miércoles, 30 de septiembre de 2020

Una violencia indómita

Por Almudena Grandes

Es una historia larga y desdichada.

Se bautizaron a sí mismos como los Jóvenes Turcos. Fundaron un movimiento político llamado Comité de Unión y Progreso. En las imágenes que conmemoran el triunfo de su revolución aparece un viejo y hermoso lema: Libertad, Igualdad, Fraternidad. Esas palabras les impulsaron a luchar contra el sultán Abdul Hamid II, que había derogado la Constitución de 1876 para instaurar una autocracia, un régimen personal y despótico. 

Tras derrocarlo, los Jóvenes Turcos asumieron el poder a mediados de 1908, restauraron la Constitución e implantaron lo que prometía ser un Gobierno constitucional liberal. Todo iba bien, o eso parecía.

Pero en 1915 aquellos revolucionarios decidieron que la libertad, la igualdad y la fraternidad no iban a aplicarse por igual a todos los habitantes de su territorio. En las regiones orientales del Imperio Otomano, en un Estado semiautonómico que nunca había creado grandes conflictos, vivían unos dos millones de armenios cristianos, que sobraban en el diseño de la nueva Turquía moderna y, sobre todo, musulmana. Los Jóvenes Turcos se dispusieron a eliminar ese problema y lo lograron muy deprisa. En el que se considera el primer genocidio moderno de la historia, se aplicaron todos los recursos del código del horror, asesinatos, deportaciones, violaciones, expropiaciones, esclavización de las víctimas, trabajo forzoso, marchas extenuantes concebidas para provocar la muerte de los prisioneros, campos de concentración y lo que hizo falta. Las cifras, sujetas a las controversias habituales, son lo de menos, pero existe cierto consenso en que aquella campaña logró exterminar aproximadamente a un millón de personas, el 50% de la población armenia del Imperio Otomano.

Y sin embargo, tal vez el detalle más atroz, si contemplamos el genocidio armenio al cabo de un siglo con nuestros propios ojos, es la identidad de los cómplices que cooperaron ferozmente con los turcos en la extinción del pueblo armenio, asesinando a sus hombres, violando a sus mujeres, explotando a sus hijos, robando sus tierras y propiedades. Los kurdos, que hoy encarnan el paradigma de la población perseguida, hostigada, desplazada, fueron verdugos de los armenios antes de convertirse en víctimas de, entre otros, sus socios en el terror. El dolor que causaron en el pasado no compensa de ninguna manera el dolor que padecen en el presente, pero tampoco puede invocarse su sufrimiento actual para cancelar el sufrimiento que infligieron a otros. En el territorio del horror, la paz no existe. Nadie puede aspirar nunca a quedar en paz.

El último libro de Julián Casanova, Una violencia indómita. El siglo XX europeo, cuenta esta historia y muchas otras, todas terribles, etapas de una sangrienta espiral de violencia que sacudió nuestro continente de este a oeste, sembrando por doquier semillas de un dolor que está muy lejos de haber expirado. No es una lectura agradable, pero sí necesaria, incluso imprescindible, para comprender la cara oculta de la identidad europea, los sótanos sangrientos, pestilentes, sobre los que hemos edificado la brillante, pacífica y humanitaria fachada en la que nos reconocemos. El incendio del campamento de refugiados de Moira, en Lesbos, no es una excepción, ni una tragedia aislada. No lo son las pateras, los centros de internamiento para migrantes, los estallidos de rabia, de odio, que sacuden periódicamente los cimientos de apacibles ciudades europeas de provincias.

Lo que pasó en España en la tercera década del siglo XX tampoco fue una excepción. Todo lo que nos han contado, y lo que han contado de nosotros, acerca de nuestro carácter intrínsecamente violento, de oleadas de crímenes sin comparación en el mundo, de la ferocidad de organizaciones revolucionarias que aspiraban a destruir la civilización, no fue en realidad distinto de lo que estaba sucediendo en otras naciones europeas. Ni siquiera la violencia que ejercieron los golpistas de 1936, militares africanistas que se habían cargado de prestigio y medallas en las raquíticas colonias españolas de Marruecos, se distingue del origen imperialista de la violencia que desembocó en la construcción de otros Estados fascistas europeos. Ahora que hablamos tanto de memoria, conviene saberlo.

© El País Semanal

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