viernes, 28 de mayo de 2021

Lara Arreguiz, la foto que capturó la impotencia

 Lara Arreguiz tenía 22 años, símbolo de la ineptitud de un gobierno. (Foto/Twitter)

Por Laura Di Marco

Lara Arreguiz tenía 22 años y vivía en Esperanza, a treinta kilómetros de la capital santafesina. Stefania Desiree Purita Díaz tiene 18, vive en Avellaneda y formaba parte del círculo áulico del ex intendente y actual ministro de Hábitat, el ultrakirchnerista Jorge Ferraresi. Paciente de riesgo, Lara esperó por una cama de terapia intensiva acostada en el piso embaldosado de un hospital santafesino, hasta que falleció por Covid el viernes 21 de mayo. Su foto, recostada en las baldosas frías y sucias del hospital Iturraspe, se convirtió en un símbolo de la ineptitud de un gobierno que fue incapaz de conseguir vacunas a tiempo.

Purita, contacto estrecho de la élite política -no todos los contactos estrechos son malos, por lo visto-, fue uno de los primeros casos conocidos de jóvenes vacunados vip. Era becaria en el municipio de Avellaneda y fue despedida por la propia mujer de Ferraresi, apenas estalló el escándalo. Su imagen en las redes, con el carnet de flamante inoculada, a pesar de no tener factores de riesgo comprobados, ni de ser personal de Salud, se convirtió en un símbolo de la obscenidad política.

Lara también fue despedida, aunque de otra manera: sus pulmones colapsaron entre las idas y vueltas de un sistema sanitario deficitario. Unos días antes de morir, una mujer que observaba la escena en el hospital Iturraspe y que debió haberse sentido interpelada por aquella desolación, la cubrió con su propia campera: de jean celeste, desgastada con manchas blancas, simulaba la bandera una república impotente: un país de rodillas ante un virus al que hace un año le íbamos ganando.

Lara y Purita vivían en distintas geografías, pero compartían la misma franja etaria. Nunca se conocieron, aunque sus historias e imágenes se cruzaron en el imaginario colectivo como íconos opuestos de una grieta indigna: de un lado, millones de ciudadanos huérfanos y desprotegidos; del otro, una élite política privilegiada obsesionada por su propia reproducción y supervivencia. Una élite patrimonialista que tanto se acostumbró a pensar el Estado como una corporación propia, que llegó a naturalizar la apropiación de las primeras vacunas, en un mundo donde escasean. Una mezcla de perversión e ideolología.

Si mira hacia los costados y hacia adentro, el kirchnerismo debería estar preocupado por su futuro electoral inmediato: en Chile acaba de desfondarse el sistema político tal como lo conocimos y el golpe de timón lo dieron, fundamentalmente, los jóvenes. Lo mismo sucedió en la Argentina, en 2019: Cristina Kirchner no podría haber vuelto al poder sin el voto decisivo de ese segmento etario, que fue regado con mística durante los años dorados del kirchnerismo, en los que había plata para repartir. Hoy no es el caso y varias consultoras ya empiezan a registrar un fenómeno que, por ahora, parece invisible: el Frente de Todos pierde apoyo entre los más jóvenes (16 y 34 años), el territorio etario de Lara y Purita, aunque no tanto entre los que fueron jóvenes en los años dorados de Néstor y Cristina y que hoy tienen entre 35 y 50. El reservorio de la memoria emotiva de aquella época parece haberlos inmunizado frente a la opaca realidad albertista.

Las consultoras Poliarquía, Synosis y Fixer registran datos inquietantes con relación a las transformaciones subterráneas de este universo decisivo: el 30 por ciento del padrón electoral está conformado por jóvenes menores de 30 años. Apenas el 14 por ciento de quiénes van a las urnas tiene más de 65. Dicho de otro modo: si en 2019 solo hubieran votado los mayores de 50, hoy Macri seguiría gobernando.

Según la consultora Synopsis, de Lucas Romero, el 60 por ciento de los jóvenes (16 a 29) que votaron masivamente el FdT hoy ya no tiene una imagen positiva del Gobierno. La consultora de Lucas Romero refleja la abrupta caída con una medición interanual. “Si hacemos un zoom en la caída de la imagen de Alberto Fernández durante el último año, mucho se explica por el deterioro que su imagen sufrió entre los jóvenes”, apunta Romero.

Una de sus placas muestra que, cuando arrancó la pandemia, el 77 por ciento de los chicos de 16 a 29 años tenía una alta ponderación del presidente. Hoy ese universo se redujo al 22, 3%: un abismal descenso del 54,7 en apenas un año. Fixer captura el mismo fenómeno en sus mediciones de mayo. La caída en la evaluación positiva del gobierno de Alberto Fernández en el segmento joven varió del 43 al 32 por ciento entre abril y mayo. Cristina bajó 14 puntos en el mismo período y Kicillof pasó de un magro 30 a un 28%

Tal vez Alberto Fernández alcanzó a registrar algo de este tembladeral entre su clientela más fiel cuando el jueves por la noche, desde la Quinta de Olivos, decidió darle una sorprendente entrevista al youtuber K Pedro Rosemblat (27), amigo de su hijo Estanislao, en la que se despachó con una seguidilla de frases desconcertantes. Por ejemplo, cuando describió a la Argentina como un país “punk”, empeñado en el puro presente, como si después de 30 años de jugar en las primeras ligas de la política él fuera ajeno a esta realidad cultural. Si pretendió ser un guiño a la militancia joven, se terminó convirtiendo en un gesto desteñido en medio de una tragedia sanitaria que se llevó la vida de más de 76000 Laras.

La lógica que reveló la consultora Poliarquía en uno de sus estudios, “una vacuna, un voto”, no aplicaría al universo joven, tan lejos de inmunización como la Argentina de Marte.

Pero, ¿por qué los jóvenes de hoy parecen desencantados del kirchnerismo? (es necesario aclarar que el desencanto de hoy no necesariamente se traduce en pérdida de votos, en las futuras elecciones) Hay muchos factores en juego. La mayor preocupación que muestran los menores de 30 en las encuestas es la economía y la inflación.

Cuando votaron a Alberto buscaban ser incluidos en el mundo laboral y seguir estudiando, pero las restricciones impuestas les impidieron ambas cosas. No solo no consiguen trabajo sino que también les cerraron las escuelas. A este cuadro Sebastián Fernández Spedale, de Fixer, le suma una narrativa oficialista criminalizante, una novedad para una fuerza política que históricamente supo encontrar en la “juventud maravillosa” su mayor nervio vibratorio. Pero para las nuevas camadas Alberto no tiene las capacidades histriónicas de Cristina, ni el sex appeal político de Néstor.

“Los jóvenes sienten que el Gobierno les echa la culpa por la propagación del virus, las fiestas clandestinas; los acusa de egoístas, de individualistas, de irresponsables, además de haberlos encerrado durante un año”, apunta el director de Fixer.

La síntesis del desencanto podría caber en un solo diagnóstico: falta de futuro. Una emoción perturbadora para quienes son los máximos portadores de ese activo vital. Como los buenos editoriales políticos, o quizá más que ellos, la foto de Lara logró sintetizar, en una sola imagen, todo lo indecible que contiene impotencia.

© La Nación

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