domingo, 4 de octubre de 2020

Aquella vida olvidada

Por Arturo Pérez-Reverte

Está postrada en la cama, tan guapa a los 96 años como siempre lo fue. Guapísima y también serena, pues la enfermedad que la consume despacio, que no es otra que la vejez natural que nos espera a todos si vivimos lo suficiente, es piadosa con ella. No sufre y está bien atendida: se la ve conmovedoramente flaquita y consumida, pero limpia, aseada, tan pulcra como de costumbre. Vestida con un elegante camisón, apoya en el almohadón de la cama la cabeza ya frágil, el cabello cano y corto, bien peinado, que siempre tuvo muy abundante y hermoso. 

Es la apacible imagen de una vida que se extingue despacio, mansamente, y que un amanecer cualquiera, cuando sus hijos acudan a verla, se habrá dormido para siempre, al fin, ojalá con la misma sonrisa dulce que ahora tiene en los labios.

Sentado a su lado, el hijo mayor le tiene cogida una mano. Ella la mantiene así desde hace rato, asida a la suya, mirándolo con curiosidad. Su memoria se hundió en las brumas del tiempo y no sabe quién es ese sexagenario con canas en la barba que antes la besó en la frente y permanece inmóvil junto a ella. No lo reconoce, aunque a veces una palabra, un gesto, un recuerdo que logra abrirse paso, le hagan abrir más los ojos con un relámpago de reconocimiento, o de vaga memoria. A veces, incluso, hasta trae a su boca una palabra que evoca un nombre hallado de pronto, un apelativo familiar, una antigua escena. No rememora del todo, pero quiere hacerlo. Y cuando se produce el milagro y se asoma un instante al pasado, asiente y sonríe con dulzura y un brillo feliz en la mirada.

El hijo habla desde hace rato. Conversa despacio, paciente, contando con mucho detalle. Como sabe que ella no recuerda, que cuanto él diga será tan nuevo para la anciana como si no hubiera ocurrido nunca, está contándole su propia historia. La de ella misma. Por fortuna es casi toda una historia feliz, que apenas es necesario alterar para que suene bonita: sólo algunas omisiones lejanas, años de infancia desgraciada, viajes a lugares extranjeros y tiempos de guerra. Dejando eso aparte, el hijo-narrador se centra en la parte dichosa de esa vida: la juventud, el trabajo, el amor, la casa familiar, el mar cercano, los hijos y los nietos. Le cuenta todo eso desde el principio mientras ella escucha con atención, pendiente de las palabras, entreabierta la boca, oyente fascinada por un relato que ignora es el suyo propio. Y cuando los otros familiares que están cerca hablan entre ellos de otras cosas, los mira molesta y los reconviene. «Callaos, bobos –les dice suavemente–. ¿No veis qué cosas más interesantes me están contando?».

Y así, el hijo mayor le narra a la anciana la historia de una joven de dieciocho años que trabajaba en una agencia de viajes y cada día pasaba ante la casa de otro joven que se enamoró de ella; y de cómo éste consiguió que se la presentaran unos amigos; y cómo, cuando ella conoció a aquel chico alto, serio y educado, decidió casarse con él; y cómo fueron el noviazgo de cuatro años y el primer beso robado a costa de un bofetón junto a la cortina de un cine, y los paseos por el mar, y la boda, el viaje de novios y el mes entero durante el que el pobre marido, un perfecto caballero, tuvo la delicadeza de respetar la intimidad de la joven esposa hasta que ella –eran otros y absurdos tiempos– venció los escrúpulos y complejos con los que una educación rigurosa de las de antes la tenía bloqueada. Etcétera.

Y mientras la anciana de pelo blanco escucha con mucha atención la historia de aquella joven a la que desconoce, y murmura «menuda tonta era ésa», su hijo sigue cogiéndole la mano y le cuenta también cómo nacieron él mismo y sus hermanos, y relata la existencia de la mujer que vivió en un hermoso lugar entre montañas y junto al mar, y cómo iba de noche a esperar al marido cuando regresaba de trabajar, a la luz de una antorcha que iluminaba de rojo el camino. Y de qué manera fue siguiendo la vida su curso, y los hijos crecieron y marcharon a lugares lejanos, pero siempre regresaron a verla. Y cómo tuvo también muchos nietos, envejeció apaciblemente y leyó libros bonitos, escribió poemas cursis y cocinó calderos levantinos que concitaban en casa a todos los vecinos, y sus veranos fueron una sucesión de hermosos ponientes rojos sobre un mar en calma, que ella pintó bellamente sobre lienzos y países de abanicos. Y así, mientras escucha la relación ya desconocida de su propia vida, la mirada de la anciana reluce de interés y goce, y sin soltar la mano del hombre que ignora que es hijo suyo, dice: «Es una historia verdaderamente bonita». Y añade: «Debió de ser una mujer muy feliz ésa de la que usted me habla».

© XLSemanal 

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