sábado, 17 de julio de 2021

La gente se cansó de los que manejan el mundo


Por Héctor M. Guyot

El mundo cansa. Y más en estos tiempos en los que no lo identificamos con la realidad que nos circunda, sino que se multiplica virtualmente mediante el bombardeo al que nos someten las redes sociales. En la existencia mediatizada que propone el siglo XXI, el peso de los mundos virtuales se impone a la densidad del mundo real, que pierde entidad. Las redes, al fin, nos han atrapado. Dependemos del ecosistema mediático en el que vivimos inmersos para casi todo. 

No queda otra alternativa que bailar sin gracia al ritmo inhumano de las máquinas y los algoritmos, que se nutren de nuestra actividad para perfeccionar esa dependencia y nos hunden cada vez más, insensiblemente, en una vida donde reina el dios de la cantidad y la calidad importa cada vez menos. Aun así, con todo, percibo una necesidad cada vez mayor de tomar distancia de la demanda continua de atención dispersa que exigen las redes; una voluntad todavía no del todo articulada de salir del torbellino para hacer pie en uno mismo y recuperar así la medida y el sentido de las cosas o de aquello que hacemos.

No habría que confundir esta necesidad con un repliegue egoísta en la propia persona. No se trata de darles la espalda a los otros. Al contrario. Paradójicamente, y en forma complementaria a la tendencia a buscar refugio en la intimidad, la pandemia despertó una saludable reacción que hoy se verifica en varios órdenes. Me refiero a la conciencia de que, por más concentrados que estemos en nuestros proyectos personales, es necesario ocuparse de los asuntos comunes, colectivos, de los que somos parte y que indefectiblemente, aunque decidamos ignorarlos, impactarán más tarde o más temprano en la esfera privada en la que se desenvuelve nuestra vida individual.

La pandemia expuso hasta qué punto lo que sucede en un laboratorio de Wuhan, en la China central, puede llegar hasta nosotros y afectarnos de forma dramática. No importa en qué lugar del globo nos encontremos, estamos todos en el mismo barco. Si el barco se va a pique, nos hundiremos todos con él. ¿Es la pandemia un síntoma de que hay una falla grave en el modo en que estamos viviendo? Una pregunta delicada, clave, difícil de responder. Yo estimo que lo es. En definitiva, el virus ha colonizado una civilización que, obnubilada por las maravillas de la técnica y por los espejismos de la acumulación, desestimó la consistencia y las demandas del mundo natural en una carrera depredatoria hacia ninguna parte, salvo el colapso, en más o menos tiempo, del planeta. Con el azote de la pandemia entendimos visceralmente que la distopía o la catástrofe pueden ser algo más que una mala película de ciencia ficción. Podrían acaso resultar el final indeseado del argumento que la humanidad está escribiendo en este preciso momento sin darse acabada cuenta de ello.

Este desasosiego provocó, en muchas partes, una reacción espontánea de lo que habitualmente llamamos “la gente común”. Gente común que hasta ayer nomás estaba muy metida en sus cosas y que de pronto, al sentir que su entorno tambalea, reconoce dolorosamente que no estamos en buenas manos (en muchos casos, todo lo contrario) y que no queda más remedio que ocuparse de lo que hasta aquí había delegado en la elite dirigente. Surge entonces una oleada de fenómenos sociales que comparten una misma característica: parten de la esfera privada e impactan de lleno en los asuntos públicos. Hay muchos ejemplos de estas manifestaciones horizontales y pacíficas que enfrentan con decisión el autoritarismo y los privilegios de casta, reivindicando valores en riesgo o en vías de extinción. Entre ellos, los padres pidiendo la apertura de las aulas en nombre de la educación de sus hijos, los banderazos que reclaman justicia y república, y más acá en el tiempo la protesta de miles de cubanos que en estos días ganaron las calles para reclamar por la libertad y el fin de la dictadura, en un hecho que conmovió al planeta (gracias a las redes, sí).

Sin la presión perseverante y las demandas de la gente común, el mundo podría encaminarse –autócratas mediante– al autoritarismo, el control de la información y la manipulación de las masas, como advierte la historiadora Anne Applebaum con mirada sombría. La mentira podría vaciar por dentro a las democracias y erigir dictadores que concentren en su persona todo el poder, degradando aún más la vida.

Pero la gente está cansada de los que mandan. Agotada de la hipocresía. Harta de sentirse reducida a la condición de sobreviviente. La pandemia, que resquebrajó las economías y nos desnudó en nuestra vulnerabilidad, quizá al mismo tiempo haya sembrado la semilla de un cambio de paradigma que empieza por una toma de conciencia de la necesidad de actuar, de intervenir, de restablecer los vasos comunicantes entre la vida privada y la pública. Solo así la administración de lo común dejará de ser el negocio de unos pocos que, en su ambición, han ido edificando un sistema que pone en peligro no solo el derecho a una vida digna, sino también la supervivencia de la especie.

© La Nación 

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