viernes, 1 de enero de 2021

También son cultura

 Por Carmen Posadas

Con la misma implacable cadencia que caen las hojas del calendario veo cerrar uno tras otro muchos de los bares y restoranes de mi barrio. Algunos, como el emblemático bar Casa Manolo, cuyas croquetas merecieron todo un artículo en The New York Times, han optado por hibernar a la espera de tiempos mejores. Otros, como el centenario Lhardy, gambetean la catástrofe acuciados por la falta de turistas, el cierre de los hoteles y también –o, mejor dicho, sobre todo– debido a las escasas o nulas ayudas por parte de las distintas administraciones.

Otro tanto le ocurre al más antiguo restorán de Madrid. Abierto desde 1725 y habiendo sobrevivido a un par de guerras y no pocas turbulencias, Casa Botín teme por su futuro. Al estar situado en el centro de Madrid, amén de por las consecuencias de la pandemia, se ve afectado por la llamada ZPAE (zona de protección acústica especial). Esta disposición, concebida para amparar a los vecinos del ruido que producen los locales de restauración y ocio, limita desde hace años el aforo máximo de cualquier local del casco antiguo de la capital a 99 personas, sin tener en cuenta su tamaño. Por esta razón, lo que antes era una arbitrariedad ahora, con la pandemia, que, a su vez limita el aforo a la mitad, se ha convertido en una clara injusticia en el caso de establecimientos como Botín que, por su amplitud, son capaces de albergar a muchos más de cincuenta comensales sin riesgo alguno para su salud.

En otros locales señeros de la zona, la ZPAE presenta cortapisas adicionales. Varios de ellos, como tienen licencia de música, están obligados a contar con un vestíbulo acústico. Hasta aquí, todo razonable; el problema estriba en que, ahora que están intentando ampliar su aforo utilizando las terrazas, se ven en la situación kafkiana de que no pueden tener al mismo tiempo música en el interior y terraza en el exterior. Si a eso unimos que la ley prohíbe a estos establecimientos centenarios realizar modificaciones y, al mismo tiempo, los obliga a que faciliten el acceso a personas con discapacidad, muchos de ellos se encuentran tan desprotegidos como abocados a la ruina.

Según datos del Banco de España, la pandemia podría llevarse por delante hasta el 10 por ciento de las empresas existentes si persisten los efectos de la crisis económica durante un cierto tiempo. Concretamente en el sector de la hostelería se calcula que de 65.000 a 85.000 negocios cerrarían sus puertas. En otros países de nuestro entorno hace tiempo que se han tomado medidas para atajar tal sangría a sabiendas de que son un potente motor económico. En Alemania y en Francia, por ejemplo, se han destinado 10.000 millones de euros al sector. En Italia 5000 millones, pero acompañados de medidas como la supresión del IBI y la prorrogación de los ERTE, así como de otros subsidios destinados a los autónomos. Medidas similares se están tomando en Gran Bretaña, mientras que Portugal, que inició hace unas semanas un confinamiento del 70 por ciento de la población, ha optado por no cerrar escuelas, comercios ni restaurantes, lo que ha evitado el desplome del consumo.

Aquí en España, mientras tanto, tenemos que contentarnos con lo que se ha convertido en el deporte favorito de muchos de los que gobiernan, la política del paripé: anunciar con gran fanfarria medidas que nunca se llevan a cabo. O hacerse selfis con miembros de sectores afectados mientras se pone cara circunspecta y supersolidaria para después abandonar el asunto. Olvidando además que, en el caso de los locales centenarios, las salas de conciertos y los tablaos, estos forman parte de la historia y de la cultura y, por tanto, enriquecen las ciudades. Como lo hacen en Madrid el Café Gijón, el Café Comercial o el Varela; también Casa Patas, El Viajero o Posada de la Villa y tantos otros. Como lo hacen igualmente locales similares en el resto de España que solo esperan de las autoridades dos cosas: sentido común y atención. Sentido común para cambiar restricciones y limitaciones que podrían ser útiles en otras circunstancias, pero que en pandemia resultan letales. Y atención para que se pongan en marcha medidas similares a las que ya existen en el resto de Europa. Ayudas que les permitan no solo seguir siendo enclaves emblemáticos que enriquecen sus respectivas ciudades, sino también colaborar de modo decisivo en la tan ansiada recuperación económica.

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