miércoles, 10 de febrero de 2021

Lo que la gente tiene que entender

 Por Pablo Mendelevich

Así arrancan muchos políticos cuando nos explican sus ideas, en particular Alberto Fernández: “Lo que la gente tiene que entender…”, dicen.

A menudo el Presidente echa mano a este giro gramatical que airea la enemistad subliminal del usuario con la humildad. Ahora fue el turno de Sergio Massa. “Lo que algunos no logran comprender -dijo Massa en referencia a los críticos del Gobierno durante una entrevista- es que pudimos construir una coalición de Gobierno con dirigentes que tienen diversidad de opiniones y orígenes distintos”.

La dificultad, se ve, es de la platea, no de los actores. Son los demás los que están lerdos de entendederas. No logran comprender cuán bien funciona el Gobierno. Massa aprovechó la entrevista (con Luis Novaresio y Rosario Ayerdi en Radio La Red) para hacerles un severo reproche público a sus socios kirchneristas respecto de la idea de cambiar la Corte Suprema actual por otra. Dijo que la posibilidad de sacar a algunos miembros de la Corte o a todos mediante juicio político nunca fue conversada en la coalición. “No es un tema para discutirlo livianamente porque es uno de los poderes del Estado”, apostrofó, como para que la queja le llegue a Cristina Kirchner, líder de la embestida, y, por qué no, a la segunda voz, que horada a la Corte con tenacidad cada vez que le acercan un micrófono. El domingo, nomás, Fernández dijo que la Corte “es un tribunal muy poco calificado socialmente”, vara que por algún motivo no se le había ocurrido aplicar cuando era jefe de Gabinete a jueces federales como Norberto Oyarbide.

Massa venía de negar que en el Frente de todos haya divergencias y riesgos de ruptura. El argumento que usó para probar la fortaleza transversal no fue una evaluación de resultados sino el espesor de su agenda personal. Si mostrara la agenda, dijo, se verían las “reuniones, comidas, charlas, WhatsApp” que mantiene, se comprendería la “dinámica de trabajo y de funcionamiento interno” de la coalición. Pero explicó que no puede mostrarla, su agenda no es pública.

En resumen, en la coalición peronista-kirchnerista-massista, que se llama Frente de Todos, están todos todo el día hablándolo todo, todos se reúnen mucho, se whatsapean, se llevan fenómeno, pero el asunto de echar a la Corte Suprema de una patada como quiere el kirchnerismo se les había pasado por alto. Habría que sentarse a charlarlo. Es algo importante, alumbra Massa.

En sus declaraciones públicas rutinarias, los socios gubernamentales repiten lo del deficiente funcionamiento de la Justicia. Es una opinión negativa a esta altura tan amplia y extendida que casi cualquier argentino podría suscribirla, pero ellos la presentan como original, valiente, dentro de poco épica. Sin ir más lejos, Fernández lo alardeó el domingo: “La crisis de la justicia es un tema que no se debatía y que hoy se debate, es un tema que estaba oculto y que hoy está presente, yo lo he puesto en el escenario. Esto antes no se hablaba así y así habla el Presidente”.

Párrafo que contiene casi tantas inexactitudes como palabras. No solo el tema de la inequitativa y dilatoria Justicia lleva décadas, tanto de discusión como de frustraciones colectivas. Además, en 2013 la presidenta Cristina Kirchner se propuso “democratizar” la Justicia y bajo ese eufemismo hizo aprobar seis leyes, inolvidable y ambiciosa reforma cuyo propósito encubierto era la colonización partidaria del Poder Judicial, que terminó pulverizada cuando la Corte Suprema declaró inconstitucionales sus tópicos principales. Fernández no se pudo haber olvidado de esa reforma fallida (ni de la estruendosa propaganda oficial que la musicalizó) no por haber sido entonces el jefe de Gabinete, ya no lo era, sino porque se hallaba en temporada antikirchnerista y la combatió con el ardor que le suele poner a la lucha por las causas justas (o digamos simplemente a las causas). El actual presidente incluso marchó con la gente que salió a la calle el “18-A” a protestar contra el atropello republicano, en su caso con argumentos que desgranaba por televisión y que hoy podrían ser resignificados como un juego de espejos borgeano: “Lo que ella nos está proponiendo es exactamente lo contrario de lo que decía hace cinco años”, le explicaba, indignado, a Nelson Castro. “Si Cristina quiere concursos (para entrar en algunos sectores del Poder Judicial), ¿por qué mejor no les toma examen a los chicos de La Cámpora que están copando la ANSES?”. Era 2013.

Denunciar hoy el mal funcionamiento de la Justicia como si fuera una novedad y hablar de reformas virginales no es otra cosa que una trampa dialéctica sincronizada con esa amnesia que pretende desconocer, también, los sucesivos restylings que Cristina Kirchner le fue haciendo al Consejo de la Magistratura para poder controlarlo.

Massa a su turno diagnostica que el problema está en que “el Poder Judicial en su conjunto es el que menos se ha actualizado y el que menos rinde cuentas a la gente”. ¿Actualizaciones? ¿Rendición de cuentas? La Justicia no es un celular que necesita “actualizaciones” periódicas. Las cuentas se supone que deberían quedar rendidas en las sentencias, sometidas a su vez a la supervisión de instancias consecutivas. Pero, claro, un sistema del que se sospecha que se favorece a los ricos y poderosos, donde brotan jueces enriquecidos, fiscales manipulados, logias partidarias, sentencias absurdas, presos precipitadamente liberados, beneficiarios explícitos, vicios corporativos, causas eternas, mecanismos procedimentales laberínticos, incidentes industrializados o controles políticos estandarizados de procesos sensibles al poder de turno, más un absolutamente imperfecto régimen de premios y castigos, entre otras distorsiones, requiere bastante más que un service o actualización. Vaya noticia, la Justicia argentina no está funcionando bien.

Es peor, se sabe, en unos fueros que en otros. ¿El deterioro integral se arregla cambiando, acaso licuando a la Corte? Más bien ese deterioro se debe, no es secreto, a un sinnúmero de causas, algunas ancestrales, otras agravadas a partir de las reformas que hizo el Gobierno peronista de los noventa. También conviven bajo techos tribunalicios miles de funcionarios y de empleados honestos, idóneos, lo que no necesariamente significa que se eleve de manera proporcional el coeficiente de eficacia del sistema.

La verdadera dificultad para encarar ahora las reformas profundas que hacen falta es esa irregularidad institucional que contamina hasta las mejores intenciones. Que un Gobierno con su líder principal multiprocesada, con otros funcionarios también bajo encausados, con aliados y exsubordinados presos por corrupción (a los que el mismo Gobierno denomina abierta o sigilosamente presos políticos) diga que va a meter el bisturí para sanear a la enferma Justicia es cuanto menos inquietante. Ya que hablamos de derecho, ¿Se puede ser juez y parte nada menos que para higienizar la Justicia?

Es una pena que Massa no haya podido hablar en el Frente de Todos sobre el futuro de la Corte, aunque es probable que a esta altura él ya sepa que si tira de ese ovillo vienen otros asuntos que sus socios tal vez no tengan muchas ganas de discutir.

Palabra de Fernández: “Todos los argentinos tenemos que darnos cuenta que cada vez que uno habla de la justicia, inmediatamente los medios plantean que estamos buscando la impunidad de Cristina y eso no es así”. Es lo que la gente tiene que entender. Pero no todos entienden.

© La Nación

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