viernes, 12 de febrero de 2021

Consentimiento

 Por Isabel Coixet

Este texto nace de un cansancio inimaginable. El cansancio de alguien que ha escuchado demasiadas veces, durante demasiado tiempo, las siguientes cosas: “Con 15 años esa ya sabía lo que hacía”. (¿El tipo de 30, 40 o 60 también lo sabía?). “Es que el paradigma ha cambiado”. (Lo que era un abuso hace 20 años es un abuso ahora, lo que ha cambiado es la noción de impunidad). “Si bebes y vas a casa del tipo, no te quejes luego de lo que te pase”. (Si un violador está borracho, eso es un eximente, si la víctima ha bebido, se considera que se lo estaba buscando). “Enseño a mi hija a ser una guerrera”. (¿Y a tu hijo cuándo le enseñarás a ser menos guerrero, a asumir que la vulnerabilidad, el contacto con las emociones, también es un valor?). “Es un padre estupendo, colabora en todo, cambia los pañales”. (¿Y qué quiere?, ¿una medalla?, ¿una placa conmemorativa en la calle donde nació?).

Sí, los lugares comunes aburren de comunes que son, lo sé. Esos lugares comunes que son el tipo llamándote frígida en un pasillo de hotel porque te vas a tu habitación (“¿no ves cómo me pones?”). Son las personas que sistemáticamente sospechan de las víctimas y a las que se les llena la boca hablando de las falsas denuncias. Son los hashtags que simplifican la complejidad de la naturaleza humana. Son los que llamarán “zorra” a la protagonista de Promising Young Woman. Los que se mofan de la app danesa Iconsent, pero no porque sea inútil, sino porque no ven la necesidad de que exista la negociación del consentimiento. Los que no ven agresión en que un hombre se quite el condón antes de terminar. Los que minimizan sistemáticamente las consecuencias de la coacción emocional. Los que nunca creerán que los hombres que admiran puedan ser otra cosa que lo que quieren creer que son. Somos todos los que en un momento de nuestra vida también hemos dicho eso de “¿a estas alturas, para qué se mete en líos denunciando, qué gana con eso?”.

En mi inocencia estaba absolutamente convencida que en este siglo todas estas cosas formarían parte de un pasado lejano. Creía firmemente que llevaría a mis nietos a un museo de historia donde las violaciones, la coacción emocional, la obligación de llevar determinados atuendos por obligación, la disparidad salarial o la aberrante, desde cualquier punto de vista, ausencia de mujeres en los puestos claves de las decisiones, se verían representadas con vetustos diaporamas o rancias proyecciones que ellos contemplarían con incredulidad mientras yo intentaba explicarles que sí, que aunque cueste creerlo, las cosas eran así. Me imaginaba a mí misma explicándoles que hubo un tiempo remoto en que en las películas y las series el asalto sexual era trivializado hasta extremos grotescos (¿hola, Juego de tronos?) y que muy raramente se mostraban las consecuencias reales del trauma de la violencia sexual, consecuencias que no tienen fecha de caducidad. Por desgracia vivimos en una especie de museo lleno de anacronismos vivientes: se llama realidad.

Hace unos meses, leí una noticia que me afectó de una manera especial. Los periodistas Albert Llimós y Nuria Juanico publicaron en el diario Ara un reportaje sobre una escuela de teatro de Lleida en la que, durante 20 años, varias generaciones de alumnas sufrieron los abusos de un profesor que reúne todas las características de un manipulador de manual que actuaba con total impunidad. Quise hablar con ellas y encontré a nueve mujeres que, si yo fuera el encargado de elaborar el proyecto de ley sobre el consentimiento, como el que se aprobará (o no) el 3 de marzo, las estaría escuchando ahora mismo. Su peripecia, desde la adolescencia hasta hoy, es un camino que ha sido recorrido antes por millones de mujeres de todo el mundo, la diferencia es la brutal toma de conciencia que han hecho juntas, la manera serena que tienen de afrontar un pasado que les ha dejado cicatrices que siempre estarán ahí, pero que no va a impedirles ser y hacer lo que quieran. El relato de estas nueve exalumnas contiene todos los elementos que hacen del consentimiento el tema clave en las relaciones humanas. Las reacciones a sus testimonios, tanto desde el ámbito jurídico, sociológico, familiar, son un aviso para navegantes: sólo el convencimiento que tienen de que lo que les pasó podría haberse evitado las mueve a trabajar para evitar que vuelva a ocurrir.

Es imposible tratar el consentimiento sin intentar entender la gelatina mental que tenemos en la cabeza, fruto de una educación que parece estar diseñada expresamente para dañar la construcción del punto de vista y del libre albedrío. Y en el caso de la adolescencia hay siempre que tener en cuenta el hambre lógica del adolescente por que alguien lo valore, lo vea. Esa hambre que es explotada vilmente por adultos que tienen el poder de ver y escoger y dañar, a veces irremediablemente.

Trabajando con estas mujeres, me doy cuenta cada día de cuánto tenemos todavía que escuchar, cuánto por aprender. La única opción viable que se me ocurre es que estemos dispuestos a levantar la alfombra y barrer. Haya lo que haya debajo de la alfombra. Aunque, bien mirado, lo mejor será tirar la alfombra a la basura y empezar de una vez a pisar el suelo.

© El País (España)

0 comentarios :

Publicar un comentario