miércoles, 17 de febrero de 2021

¿Vacunados para qué?

 Ayer y hoy. Con la Guerra Fría se temía al apocalipsis nuclear; hoy, al ecológico.

Por Sergio Sinay (*)

Si se advierte que fue escrito hace diez años, el siguiente párrafo resulta aun más impresionante que en el momento en que fue publicado: “El tema del fin del mundo recobró actualidad durante la Guerra Fría por el temor al apocalipsis nuclear. Hoy los nuevos temores son más bien de tipo ecológico (calentamiento global, desertificación), o médico (pandemia, nuevas enfermedades ligadas a la alimentación de masas)”. 

Quien escribía esto es el antropólogo francés Marc Augé, lúcido observador de la modernidad tardía, en la que estamos instalados, y lo hacía en un libro que hoy cobra una poderosa resonancia. Su título: ¿Qué pasó con la confianza en el futuro?

La pregunta merece atención cuando la humanidad corre detrás de diferentes vacunas (siempre escasas, siempre generadoras de suculentas rentabilidades económicas o políticas según quién las suministre) como legiones de hormigas dirigiéndose a una bolsa de azúcar. ¿Qué mundo se dibuja en el horizonte de las diferentes estrategias que se enfrentan para la explotación del mundo tal como es?, interroga Augé en ese libro. La respuesta es compleja, porque la evolución de las sociedades no es simple, y durante ese proceso conviven hoy, como señala Augé, “los progresos científicos más vertiginosos y las representaciones religiosas más arcaicas, la más aguda conciencia de los derechos del individuo y las formas más manifiestas de totalitarismo”. Y a esto habría que agregar otro concepto muy interesante del mismo antropólogo (desplegado en un ensayo inmediatamente posterior, titulado simplemente Futuro), según el cual futuro y porvenir no son lo mismo. Uno alude a lo cronológico, futuro es el día o el año que sigue. El otro indica contenido, sentido, finalidad. Puede haber futuro por el simple transcurrir del tiempo, pero eso no significa que se avizore un porvenir.

En el momento actual la supervivencia concentra los esfuerzos humanos. Hubo catástrofes peores, incluyendo pandemias y guerras, pero la que toca vivir es la que se registra con mayor intensidad. Y si se sigue la línea tendida por Augé cabe este interrogante: ¿sobrevivir para qué? ¿Para continuar desde donde estábamos? ¿Para regresar a muchas de las condiciones de vida, de gestión política, científica y sanitaria que hicieron posible la propagación del virus? ¿O para revisar modelos de vínculos, de ejercicio de oficios y profesiones, de tratamiento de los recursos naturales, de gestión del tiempo, de comunicación, de educación y de los usos y fines de la ciencia y la tecnología? Cualquier respuesta colectiva a estas cuestiones solo puede ser el resultado de las respuestas individuales. Lo que vivimos hoy es un momento de impasse, como el del trapecista que suelta su columpio y gira en el aire para tomarse de las manos de su colega. ¿Estarán esas manos? ¿Las alcanzará a tiempo? Mientras se resuelve el suspenso, el trapecista está en el aire, sin sostén. El impasse actual puede derivar en un simple futuro (seguir vivos mañana, no importa cómo, no importa para qué) o en un futuro con porvenir.

Podría definirse al porvenir como un futuro que inspira. No parecía ser eso lo que había en el horizonte cuando el coronavirus golpeó a la puerta. En Los fantasmas de mi vida, colección póstuma de ensayos del critico cultural inglés Mark Fisher (1968-2017), este pensador apunta una significativa paradoja. Muestra la perfección con que la técnica logra hoy reconstruir el pasado (notable en el cine, en los parques temáticos con dinosaurios, en la restauración de grabaciones, en la reproducción de vehículos y artefactos antiguos, etcétera), y lo repetitiva y poco inspiradora que es respecto del futuro. Como si no tuviera nada que decir acerca de él, salvo ofrecer programas que aceleran los procesos y los tiempos, pero no inspiran. Las visiones del futuro suelen ser apocalípticas (véase el furor por las distopías) y conviven con las miradas nostálgicas, cuando no melancólicas, hacia el pasado. En ese punto aparece esta interpelación: ¿hay porvenir después de la vacuna? ¿Qué está dispuesto a hacer cada uno para que lo haya?

(*) Escritor y periodista

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