sábado, 2 de octubre de 2021

Anotaciones marginales


Por Nicolás Lucca

Cada billete argentino tiene un estándar de medidas de 15,5 centímetros de ancho por 6,5 de alto y pesa 1 gramo. El Banco Central girará en este último trimestre un total de un billón –billón en medida hispánica, o sea un uno seguido de doce ceros– de pesos al Poder Ejecutivo que, por lo visto, serán destinados a aumentar el vendaval de guita repartida. 

Si todos esos billetes fueran de mil pesos, el Central habría enviado mil toneladas de billetes crocantitos y numerados hasta el infinito para satisfacer las necesidades electorales de un gobierno adicto al gasto.

Por un monto muy menor en cuanto al daño al déficit fiscal, la jueza María Servini ordenó al Ejecutivo presidido por Mauricio Macri que se abstuviera de aumentar planes sociales en tiempos electorales. La jueza es la misma, pero no estamos sobre el final de un mandato constitucional.

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Llegué grande al periodismo pago. Contaba con 31 años y ninguna experiencia más allá de la autogestión desde 2005 cuando en 2013 unos locos lindos decidieron darme la oportunidad de cagarme la vida por propia voluntad. La falta de título -nunca estudié periodismo- la compensé con 122 kilos de ganas de cambiar el mundo. Los kilos se fueron con las ganas cada vez que vivía una bestialidad de esas que me enseñaron que no deben cometer los periodistas. Pero claro, yo no estudié periodismo.

Recuerdo cuando el entonces titular del Banco Central, Carlos Fábrega, estuvo una semana meta amagar con la renuncia. Un viernes, desde su entorno, me dijeron “de esta tarde no pasa”. Gambeta periodística de estilo, y a sabiendas de que el hombre podía no renunciar, titulé “Fábrega con la renuncia en la punta de la lengua”. Un colega de otra redacción quiso saber de dónde había sacado el dato. Tenía en la mano un teléfono con llamada activa. O sea, no era él quien quería saber. Me reservé el secreto y él me negó la renuncia. Recuerdo la situación menos tensa de lo que quizás fue. Difícil olvidar la gastritis que me dejó.

Al día siguiente asumió en el Central Alejandro Vanoli.

Lo mismo me ocurrió con un Juez Federal y, más tarde, con una fiscal que pretendía reemplazar a Alberto Nisman con su cadáver aún tibio. Fueron situaciones de mierda que se saldaron con un bien ganado mote de “quilombero” y una prohibición de volver a hablar sobre la Justicia hasta nuevo aviso.

Y eso que las horas me dieron la razón en cada uno de esos casos. Pero yo no tenía el orgullo de pertenecer. Estaba al margen.

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La base monetaria total de la Argentina para fines de año será de unos aproximados 3.889.000.000.000 de pesos. Si fueran solo billetes de mil –ni de 500, 200, 100, 50, 20 o los pobrecitos de 10– alcanza para empapelar cada centímetro de superficie de los barrios porteños de Monserrat, Balvanera, Recoleta, San Telmo, Almagro, Villa Crespo y Palermo. Desde la Casa Rosada hasta el Rosedal, desde el Abasto hasta el río. Si los ponemos uno al ladito del otro –y siempre que todos los billetes sean de mil pesos– damos una vuelta y media al planeta Tierra por el Ecuador.

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En lo que va de mi paso por el periodismo he tenido enormes satisfacciones. He trabajado con gente realmente muy grosa, he conocido a casi todos mis héroes vivientes de la pluma mundial y recibí una buena cantidad de muestras de solidaridad de parte de colegas a quienes aún hoy veo como gigantes.

También me han tocado personas de esas que parecieran ser felices cagándote la vida. Y la verdad que, para eso, yo me basto solito; no necesito de nadie que me diga “no sabés escribir”, o que una compañera diga por Twitter que soy fan de Videla o que me manden a hacer notas pedorras mientras, en mi blog, yo volcaba todo lo que no podía hacer en mi laburo.

Esos hechos ocurrieron. El drama de no pertenecer, de estar al margen.

Acá se habló de que no somos un país rico mal administrado sino que somos pobres, que si fuera por la extensión territorial no se entiende como es que exportamos menos del 1% de producción porcina que Alemania con su territorio del tamaño de la provincia de Buenos Aires.

Aquí se ha dicho que no somos un país caro, sino que, por el contrario, tenemos precios regalados. Es nuestro poder adquisitivo el que está en el subsuelo y no los precios en el cielo.

Y aquí se ha dicho que Alberto se iba a apoyar en los gobernadores para garantizar la gobernabilidad mucho antes -48 horas- que el resto de los medios. No tengo la bola de cristal ni leo la borra del café. No lo necesito para saber que el presidente no preside y tampoco tengo la necesidad editorial de titular que el hombre es un crack, que “El Canje de deuda es un triunfo político de Guzman y Alberto”, o cualquiera de las pajereadas mentirosas que tiraron durante casi dos años. Ahora se estila decir que el Presidente logró distender su relación con Cristina luego de darle todos los gustos. También podremos leer “cómo afectará la tensión de los mercados globales a los dólares argentinos”. Como si después de lo leído más arriba dependiéramos de un mercado del que estamos afuera.

Pero esto es un sitio marginal.

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Toda la base monetaria de la República Argentina a fines de agosto alcanzaba para comprar 27.765 millones de dólares a cotización oficial sin impuestos. Pero el Banco Central tenía en sus arcas, a duras penas, 2.425 millones de verdes cash. Menos del 10% del poder de compra de lo que emitió.

En este contexto de emitir hasta que se incendie la impresora y repartir guita, cocinas y bicicletas, hay algo que -creo- se nos pasa por alto a todos. Si tomamos en cuenta las advertencias de los curas de las zonas más empobrecidas más los pedidos de socorro de varios intendentes del conurbano, no intentan dar vuelta una elección: intentan frenar algo mucho peor. Algo para lo que hasta la Corte Suprema ya está preparándose.

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He visto cómo se arma una noticia deseada, he presenciado ataques infundados, he tenido custodia en mi casa más veces que las deseables pero menos que las necesarias, he sido amenazado de muerte tres veces en dos días, he sido notificado del archivo de la causa, he sido testigo de cómo se montaban guardias para exponer públicamente a personas que no lo eran ni lo ameritaban.

Me he negado a hacerlo, también. Y quizá por eso fui marginado. De a poquito, imperceptiblemente, hasta que un día me dí cuenta de que pasé de querer cambiar el mundo a programar tuits institucionales de notas ajenas.

Y me fui.

Conseguí mejores cosas. Algunas veces se dieron dinámicas similares o peores. O quizás eran las mismas y yo estaba más curtido y menos paciente. Que un funcionario llame a tu número de teléfono –que no le diste– un sábado a la medianoche para charlar de tu última nota, no es algo que puedas anotar en el casillero de lo deseable.

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Las series sobre crímenes contra el Estado son simpáticas. A todos nos divierte ver que se choreen la fabrica de hacer billetes aunque en la Argentina salga más barato devolverla. Hay una suerte de romanticismo criminal anárquico contra el sistema que sería un tema de ensayo si tuvieran ganas de leer y yo de escribirlo.

Sin embargo, al ver tanta marginalidad junta en el prime time uno se pregunta a qué público apuntan. ¿En serio creen que las villas hoy son eso? Canal 13 queda en Constitución, donde las Magdalenas florecen en cada esquina cerquita de whiskerías de luces rojas. Hay más marginalidad en varias de sus casonas antiguas que en Retiro. Llegan a pisar una de las 1100 villas nuevas surgidas en el conurbano desde 2002 y les puedo asegurar que el decorado inspirado en la 31 (o la 1-15/8 x 3.14 al cuadrado) es el primer mundo: en el resto no hay agua, ni gas, ni luz, ni wifi, ni señal de celular, encerrados y endogámicos socialmente, pobres de toda pobreza y sin un visto de luz al final del túnel.

Es entendible la necesidad de laburar pero, a los creadores, solo les cabe la burrada, un insulto conformado por estereotipos y un lenguaje forzado que ya se escuchaba en mi barrio cuando era adolescente. En la lejanía de una realidad insoportable solo pueden ser superados por las autoridades políticas que ni se calientan ante un presente en el que las escuelas de zonas carenciadas registran a chicos de primaria enfermos de sífilis. Ah, pero el amor romántico tan necesario para una serie.

Desde lo subjetivo, las series sobre la marginalidad me chocan siempre. Cuando surgió Okupas yo contaba con 19 años y veía cómo se caía a pedazos el mundo que esperó a que los Millennials llegáramos a la adultez para decirnos “lola, se joden”. Trabajaba en Larroque y Camino Negro, el viejo Camino. Me movía por Budge, Albertina, Fiorito, Dock Sud. Vi con mis propios ojos la pauperización instantánea de la crisis: un día había un carro tirado por un caballo, a la semana un desfile de carros tirados por personas.

Del otro lado del mostrador judicial la realidad se mostraba con pibes que a los 15 años eran inviables. El olor a preso es algo que los que conocen el paño lo pueden sentir solo con traer a la mente un recuerdo. En ese contexto, Okupas en su edición original y unitaria, me repelía: demasiado daño me hacía el día a día como para ver una ficción que representaba algo que ya no existía, que ya era mucho peor.

Por aquel entonces tenía una manía: los miércoles pernoctaba en alguna estación de tren del conurbano. Y de allí a trabajar. Nunca supe bien qué buscaba con eso, pero a la distancia puedo ver que comencé a entender el lenguaje y las motivaciones, los deseos y los sueños de gente cuya mayor aspiración era conseguir papel higiénico o pañales para los hijos.

Desde un lugar extraño de mi cabeza, puedo afirmar que la más realista de las series marginales es, valga la redundancia, El Marginal. Y me hace mierda. Pero más mierda me hace saber que hay gente que lo tomó como algo cultural, como si fuera una cosa que pasa lejos o una ficción surrealista.

Pero así es la cosa: productos craneados por millonarios para consumo de un sector de la sociedad que aún no consigo descular qué les satisface. En serio me lo pregunto. ¿Es morbo? ¿Instinto de supervivencia?

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Hacia finales de agosto, según datos oficiales, una familia compuesta por dos adultos y tres menores necesitó de 71.899 pesos para no ser pobre. El equivalente a 388 dólares. Sin contar el alquiler, claro. A partir del mes que viene, un salario mínimo será de 31.104 pesos. Si en una familia como la descripta laburan los dos adultos, serán pobres. Pero pobres dignos, con trabajo, che.

Diversas instituciones y organismos como la CEPAL han estimado hace tiempo que la franja de la clase media está compuesta por familias que perciben entre 1,8 y 10 veces el monto fijado como línea de pobreza. O sea que para formar parte de la clase media argentina, una familia de dos adultos y tres menores debe tener ingresos mínimos de 129.418 y un máximo de, redondeando, 720 mil pesos mensuales. Para poner un punto de comparación, entre 700 y 3.891 dólares de los que se pueden comprar.

¿Por qué pongo este punto de referencia? Porque en diciembre de 2001 esa misma composición familiar necesitaba 504 dólares para no ser pobre y entre 900 y 5 mil pesos para sentirse parte de la clase media. Entre 900 y 5 mil dólares. Y la pobreza, o sea, las familias que no llegaban ni a 500 dólares, componían el 35,4% de la población. Hoy, más del 40% de los hogares está lejos de los 388 verdes. ¿Que no es serio comparar dólares por los componentes de las cosas y sarasa? Bueno, en octubre de 2001, con 504 pesos comprabas 147 kilos de asado. Hoy, con 71.899 pesos, alcanza para 100. Con suerte.

Y si nos corremos de los porcentajes –shame on me–, en 2001 teníamos 13.9 millones de pobres. Para marzo de este año llegábamos a 18.3 millones de compatriotas pobres con una clase media que la mira cada vez más de cerca. Y todavía falta el próximo informe del 30 de septiembre.

Puede que ahí se explique la voracidad de la emisión de billetes de estas semanas: bajar la línea de pobreza por el arte de magia de los números antes de las elecciones. Total, para el siguiente informe habrá que esperar a marzo del 2022. Siempre y cuando no sea estigmatizante.

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La pobreza no es marginalidad y la marginalidad no es delincuencia. Es, sencillamente, estar al margen de la sociedad. Y en la Argentina de la mitad pobre, donde 6 de cada 10 chicos -por si no se entendió: la mayoría de los niños- nace y crece en la pobreza privados hasta de la educación por dos años por decisión gubernamental, deberíamos prepararnos para un futuro de mayor marginalidad. ¿Qué otra cosa tenemos para ofrecer más que un gobierno de machos fracasados que solo puede dar billetes con tinta fresca para revertir el voto?

En sus Sátiras, Juvenal inventó un término que usamos sin ahondar demasiado:

“Desde hace tiempo —exactamente desde que no tenemos a quien vender el voto—, este pueblo ha perdido su interés por la política, y si antes concedía mandos, haces, legiones, en fin todo, ahora deja hacer y sólo desea con avidez dos cosas: pan y juegos de circo”.

A casi dos mil años de aquel texto se reparten cocinas, garrafas y billetes que valen menos que sus tintas, se autoriza la vuelta del público a las canchas a solo una semana de poder morir por pasarle la lengua a un sobre, con un Presidente con más ganas de irse a pasear por España que de actuar su papel de sátrapa. Y todo lo que hacen no alcanza.

Puede que las series no sean otra cosa que una preparación, un aviso. También es probable que aún cumplan con la más básica premisa de satisfacer la aspiración de un sector de la sociedad, como las telenovelas de millonarios de otros tiempos. Todos deseamos ser millonarios en alguna moneda que lo amerite, pero algo se rompió en la cadena de deseos. Quizá sea la nula probabilidad de que ello ocurra y el lugar ocupado por el deseo de ascender haya sido reemplazado por el deseo de no caernos aún más.

Pasó la época de los superhéroes. En tiempos en los que Bruce Wayne debería pagar impuesto a la riqueza y Clark Kent tendría que estar afiliado al Sindicato de Prensa, la marginalidad es más consumible que quienes la combatían.

También puede ser que yo no entienda nada, si está claro que no estudié periodismo por estar ocupado en sobrevivir. ¿Con qué autoridad voy a opinar desde un teclado sobre lo que vivo en el barro?

Habrase visto.

De todos modos, gracias.

© Relato del Presente

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