzur dignifica”. En ese momento el helicóptero desde el que arrojaban los billetes apareció flotando en la ventana. Se asomó Berni. El láser de la mira telescópica me cegó. Del otro lado, apareció La Morsa con un megáfono. “¡Entregá el voto o te cagamos a tiros los sueños!”. ¡Apocalipsis nau!, grité, y salí rajando. Todavía temblaba cuando desperté. Miré la hora. No habían pasado ni quince minutos.

Anoche me llevé la urna a la cama. Miré las fotos. Familia, brindis, cumpleaños, amigos queridos. Releí cartas, escritos viejos, otros más recientes, reviví momentos, alegrías, dolores. Como si hubiera necesitado contarme quién soy, de dónde vengo, qué hicieron, qué hacen. Ni olvido ni perdón, murmuré antes de quedarme dormido. Al rato estaba de nuevo, vestido como el Chapulín, entrando a un estadio colmado de gente. Copani, mudo, se colocaba la ampolla de Pfizer como si fuera un supositorio. Echarri no aparecía. Subí al ring. Saludé. Dije: “Síganme los buenos”. Cuando sonó la campana, La Morsa no estaba ahí.

Desperté contento, abrazado a mi voto.

(*) Periodista

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