jueves, 21 de enero de 2021

Palabras

 Por Fernando Savater

Una de las cosas admirables que tiene Francia es el tozudo afán de apoyar en la cultura su política tanto nacional como internacional. El homenaje a Samuel Paty, el profesor decapitado por un asesino islamista, tuvo lugar en la Sorbona y el presidente Macron dejó claro que la batalla contra el terrorismo, no en su práctica criminal que corresponde a policías y jueces sino en su motivación ideológica, debe darse en la escuela y el arte.

La matriz esencial de ese rearme es la lengua francesa, prioridad absoluta en la educación porque representa la unidad de los ciudadanos frente al separatismo (Macron llama al enemigo por su nombre) de los fanáticos que privilegian su peculiaridad religiosa o étnica contra la armonía legal del país.

El acceso de todos al conocimiento de la lengua y su uso cultural insustituible es la base del laicismo republicano que a nadie excluye. Las demás lenguas habladas en Francia son protegidas, naturalmente, pero sin desplazar al vehículo principal de comunicación democrática. No se combate la fragmentación porque sea mala en sí —que a veces lo es— sino porque se defiende algo mejor.

En España, desgraciadamente, estamos en las antípodas de esta lucidez política. Un sabio recientemente desaparecido, Gregorio Salvador, publicó en 1987 un libro admirable: Lengua española y lenguas de España. Desde su propio título realza la importancia cultural y, diría yo, existencial de nuestra lengua común mientras señala las artificiosas hipertrofias al servicio de intereses fragmentadores de otras lenguas, legítimas dentro de sus límites. Obra pionera, clarividente, en parte continuada por su malogrado discípulo Juan Ramón Lodares, que debería entregarse a cada diputado al asumir el cargo. Pues bien, hoy está descatalogada: para regalarla a un amigo he debido pedirla por Internet a una librería de Berlín...

© El País (España)

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