sábado, 16 de octubre de 2021

Astronomía

 Por Manuel Vicent

Recuerdo que una noche en el desierto de Atacama un astrónomo nos dio a un grupo de curiosos una lección de lo que se cocía allá arriba en el Universo; con un puntero láser señalaba las nebulosas de Magallanes y toda clase de constelaciones del hemisferio sur; las llamaba por sus nombres y añadía la distancia de años luz que las separaba de la Tierra, de hecho muchas de aquellas estrellas ya ni siquiera existían, solo quedaba su guiño parpadeante que aún venía de viaje, pero debido a la nitidez de la atmósfera de ese desierto, tal vez el más árido del planeta, tenías la sensación de que bastaba con alargar la mano para acceder a esa gran pastelería cósmica.

Ciertamente aquella lección de astronomía era alucinante. Las galaxias se devoran unas a otras y en la lucha se precipitan en los agujeros negros, decía el astrónomo; nuestro cerebro tal vez podrá desentrañar un día cómo se ha creado el Universo, pero nunca sabremos por qué y para qué tanto fuego, tanto carbón.

Esas preguntas no tienen respuesta, salvo la de tumbarse boca arriba una noche de verano y admirar esa fiesta de estrellas sin sentido de la que forma parte nuestra existencia. No preguntes qué puede hacer el Universo por ti, pregúntate que puedes hacer tú por el Universo.

Después de explicar minuciosamente en qué consistía un agujero negro, devorador de galaxias, el astrónomo dio por terminada la clase y a continuación me dio una lección más rastrera. Mientras con el láser guiaba mis pasos en la oscuridad del jardín, me advirtió: “cuidado, aquí hay un pequeño agujero negro, no te vayas a escoñar una pierna”.

Había que tener la mente en las estrellas y los pies en la tierra. O tal vez era al revés. En Atacama nunca llueve, pero basta con una ligera escarcha para que por un día el desierto se cubra de flores rojas y amarillas. Solo con la mente en la tierra se puede ver ese milagro.

© El País (España)

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