domingo, 14 de febrero de 2021

El kirchnerismo reprograma su “utopía”

 Por Jorge Fernández Díaz

Para justificar el oscuro abismo que se abría entre relato y realidad, cautivos de una ficción que ellos habían creado alrededor de la verdadera naturaleza del peronismo, los principales referentes de la “juventud maravillosa” hacían abuso del concepto táctica y estrategia. Había en los años setenta un Perón táctico, que mentía un aliento a la ultraderecha y una gestión conservadora, y un Perón estratégico, que utilizaba esos recursos engañosos y meramente coyunturales para arribar a su gran proyecto de fondo: la sublime Patria Socialista.

Esa presunta dualidad, mientras llovían cadáveres, fue cada vez más necesaria para la Tendencia, sobre todo a partir de que el General en persona ordenó desplazar, destituir, cazar y meter bala a los “sectores marxistas” que querían copar el Movimiento. Corría en esos tiempos un chiste negro por las mesas de los cafés: Mario Firmenich y el resto de la conducción montonera estaban a punto de ser ejecutados por órdenes expresas de Perón. Frente al pelotón de fusilamiento, Firmenich les dice entonces a sus compañeros: “¿Qué opinan de esta táctica genial que se le ocurrió al Viejo?”.

El episodio nos recuerda la vocación fuertemente narrativa, fantástica y negadora de la izquierda peronista; escribe una liturgia según su visión épica y su frondoso imaginario, y queda luego prisionera de esa trampa, y se ve obligada por lo tanto a inventar nuevos relatos falsarios para no mostrarse desairada cuando los hechos la desmienten. El líder también es una creación literaria (pasados apócrifos incluidos), y se comunica a través de mensajes que deben ser sutil y convenientemente decodificados: las grabaciones y los antiguos comentarios transoceánicos de Perón; los actuales rumores surgidos de Recoleta o El Calafate y las tajantes cartas públicas de Cristina Kirchner. Hace unas semanas las distintas usinas kirchneristas sugerían que había un dilema en la cabina del poder: volver a moderarse para ganar las elecciones de medio término o radicalizarse para llevar sin ambages el proyecto hasta las últimas consecuencias. No se trataba únicamente de una discusión preelectoral entre palomas y halcones: con el mismo ahínco con que busca su inmunidad jurídica, la arquitecta egipcia busca una reivindicación histórica de su último y malhadado mandato. Y a la luz de un análisis extravagante de la sociología del voto, hay quienes en el Instituto Patria le susurran en su oído narcisista la certeza de que habría triunfado sin necesidad de montar ninguna mascarada “herbívora”. Subyace en todo el andarivel un desencanto militante; este no es el gobierno soñado.

Durante estos días candentes, sin embargo, esas crueles dudas aparecen provisoriamente zanjadas. Por indicación de los altos mandos, comisarios del kirchnerismo ideológico y también del psiquiátrico reaparecieron para disipar las nubes, poner paños fríos, y a modo de disculpa, explicar que esta no es una administración pura, sino una coalición, a pesar de que Alberto Fernández (para desilusión del peronismo tradicional) se negó a construir una línea interna y decidió subordinarse así a los designios de su jefa. La súbita reaparición de la palabra “coalición” en el vocabulario cristinista (antes la doctora era simple y llanamente la reina absoluta) tiene por objeto explicarle a la grey más fanática que la Pasionaria del Calafate debe ahora compatibilizar medidas y rumbos con sus socios de la “alianza” (Fernández y Massa), y que es necesario hacer fuertes concesiones en vista de la debacle económica y los comicios, que se celebrarán lo más lejos posible del presente: una ruidosa admisión de que las cosas van de mal en peor. Es así como ha resurgido del arcón de las evocaciones truculentas el recurso de la táctica y la estrategia. Hay una Cristina táctica que aceptará los buenos modales y las políticas de consenso de su regente, y una Cristina estratégica que si este año arrasa en las urnas construirá mayorías más robustas y alumbrará por fin el ansiado Nuevo Orden. Es esta la razón de fondo por la que, a pesar de los ladridos de ocasión (una cosa es ladrar y otra morder), no iniciamos una guerra contra el campo, ni coaccionamos violentamente al capital, ni mandamos al diablo al Fondo, ni nos cargamos de un plumazo a la Corte Suprema, compañeros. Descifremos a la Cristina táctica: olvidemos los forcejeos en la cabina, este no es el momento.

Como afirmaba Piglia, en el cuento clásico hay siempre dos historias, una evidente y otra oculta, que al final se revela: la debilidad financiera es tan pero tan impresionante que la sustentabilidad política y social del oficialismo flamea cada día. El kirchnerismo no se radicaliza porque a pesar de sus trucos, atropellos y ademanes es extremadamente débil, y porque no aguantaría ahora mismo una 125, ni un desenganche completo del mercado mundial (pasaría de menesteroso a paria), ni que se profundicen el cierre de empresas y la fuga de inversiones, ni una crisis institucional de proporciones con el Poder Judicial que lo colocaría en el escaparate global en compañía de Venezuela y Corea del Norte. El plan de los “jacobinos” cerraba solo después de una reactivación verdadera y consistente; sin ella, las “utopías” deben reprogramarse con tanta amplitud y paciencia como los pagos de la deuda externa.

Si la doctora quisiera modificar este “estilo amigable” de Balcarce 50, solo tendría que hacer una llamada telefónica. Esa llamada no llega porque hoy carece de sentido (el rumbo ha sido consensuado entre quienes cortan el bacalao), y entonces lo único que queda es mandar a Parrilli, a Moreau y a Hebe a formular declaraciones mediáticas y principistas sin ninguna consecuencia real, para que los “muchachos” se calmen un poco e incluso despeguen a la lideresa de la “mano blanda” (hay que cuidar el capital simbólico) y la “tarea sucia” (hay que ajustar sin que se note). Resulta también funcional que se la crea disgustada, e independiente de la gestión; permite que la militancia la disculpe y que muchos miembros del establishment se digan: apoyemos al presidente “mesurado”, porque si no viene la desmesura y estamos fritos. Un chantaje político (opción por el mal menor) que podría servir incluso para la campaña. Pero lo cierto es que existe puertas adentro, y más allá de lo que parece, una nueva toma de conciencia en el oficialismo: causa verdaderamente pavor este país desvencijado y explosivo, donde tanto el frente pandémico como el incendio inflacionario tienen pronóstico reservado y alarman al petit comité del Frente de Todos. Acudir a las urnas con 50% de pobreza y 45% de inflación resulta inquietante para cualquiera. El kirchnerismo comienza a reacomodarse a la emergencia y a la mishiadura, y ha desempolvado la figura del “campo popular”, que en el peronismo se agita en horas bajas donde no queda más que taparse la nariz, tragar sapos y mantenerse unidos a quienes tanto detestan y han traicionado; siempre nos quedará un rezo laico en el Día de la Lealtad. La táctica es así; la estrategia, vemos. Se dejan abiertos obviamente otros caminos eventuales por si este fracasa, pero lo que nunca se negociará es la demonización de Cambiemos, excusa hiperbólica para explicar el desaguisado actual y, sobre todo, para ocultar los descalabros producidos bajo la genial inspiración del ministro Kicillof. El gobierno republicano cometió errores macroeconómicos y políticos, pero que un técnico como Guzmán sugiera, a veces por acción y otras por omisión, que Macri se endeudó para beneficiar a sus amigos y que aumentó las tarifas por mera perversión personal e ideológica es un agravio a la inteligencia. Y un tributo a la abogada de la calle Juncal, que como todos sabemos legó una economía floreciente, una administración pública ágil y sustentable, una política tarifaria racional, un banco central rebosante de reservas y un ingenioso cepo cambiario, que era todo un canto a la inversión. De tanto repetir ese camelo ha sido aceptado como sentido común incluso entre votantes incautos de la “avenida del medio”. Ese nuevo relato falsario es escrito, como en los años setenta, para que los hechos incontrastables no nos arruinen una buena ficción.

© La Nación

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