domingo, 26 de septiembre de 2021

Cuento de septiembre

 Por Javier Marías

De mis amigos, dos tienen dinero. Uno mucho, el otro bastante. Sus actitudes hacia sus respectivas fortunas (en ambos casos conseguidas con su esfuerzo y legítimamente) son tan contrapuestas que no sólo me llaman la atención, sino que sigo con interés sus evoluciones y la manera en que disponen de ellas. El primero, al que llamaré Folcuino para que nadie real se dé por aludido, recurre a veces a gestos magnánimos hacia los pobres lejanos (apadrina a una niña en Namibia, envía sumas a Etiopía), y procura que sus conocidos se enteren de esta generosidad suya a distancia. En cambio, es incapaz de soltar un euro a sus hijos o sobrinos o allegados cuando lo necesitan. 

Como se considera hombre justo, les argumenta que ellos han elegido sus formas de vida y que deben saber costeárselas sin ayudas ajenas, como él hizo en su juventud. No desea “malacostumbrarlos”, ni que crean que ante cualquier apuro alguien —él— les sacará las castañas del fuego, y en eso es muy estricto. No le importa que estos hijos y sobrinos jóvenes hayan padecido las penurias y el desempleo que trajeron la crisis de 2008, primero, y después la pandemia. Tampoco que tengan niños pequeños, una fuente de gasto infinito y creciente. “Si se han permitido ese lujo”, opina, “han de saber mantenerlo. De lo contrario, no deberían”. No lo ablanda que esos niños sean sus nietos. Disfruta de ellos y es cariñoso, pero juzga que a él no le toca hacerse cargo económico de sus pañales o escuelas, ya cumplió sacando adelante a sus propios vástagos. A mí me parece más bien que esas ayudas o préstamos familiares no le “lucirían”; si se los comentara a sus amistades, quedarían en nimiedades “esperables”, sin mérito ni brillo alguno. Folcuino no ahorra en sí mismo, luego no es el miserable que, por acrecentar su dinero, se priva de comodidades y caprichos (su colección de pinturas es apreciable, dentro de sus posibilidades: es rico, pero no multimillonario). Pero no concibe gastar en quienes tiene cerca, sólo en desconocidos remotos y abstractos. Así, tampoco es tacaño del todo, lo es sólo con los próximos, cuyas trayectorias y decisiones está en posición de aprobar o desaprobar. Si un hijo o una hija le solicitan favores, su respuesta siempre es: “A mí, a tu edad, nadie me los hizo”.

El otro amigo, al que llamaré Liudwino por el motivo ya mencionado, es menos calculador con su inferior fortuna. Entiende que le ha llegado por suerte (aunque haya trabajado lo suyo), y por tanto se desprende de ella con mayores naturalidad y ligereza. Si alguien le presta un servicio (un peluquero, una pedicura) y lo que le cobra le parece poco en proporción a la tarea y el tiempo empleados, decide pagarle el doble, que tampoco es tanto. A las pocas personas que para él trabajan las obsequia con aguinaldos de verano e invierno, y las gratifica con bonus si el año le ha resultado propicio. A sus hijos y sobrinos les presta razonablemente, a sabiendas de que luego no les aceptará la devolución del préstamo. Es decir, se lo regala, atendiendo a esta recomendación: “Nunca prestes más de lo que estarías dispuesto a dar”. Al obrar según este consejo, nunca se enfada si no hay intento de devolución, ni —claro está— se impacienta. Entre los que piden en la calle, da a quien por alguna razón le hace gracia o lo conmueve, o a quien toca una música de su agrado, mientras que Folcuino se niega por principio, con el argumento de que “la caridad va contra la justicia”. Liudwino no está en desacuerdo, pero es consciente de que quien vive sin techo sólo ansía llegar al siguiente día, y que le da igual alcanzar esa meta mediante la caridad o la justicia. Liudwino, en cambio, no aporta nada a las ONGs, ni envía cantidades a Haití o Turkmenistán. No le consta que vayan a llegar a los desharrapados de esos países, a los cuales no conoce: no va a contemplar sus expresiones de alivio o de agradecimiento. Está al tanto de que su generosidad no es enteramente desinteresada. Cuando ve el contento de sus hijos o sobrinos por haberles resuelto un problema cotidiano o saldado una deuda o sufragado un viaje, su comentario suele ser: “Es que da gusto verlos tan alegres”. Con ese gusto y esa alegría se siente pagado. Igualmente, si le entrega 50 euros a un pordiosero, la cara de estupefacción de éste es ya su premio. “Yo no puedo ver el efímero alivio de una madre de Uzbekistán con cinco hijos. Que se ocupen los adinerados de allí, que los habrá a buen seguro”. Le trae sin cuidado lo que hagan con el dinero sus favorecidos, sean hijos o pedigüeños. Nunca les pregunta, a diferencia de Folcuino, que pretende saber con detalle, y aun así rehusará casi siempre, “porque no me convence ese uso”.

No soy quién para decir cuál de los dos hace mayor bien. Sin embargo, no me cabe duda de que Liudwino, aunque su fortuna mengüe, vive con una dosis superior de contento. Su generosidad es de andar por casa y no trasciende; no es “grandiosa” ni nada de lo que enorgullecerse (“qué menos que echar una mano a los hijos”). Pero se acuesta en más ocasiones con el recuerdo de las pequeñas alegrías que ha hecho posibles.

© El País Semanal

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