martes, 10 de noviembre de 2020

Recursos para escritores

Por Guillermo Piro

No está escrito en ningún decálogo, pero tampoco es un secreto. Se sabe como se saben las cosas en los sueños: porque se sabe. Un escritor es entre otras cosas una usina de recursos, muletas con las que avanza a tientas, abriéndose camino entre todas las palabras posibles, todo el tiempo tomando decisiones, eligiendo sendas en las encrucijadas, circulando por la derecha mientras sube o baja escaleras, leyendo un libro cualquiera mientras espera el subte, siempre buscando un impulso que lo lleve un poco más allá, más cerca del final.

Una viñeta de Shannon Wheeler ilustra a la perfección cómo imaginamos el terror a la página en blanco: la viñeta se titula “Película de terror para escritores”, y en ella se ve una sala de cine y los espectadores (a los que suponemos todos escritores) aterrorizados ante lo que están viendo: una pantalla perfectamente vacía, blanca.

No saber para dónde ir es algo que mancomuna especies y oficios de toda especie. Es algo que en determinado momento les ha ocurrido a todos. No todos sufren un bloqueo como el de Fran Lebowitz, que ya lleva cuarenta años, pero es de suponer que su bloqueo debe necesariamente ser distinto al de los demás, porque no todos son tan geniales como ella: lleva ese tiempo hablando de un libro que está escribiendo, Exterior Signs of Wealth (Señales exteriores de riqueza), una postergada novela sobre millonarios que quieren ser artistas y artistas que quieren ser millonarios.

John Irving siempre hizo gala de un recurso infalible: cada vez que la escritura se entorpece, cada vez que le cuesta seguir adelante, porque no sabe cómo o porque sabe cómo pero no puede, hace aparecer un oso. La sola aparición del úrsido omnívoro hace que todo fluya, mágicamente la escritura se desliza y ayuda al escritor a salir del atolladero, la cima de la duna donde el auto quedó atascado.

El padre del recurso no es Irving sino Raymond Chandler, quien cada vez que se bloqueaba simplemente hacía que un personaje empuñara una pistola: otro modo de darle vida y movimiento al relato, la pistola como el pequeño motor a fricción que impulsa el juguete de la trama.

Tal vez el escritor que logró sacarle brillo al recurso es Joe R. Lansdale. Lansdale escribió una larga serie de novelas y relatos protagonizados por dos amigos, Hap Collins y Leonard Pine, blanco y negro, demócrata y republicano, hétero y gay, que afrontan un larga serie de problemas (quitemos los problemas y acabaremos con la literatura). Pero hay un personaje que aparece en momentos decisivos, esto es, cuando Lansdale parece no saber para dónde ir. El personaje en cuestión se llama Jim Bob Luke, y apareció por primera vez en la novela Cold in July, de 1992. Jim Bob Luke tiene muchas particularidades: es texano, y como todo texano se viste de un modo ridículo, con camisas floreadas que solo un texano usaría. Astuto como un zorro y malhablado, veterano de la guerra de Corea y granjero de cerdos, conduce un viejo Cadillac rojo, con unos zapatitos de bebé y un par de viejos dados de paño colgando del espejo retrovisor. Practica el hapkido, conocido como “el camino de la unión con la energía universal”, un arte marcial que aparentemente aprendió cuando estaba “allá”, en Corea. Pero la cabeza de ese sujeto pintoresco alberga una inteligencia superior, de una capacidad deductiva que podría competir con la de Auguste Dupin o Sherlock Holmes. Su aparición en novelas como Bad Chili (1997) y Captain’s Outrageous (2001) pone en movimiento la rueda del relato a punto de estancarse y lo lleva a las nubes, que es donde usualmente habita la acción: en la tierra deambulan los pensamientos.

Que sirva de lección a los escritores: encuentren su muleta.

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