miércoles, 4 de noviembre de 2020

La vacuna y la política

Por Pablo Mendelevich

El desconcierto que a cualquiera le produciría encontrarse con un viejo conocido de proverbial devoción religiosa convertido de repente en un ateo recalcitrante tal vez no sería demasiado distinto del que causan los kirchneristas al quejarse en forma airada de quienes todo lo politizan.

Decenas de seguidores del kirchnerismo, igual que unos cuantos dirigentes y funcionarios, están indignados -lo hacen saber en las redes sociales- con quienes, según ellos, todo lo politizan y ahora politizaron la vacuna rusa. 

Reaccionan ante cierto escepticismo generado por la vacuna que promocionó Vladimir Putin, en contraste con los ecos amigables de vacunas de procedencia capitalista, como la de origen sueco-británico que se fabricará en el país con el apoyo financiero de Carlos Slim y en colaboración con la farmacéutica mexicana AstraZeneca. Exceptuados de este torneo, claro, quienes podrían ser llamados antivacuna de la primera hora, más cercanos al terraplanismo que a lucubraciones ideológicas.

Que todo es política lo repetía como un mantra el kirchnerismo mientras se metía con Cristóbal Colón, con la propiedad privada, el "pensamiento nacional", la historia, los aviones, la Feria del Libro, el fútbol, el rock, los curas, los barrios cerrados, la grilla de los canales, las estadísticas oficiales, los manuales escolares, la decoración de la Casa Rosada, los museos, los directorios de las empresas privadas, la fábrica de billetes, el idioma, las ideas de los presos, la soja, las telenovelas, los jueces, los títulos de los diarios, los periodistas, los encuestadores o los derechos humanos. Todo es política y vamos por todo. Preceptos gemelos que supieron ser sucesos.

La propia cualidad omnicomprensiva de la política se decía que formaba parte de la confrontación fundamental. Según ese enfoque, la política, sujeto sacralizado, es ínsita de los sectores populares, en contraposición a la oligarquía, que no la entiende, que la repele. Por eso Macri tenía problemas con la política o directamente encarnaba "la antipolítica", corrompía a la democracia (vaya uno a saber cómo sacaba las leyes siendo minoritario en el Congreso).

No en vano Carl Schmitt, el filósofo, jurista y politólogo alemán que suplió la orfandad bibliográfica del matrimonio Kirchner merced a las exégesis del matrimonio Laclau (Ernesto Laclau y Chantal Mouffé), grandes entusiastas del conflicto permanente, sostenía que la configuración amigo-enemigo -eso sería la política- hormiguea hasta por los rincones más escondidos. "Todo antagonismo u oposición religiosa, moral, económica, étnica o de cualquier clase -escribió Schmitt- se transforma en oposición política en cuanto gana la fuerza suficiente como para agrupar de un modo efectivo a los hombres en amigos y enemigos".

Ahora resulta que la política se volvió una actividad estacional. "Se está ante una situación delicada, no en una elección", repite desde hace dos meses Axel Kicillof, el kirchnerista de más alto rango después de la líder vicepresidenta. Y pide "no politizar" la situación porque este "no es un año electoral sino de pandemia".

Se les endosa politización aviesa a opositores insatisfechos de entrecasa, esos que siempre le buscan el pelo al huevo, cuando la noticia de que viene la vacuna de Putin solo debería ser festejada. Bueno, en realidad no es una noticia, son varias, porque a lo largo de la jornada del lunes los detalles (cantidad de dosis, millones de beneficiarios, fecha de llegada) fueron variando según la hora y según el vocero.

Solo se trata de una vacuna más. Es cierto, la única que un presidente salió a venderle al mundo (aplicó la técnica comercial de asegurar que ya la había probado, con todo éxito, con una hija suya) y la única, también, que lleva el nombre de una nave espacial, Sputnik V, porque homenajea la carrera antiimperialista coprotagonizada por la Unión Soviética en el pináculo de la Guerra Fría, cuando el comunismo hacía lo imposible por demostrarse mejor que cualquiera.

Este es un tema sanitario. A no enojarse con Putin porque no permite que en Rusia se homologuen los pasos científicos internacionales que garantizan efectividad y seguridad, él probó la Sputnik con la hija y ella está muy bien.

Quizás el método doméstico de probar las vacunas con los familiares de quienes gobiernan no sea desde el punto de vista científico el más consolidado, mucho menos que se vacunen primero que nadie los presidentes. Hizo bien Alberto Fernández, dicho sea de paso, en no darse la dosis de Sputnik que contó que gentilmente le mandaron (más las de otros laboratorios), en su caso invocando para excusarse igualdad de derechos con el pueblo, por lo que no será impaciente, dijo. No es que el ejemplo de arriba no sea un motor de confianza, pero habría otros dos problemas en esta forma de inducción. Uno es que los gobernantes, aunque a veces parezcan superhombres, están hechos de los mismos materiales que los gobernados. De modo que si se demuestra mediante procedimientos científicos convencionales que una vacuna es eficaz y segura para todos, lo es también para ellos. Y viceversa: la investidura no asegura una sobrecapa. Segundo, habría que hacer protocolos para certificar la aplicación presidencial, luego un seguimiento público del caso. Tal vez sea mejor repetir los minuciosos controles ajustados a experimentados parámetros internacionales a cargo de científicos. Con calificaciones rigurosas.

Desde el momento en que en la producción, comercialización y distribución de las vacunas intervienen los gobiernos, además de los organismos de salud pública, hay, obviamente, un asunto político. Pero a menudo se confunde lo político con lo partidario, también con lo propagandístico. La asepsia pretendida para la vacuna rusa choca con algunos datos de la realidad. Por empezar, por razones justamente políticas bastante peculiares, no institucionales, quien maneja las relaciones con Rusia es Cristina Kirchner, algo que en política exterior solo encuentra un antecedente en 1945, cuando el vicepresidente de facto Juan Domingo Perón se ocupaba en forma directa de las relaciones con Estados Unidos. Hasta hace poco Cristina Kirchner incluso iba a tener su propia embajadora en Moscú, la chavista Alicia Castro, quien renunció mediante un encendido manifiesto político en el que la distingue como su autoridad.

Perón era más pragmático. En 1946 le dio la embajada en Moscú al bloquismo sanjuanino, que se apoltronó allí primero con el caudillo Federico Cantoni, no precisamente identificado con el marxismo leninismo, y luego con su hijo, Leopoldo Bravo, el embajador de Perón que repetiría el cargo (dato interesante para las patrullas ideológicas de La Cámpora) con Videla.

Bravo, a quien los muchachos hoy seguramente llamarían "la derecha", sabía negociar con los rusos. No solo firmó el primer tratado comercial entre las Argentina y la Unión Soviética, consiguió ser un excepcional visitante póstumo de Stalin, quien le pidió en aquella larga charla la tarea ardua de que le explicara qué es el peronismo.

Cristina Kirchner envió a Moscú una delegación de mujeres, encabezadas por la viceministra de Salud, Carla Vizziotti, e integrada, entre otras, por Raquel Méndez, esposa del ministro de Salud bonaerense Daniel Gollán, y por la politóloga feminista Cecilia Nicolini, coordinadora del Grupo Puebla, quien comparte el Consejo Asesor del presidente con el filósofo Ricardo Forster. En declaraciones públicas Nicolini dijo que detrás de la vacuna hay intereses geopolíticos y comerciales, pero nadie le reprochó por ese reconocimiento la politización de la buena noticia que ella misma trajo de Moscú. Durante el Mundial de 2018 muchos argentinos advirtieron que la Rusia de Putin no es un país de reglas laxas. No debe haber sido fácil para la delegación argentina indagar por qué el único estudio publicado sobre la Sputnik V excluyó a las mujeres, solo se hizo con hombres, ni cómo encaja con esa discriminación la experiencia atribuida a la hija de Putin.

Claro que es una buena noticia que el gobierno negocie a la vez con varios proveedores de vacunas anticovid, incluidos los rusos, y que es absurdo despotricar contra una "vacuna comunista", como pudo hacerlo algún descarriado. Pero sería extraño que justo con los rusos, justo con Putin y en una misión regenteada por la vicepresidente (la misma semana en la que ella emitía su documento político diciendo que el que gobierna es el presidente) la política se haya esfumado y solo se trate de vacunas flojas de respaldo científico pero angelicales.

© La Nación 

0 comentarios :

Publicar un comentario