miércoles, 28 de abril de 2021

Pandemia, genocidio y democracia

 Por Pablo Mendelevich

“Ningún temor a los dioses o a las leyes de los hombres servía de contención o freno. Pues, por un lado, veían que todos morían por igual, y entonces se consideraba que la piedad y la impiedad conducían al mismo destino. Por otra parte nadie creía que viviría el tiempo suficiente como para tener que hacerse responsable y pagar la penalidad por su inconducta”.

De vuelta Tucídides, el padre de la escuela del realismo político que hace unos veinticinco siglos contó cómo se había vivido la peste que asoló a Atenas durante la guerra con Esparta, nos sirve para recordar que no somos los primeros tironeados por los dilemas que plantea esa legendaria enemistad entre contagios descontrolados y orden preestablecido.

El doctor en filosofía Leiser Madanes dice en La peste (Miño y Dávila editores, 2020) que Tucídides presenta un aterrador relato de la plaga y de la corrupción del orden ancestral de la ciudad, la cual se hunde en la anomia y el caos. La naturaleza golpeaba la ley de la ciudad, dirían los griegos sin ánimo de aludir a la CABA. Se referían a la democracia por ellos inventada.

Han pasado de eso algunos años. Más precisamente 2451. Ahora hay vacunas rápidas, pruebas para reconocer al que se infecta, zoom para suavizar el encierro hasta hacerlo laborable, subsidios para atenuar el daño, barbijos de todos los colores, corajudos médicos enmascarados, recursos farmacológicos, terapias intensivas. Se sabe muchísimo más sobre inmunización. Pero la disyuntiva entre quedarse aislado o mezclarse con otra gente se renueva junto con la sostenida alteración de lo normal y la consecuente fatiga colectiva. “La peste exagera hasta la obviedad el desorden de premios y castigos, característico de la experiencia terrena de la naturaleza”, dice Madanes. “Muere el caritativo, sobrevive el impiadoso”.

Un infectado durante la Guerra del Peloponeso se sorprendería si viera el agitado debate entre presencialidad y virtualidad escolar, aunque la sorpresa solo sería por la computadora, no por la esencia de la discusión, lo insustituible de la sociabilidad (sociabilidad: concepto que todavía se resiste heroicamente a ser fagocitado por la comunicación mediante pantallas). Tal vez al espartano le sonaría familiar el devaneo en torno de la “peste” y la calidad de la democracia, asunto que a nosotros, tan ensimismados, nos parece hijo de la ubicua grieta criolla.

Es cierto, para alimentar la grieta, esa cultura que todo lo explica con ecos bélicos mediante una confrontación binaria en escuadra maniquea, se requiere la identificación de un enemigo y como el coronavirus es invisible hubo que erigirlo a Rodríguez Larreta. Quien casualmente es el principal líder opositor con funciones ejecutivas, una amenaza electoral bien visible para el Gobierno. Las recomendaciones sanitarias pujan por sobrevivir en un discurso público rico en culpabilidades ajenas, un clásico local que ahora arde alimentado con numerología sanitaria reversible.

También en otros países, como España, se preguntan de manera insidiosa qué habría pasado si le hubiera tocado administrar la pandemia a la oposición. En Estados Unidos no solo se hicieron la pregunta sino que se la contestaron: ya conocen las dos versiones, pueden comparar. Pero en la Argentina el ejercicio hipotético es algo necrofílico. Viene sazonado con el extremo de la muerte figurada, cuando la amenaza real y la muerte efectiva ya están demasiado presentes en los padecimientos colectivos.

Nuestros modos políticos evidentemente permiten tirarse con muertos, añeja expresión, nada prestigiosa, de la política doméstica, apta para el caso Cabezas, el fusilamiento policial de Kosteki y Santillán o el militante del Partido Obrero Mariano Ferreyra. Hoy puesta en valor pandémico por ministros, diputados, sindicalistas, políticos en general, quienes descargan verba punzante sobre los rivales para dejar en claro, por lo menos, cuán laxa es la democracia argentina, que convierte acusaciones de homicidio en frases ordinarias, torrente interpartidario.

Los reproches alcanzan ahora la envergadura mayorista. Se estiran hasta el pico de la escala: el genocidio. Banalizado como insulto, el adjetivo genocida está yendo por el camino del desgaste a desguace. Un tuit propalado por la cuenta oficial del Ministerio de Seguridad, desde el que luego se dijo que había salido “por error”, opinaba el viernes pasado con respecto al fallo de la Cámara de Apelaciones porteña que ordenó habilitar las clases presenciales: “mamarracho jurídico se queda corto para este genocidio”. ¡La orden de volver a las escuelas era el genocidio! El Ministerio de Seguridad solo estaba escalando la opinión del Ministerio de Justicia, autor de la sobria calificación de “mamarracho jurídico”. En este contexto, los improperios presidenciales de hace veinte días contra opositores, a quienes llamó imbéciles y malas personas, merecerían ser considerados un aperitivo de moderada insignificancia.

Es curioso que se escuchen tantas quejas de dirigentes debido a que el tema de las clases presenciales naturalizó la judicialización de la política mientras nadie se sobresalta por las acusaciones que se formulan de matar gente, fuera por contagios no evitados, imprevisiones hospitalarias, falta de vacunas o meros fallos judiciales. “Es el fracaso de la política”, lloriquean políticos de procedencia diversa con pretendida autocrítica respecto de las presentaciones en tribunales. ¿Y tirarse con muertes masivas qué sería? ¿Un suceso autosuficiente de la política?

Ambas situaciones, la búsqueda de involucramiento de los jueces en los asuntos que la política no consigue resolver y la liviandad con la que se le factura al rival la responsabilidad por personas que fallecen de Covid-19, en realidad surgen de la misma área de indignidades de la democracia. Es su déficit medular: la inexistencia de un clima de concordia apropiado para hacer pactos y poder cumplirlos. Sobre todo, cumplirlos. Porque gracias al estrepitoso final del Trío Pandemia –la mano furtiva de dos de sus miembros en la caja del tercero, mandamás de la “opulenta” ciudad enemiga- aprendimos que con acuerdos solos no basta. Tienen que durar, hace falta desterrar la legitimación de la traición como recurso político, debe desacoplarse la sustentabilidad de los pactos de las temporadas electorales. Se necesita construir una confianza básica.

Lo más notorio tal vez sea la caída en desgracia de la palabra cuarentena, raleada del lenguaje oficial masificador debido, presuntamente, a que quedó asociada con el quedate en casa de 2020, poco rendidor en términos epidemiológicos, duro en lo social y, sobre todo, nada memorable en lo económico

El problema es que ya estamos en temporada electoral, con la ironía -la política argentina siempre sorprende- de que el único pacto que parece haberse logrado es el de postergar las elecciones por menos de un mes. Un cambio de muy baja intensidad (y de incierta utilidad) si se lo compara con el volumen de los temas sobre los que no hay acuerdos, en particular las restricciones sobre la vida de las personas relacionadas con la pandemia.

Desde este miércoles, según el nuevo cronograma, van a faltar para las elecciones exactamente 200 días: seis meses y medio. Para las PASO, 137 días. Ayuda a dimensionarlo el dato de que el Gobierno acaba de cumplir sus primeros 500 días. Todo eso es fácil de medir. Lo difícil, si no imposible, resulta planificar la evolución de los contagios y sus consecuencias, por un lado, y el ritmo de vacunación, por el otro. Con menos impericia oficial las negociaciones, la logística y la aplicación de las vacunas seguramente habrían podido aportar certezas.

La pandemia, la “peste” del siglo XXI, no es para nada previsible ni acá ni en el resto del mundo, pero por lo menos su designación se conserva estable en medio de un léxico que se difuminó con un coronavirus también mutante. Lo más notorio tal vez sea la caída en desgracia de la palabra cuarentena, raleada del lenguaje oficial masificador debido, presuntamente, a que quedó asociada con el quedate en casa de 2020, poco rendidor en términos epidemiológicos, duro en lo social y, sobre todo, nada memorable en lo económico. Ahora se habla de cuarentena, sí, pero con referencia específica al encierro acotado de viajeros, no a los millones de vecinos conminados a encerrarse sine die en sus casas mediante los acrónimos ASPO y DISPO, renovables e intercambiables.

Cuarentena era la palabra del momento en marzo de 2020 cuando la capacidad de asombro estaba descansada. Significaba originariamente, como entonces se recordó, cuatro veces diez y se la empezó a usar en el siglo XIV en Venecia para el aislamiento de 40 días de los enfermos de la peste negra. ¡Qué recuerdos! No los del siglo XIV, los de marzo de 2020. Cuando no se conocía en plenitud, diría Tucídides, el temor a los dioses o a las leyes de los hombres.

© La Nación

0 comentarios :

Publicar un comentario