miércoles, 3 de marzo de 2021

El discurso de las sujetas

 Por Pablo Mendelevich

Todos somos sujetos y sujetas de la solidaridad hacia el otro y la otra, explicaba Alberto Fernández mientras hablaba de líderes y de lideresas. La lideresa más importante -justo la madre espiritual del todos y todas, contraseña que durante años nutrió a los humoristas- horadaba a su izquierda el pupitre mediante un tamborileo intermitente con tres de sus falanges de la mano derecha (ver trasmisión oficial).

No hace tanto Fernández hablaba como una persona normal. El lenguaje se le fue afectando al son de su entrega. En el discurso de las sujetas (que así merece ser recordado porque allí radicó, al cabo, la mayor originalidad del texto) alcanzó el paroxismo. Sólo faltó decir que la perra y el perro son los mejores amigos y amigas de la mujer y del hombre o inventariar en cuatro versiones la explotación del hombre por el hombre consagrada por Marx.

Paroxismo es un término amable si adonde en realidad se llega es al absurdo cuando se pone la energía al servicio de la militancia gramatical antes que en la tarea de delinear la política exterior, posicionarse sobre temas medulares como Venezuela, profundizar el futuro económico, hablar del campo y de las retenciones, fijar posición con las PASO y las fechas electorales de este mismo año, dar metas de mediano y largo plazo o siquiera mencionar una vez el número de personas fallecidas por Covid, el dato dramático más importante del año que pasó. Tantos los y las, tanto machacar con gentilicios de doble género para compensar a las mujeres del siglo X en adelante o creyendo edulcorar a la mujer sentada al lado, al final los tropiezos con las palabras se hicieron inevitables. Los furcios batieron récords en la categoría discurso institucional. En esto sí Fernández superó a Macri, lo que no es poco decir. Aunque también esto se lo podría atribuir, es cierto, a la presión subliminal ejercida sobre el disertante por la respiración vicepresidencial.

Antes de volverse muda ni siquiera Cristina Kirchner fatigaba a los auditorios con semejante densidad de lenguaje “inclusivo”. Reconvertido al cristinismo hace relativamente poco, Alberto Fernández debe considerar que en su caso la devoción nunca es mucha.

Hay quien piensa que todas estas cuestiones son de forma, mera espuma, distracciones. Sin embargo, además de que el lenguaje es considerado una adaptación evolutiva, definición que le va al caso como anillo al dedo, en el estilo de esta pieza oratoria está encerrada la primera paradoja: sobreabundancia de lenguaje “inclusivo” en un mensaje cuyo leit motiv es la exclusión. De eso va la famosa grieta, de inclusiones y exclusiones. Lo contrario de tramitar la diversidad mediante los instrumentos y equilibrios de la democracia.

Excluir, como antaño, a medio país, supone después de 447 días de gobierno culpar de todo a la oposición, además de a los jueces, a los medios y a los poderes económicos concentrados. “Todas” las políticas del gobierno anterior “condujeron a estrepitosos fracasos”, aseguró el presidente, probablemente sin recordar que para historiadores como Félix Luna hasta los peores gobiernos hicieron alguna cosa buena. Macri no. Nada. Es el enemigo público del país, merece ser querellado criminalmente porque logró en forma turbia un préstamo mayúsculo del FMI para luego fugar la plata. Se ve que hasta ahora el gobierno no lo había notado. O no había notado que ya existe una causa judicial por ese tema. O pensaba que camino al cuarto oscuro iba a poder golpearse el pecho, ya que no con la economía, con las vacunas. Y las vacunas, ya se sabe, hoy no están para animar campañas inclusivas.

Subordinado a pleno a su mentora, Fernández eligió el camino de la confrontación, dijeron en las últimas horas la mayoría de los analistas. Varios apreciaron que fue el comienzo de la campaña electoral. Pero esas certeras observaciones conllevan una pátina involuntaria de legitimación. Existe en la cultura política argentina cierta resignación a que en campaña todo vale. Son estrategias, se dice a veces, el mismo manto de piedad que algunos le ponen a la corporización de un enemigo. Vuelve así la trillada confusión entre polarizar dentro de las reglas de juego de la política y convertir al adversario en sujeto (sujeto o sujeta) abominable, que es bien distinto. Y a la vez está pendiente la necesidad oficial de “desprocesar” a los propios. En particular a la lideresa.

Es difícil imaginar una campaña electoral con una reforma judicial como protagonista en un país cuya población viene desde hace rato concentrada en la economía, las restricciones sanitarias y la vacunación. ¿Marcó realmente la agenda político institucional el discurso de las sujetas, más allá de la confirmación de que se quiere postergar el acuerdo con el FMI (y los ajustes que faltan) para después de las elecciones? Por lo demás, ya está visto que, justificadamente o no, en la Argentina hay muchísimas más palabras y promesas que planificaciones. Si por el discurso fuera, viene una agitación institucional fuerte.

Para ayudar a habilitar la cirugía mayor se pone el cartel de democracia en reparaciones, pero se le atribuye la falla sólo a la Justicia porque es la que está “en las márgenes del sistema republicano”. Lo dijo Fernández en el mismo estrado en el que en 2007 Kirchner abdicó a favor de su esposa, a la que cuatro años después su hija le colocó la banda presidencial. Hoy en el Congreso ella controla una cámara y el hijo regentea la otra.

En ese sacro metro cuadrado en el que vela por el sistema republicano (kirchnerista) Fernández la emprendió a patadas verbales contra el fiscal de la causa de los cuadernos, en la que está seriamente acusada Cristina Kirchner. Kafka se habría empalagado con esta historia: para acariciar los oídos de la multiprocesada el presidente denuesta por procesado al fiscal.

El Poder Judicial está en una crisis, diagnostica desde el Poder Ejecutivo unipersonal (sic) un presidente a quien su vicepresidenta le indica hasta cómo encender el micrófono para empezar a hablar (“audio, botoncito, tiqui tiqui, eso”). Por lo tanto hay que someter al Poder Judicial desde el Poder Legislativo con una bicameral de control y desde el Ejecutivo mediante el diseño de un tribunal especial que se consagre a debilitar a la Corte Suprema, sin perjuicio de que otras maniobras ayuden a los jueces a transformarse o a irse, como dijo ayer el ministro del Interior Eduardo de Pedro. También al Consejo de la Magistratura se le piensa realizar un nuevo service, luego de los dos que ya le hiciera, se ve que con baja durabilidad, la entonces senadora Kirchner.

Aunque la Justicia, sin duda, necesita reformas, nada de esto parece destinado a fortalecer la división de poderes que manda el abecé republicano. Los Fernández, sin embargo, aseguran que a ellos los inspira la Constitución. Impactó verlos juntos antes del discurso haciéndole un gesto de reverencia nada menos que a la Constitución original, un libro de 50 centímetros por 33 escrito de puño y letra por los constituyentes que reposa, oblicuo, en una vitrina ubicada en el Salón Azul. La vitrina al menos protege a la Constitución de la humedad.

© La Nación

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