viernes, 30 de abril de 2021

Saber de alguien

 Por Isabel Coixet

Si quieres saber de alguien, míralo en los momentos de soledad, cuando nadie lo ve. Mira el gesto de abandono que tiene tras tirar la toalla lavamanos al suelo y la expresión de súbita tristeza al recogerla del suelo. Observa los labios fruncidos al llenar el lavavajillas: está pensando que nunca ha aprendido a llenar correctamente el lavavajillas y que le da absolutamente igual, aunque por una vez estaría bien que lo llenara bien. 

En ese momento se pregunta también si sus problemas de llenado del lavavajillas no son una metáfora de su manera de ir por el mundo, pero rechaza la idea por pueril. No le gusta esa parte pueril de sí mismo, le gusta tan poco como sus problemas con los armarios, las estanterías, los cajones, el orden, fuck Marie Kondo. Fuck.

¿A quién se le ocurre aconsejar tirar los libros que ya no lees? Sólo a alguien que no los entiende, que no sabe que los libros, una vez leídos, malos o buenos, hacen mucha compañía. Sólo se le ocurre a alguien que ha pasado patinando mansamente por la superficie de la vida sin sentir ni padecer. Sí, ya sabe que exagera, lo sabe. Míralo al abrir las cartas del banco y pensar que tenía que hacer una transferencia antes de ayer y decirle al banco que no le mande más papeles, que todo on-line, por favor. En ese momento piensa que hace tiempo que no recibe una carta de verdad, una postal, algo que no sean los recibos de la luz y del gas, la domiciliación de las suscripciones que no utiliza, el folleto con los descuentos del supermercado de enfrente. Es triste. Es así. Ahora lo ves decidiendo si reutilizar el pantalón que se puso ayer. La vacilación ante el cubo de la ropa sucia. Una vacilación paralizante. Los vecinos de arriba vuelven a pelearse: desde hace semanas, desde que se mudaron, los oye pelearse, los oye hacer el amor, los oye cambiar los muebles, reñir al pequeño pomerania que ladra treinta minutos al día, cuando lo dejan solo; los oye romper vasos o platos, no sabría decir. Encontrárselos por la escalera es siempre extraño, nunca se atreve a decirles que hacen demasiado ruido, que si podrían hacer el favor de pelearse de día y no a las cuatro de la mañana. Son guapos de una manera inaccesible, aunque a él la belleza siempre le ha parecido inaccesible, remota. Siempre ha desconfiado de ella.

Mira su cara unos metros antes de pasar delante de una mujer que pide limosna: todas las ideas contradictorias que le pasan por la cabeza, dar o no dar, y si dar, ¿cuánto?, ¿no es eso darle alas a algo que no debería existir? Ya, sí, claro, pero ¿entretanto…? Y ahora, cuando cruza la calle para no pasar por delante de la mujer, la sombra de la duda del que en el fondo sabe que no hay manera de enfrentarse con dignidad a la presencia de personas a las que no les queda otra que pedir limosna. Mírale la cara cuando mira furtivamente a la mujer que agita el vaso de McDonald’s vacío, desde el otro lado de la calle; míralo cómo se aleja, un poco más encogido, un poco más perplejo. Ya sabes todo lo que tienes que saber de ese alguien. O casi.

© XLSemanal

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