miércoles, 28 de julio de 2021

Cristina y Alberto se aferran a la unidad del peronismo y al conservadurismo

 Por Marcos Novaro

Muy poca competencia desde sus propias filas, es decir desde filas peronistas, tendrán los candidatos oficiales del FdeT en las elecciones legislativas de este año.

No solo porque se presentan muy pocas listas en competencia en la coalición gobernante para las internas de septiembre (solo en seis provincias habrá más de una opción a disposición de los ciudadanos, mientras que eso sucederá en 14 distritos para el caso de Juntos por el Cambio, todo un récord en los anales de las PASO). 

Sino también porque hay pocas listas de disidentes peronistas que se vayan a presentar a las generales de noviembre. Así que, en comparación con lo que tuvo que soportar hasta 2017, la unidad del peronismo podría decirse que luce monolítica, lozana, y que va a durar un largo tiempo.

Hay, claro, unas pocas excepciones, que enturbian parcialmente tan alentador panorama. Para empezar, dos importantes: en provincia de Buenos Aires finalmente se postula Florencio Randazzo y, de repetir su desempeño de 2017, estaría robándole no muchos votos al oficialismo, pero sí los suficientes para inclinar en su contra la competencia con la principal fuerza opositora; mientras que en Córdoba otra vez fracasó el intento de Alberto Fernández de convencer al gobernador Juan Schiaretti de volver al redil del PJ, así que habrá una lista del Frente de Todos y otra de Hacemos por Córdoba. Son provincias importantes, donde una parte del voto peronista se puede terminar contabilizando como opositor y contribuir a dar la imagen de un oficialismo en declive.

Aunque en comparación con los dramas que supo enfrentar el Frente para la Victoria, en elecciones también legislativas y también importantes, como fueron las de 2009 y 2013, es bastante poca cosa: en aquellas ocasiones, recordemos, las listas disidentes del peronismo estuvieron presentes en casi todo el país, y sumaron 22 y 26,5% de los votos totales respectivamente; con toda la furia, sumando estas dos provincias y alguna otra aislada expresión de disidencia, en esta ocasión podrían tal vez superar el 5% del total, no mucho más.

En cuanto a listas en competencia dentro del FdeT, los dos casos más sintomáticos son Santa Fe y Tucumán. En el primer caso el experimento Perotti está en crisis; la convivencia entre peronistas tradicionales y kirchneristas nunca fue fácil en ese distrito y desde que las mafias fueron invadiendo la gestión parece haberse vuelto imposible; ahora el gobernador está buscando tomar algo de distancia del polo kirchnerista, lo que no hizo cuando asumió, dos años atrás, y el pronóstico es incierto: podría ir pareciéndose más y más a Schiaretti, si tiene éxito, o terminar de naufragar, él y su gestión, si pierde la interna.

En Tucumán, mientras tanto, el gobernador Manzur enfrenta también a ex aliados del sector kirchnerista, alineados detrás de su vicegobernador. Recordemos que Manzur fue decisivo para volcar a sus pares del norte a favor de la reconciliación con Cristina en 2019. Lo hizo creyendo la promesa de Alberto de que todos ellos, los caudillos provinciales, también iban a “cogobernar”. Y desde que se frustró esa promesa no para de sufrir decepciones: la vice lo ha elegido para aleccionar a sus pares en la dirección contraria a sus expectativas de dos años atrás, recordó hace un tiempo su participación en el escándalo del programa Qunita, y promueve sin disimulo su aislamiento en la interna oficial.

¿Qué nos están indicando todos estos casos distritales? Que hay tensiones en el FdeT, pero en gran medida se concentran donde las hubo desde el comienzo, y donde las fórmulas para resolverlas arrojaron peores resultados. También nos indican que en distritos grandes y con mayor pluralismo el oficialismo tendrá más problemas para revalidar sus títulos que en las provincias periféricas, chicas y con menos competencia, pero eso también es así para el peronismo en general y desde hace décadas, nada que sorprenda.

Lo realmente sorprendente es más bien lo contrario: que una gestión que ha tenido muy mal desempeño en prácticamente todos los rubros, no enfrente más indisciplina interna que los pocos casos mencionados, no tenga más challengers en su propio campo. Lo que sorprende, en suma, es que Alberto esté haciendo su trabajo de presidente bastante peor que Néstor y Cristina en su momento, pero sin embargo el peronismo luzca mucho más disciplinado que entonces.

¿A qué se debe? En gran medida a que el gobierno central tiene poca plata, pero es el único que tiene algo para repartir, y lo que reparte se ha vuelto cada vez más esencial para la sobrevivencia de todos los demás. Y también al espíritu conservador que impera en ese campo: no hay sueños en pugna en el peronismo de hoy en día, como los que hubo diez o quince años atrás; lo que impera allí actualmente parece ser un muy extendido y muy básico principio de supervivencia, según el cual mientras cada cual reciba su cuota para mantenerse donde está, no habrá nada que disputar.

Y si eso es lo que impera no es solo por resignación espontánea, sino porque Cristina Kirchner, la artífice máxima del reencuentro de los peronistas, así lo quiso.

Ese fue, recordemos, su principal argumento para convencer a quienes habían estado batallando por jubilarla o hasta meterla presa, hasta poco tiempo antes: que podían convivir sin problemas, porque cada quien “recibiría lo suyo”, y nadie interferiría en los asuntos de los demás. Un pacto de convivencia que tenía por lógica consecuencia que nadie se atrevería a cambiar absolutamente nada del statu quo: en todo caso se dispondrían los cambios necesarios para que la fórmula funcionara, afectando intereses de terceros (léase los bonistas, los empresarios en general, los agroexportadores en particular, etc.), no de los socios.

De este modo se llevó a su grado sumo dos rasgos que ya estaban presentes en el proyecto K desde antes: el carácter netamente extractivo antes que productivo de su manejo de la economía, y el procedimiento de lotizar la administración pública, con espíritu feudal y territorial o corporativo según los casos, pero siempre con una muy secundaria consideración de los bienes públicos que ella debe proveer. Y dio pasos significativos en el camino a convertirse en una oligarquía política cerrada y autosuficiente, capaz de soportar chubascos de las proporciones de una pandemia global, una feroz crisis de empleo, o la práctica extinción de la educación pública.

No es poco mérito: el peronismo unido en torno a Cristina nos está mostrando que puede digerir más de 100.000 muertos, muchos de ellos evitables, y naturalizarlos sin pestañar; que puede gobernar con 50% de pobres y sin ninguna perspectiva de mejora ni para ellos ni para los que aún no han cruzado esa barrera. La gran pregunta es hasta cuándo. Que es lo mismo que preguntar hasta cuando los votantes estarán dispuestos a acompañar semejantes sacrificios en el altar de “la unidad”.

© TN

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