jueves, 6 de agosto de 2020

Una nave azul, frágil y confusa

La Tierra, en una imagen tomada desde el 'Apolo 8', el 24 de diciembre de 1968.
Por Manuel Vicent

El día 24 de diciembre de 1968, mientras los cristianos se disponían a celebrar el nacimiento del Redentor de este perro mundo, los astronautas Frank Borman, James Lovell y William Anders orbitaban 10 veces la Luna a bordo del Apolo 8. Fueron los primeros en ver la Tierra como una bellísima nave azul, que navegaba en soledad por el fondo negro del universo.

Con esa imagen cósmica, que retransmitían todas las televisiones, el comandante del Apolo 8, Frank Borman, felicitó la Navidad a los terrícolas leyendo los primeros versículos del libro del Génesis. “En el principio creó Dios el cielo y la tierra. Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre el haz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre las aguas”. La humanidad pudo oír la voz del cosmonauta, llegada desde el espacio, que vertía estas palabras bíblicas con un sonido gangoso sobre los manjares, el pavo, el besugo al horno y la pularda dispuestos para la cena de Nochebuena.

En 1968, esta Tierra, que los humanos podían observar por primera vez desde el sofá, seguía estando desordenada, como se advertía en el primer versículo del Génesis, pero ese año sucedieron hechos trascendentales que desviaron el curso de la historia contemporánea. En esa nave azul se estaba arrojando napalm a mansalva sobre los poblados indefensos de Vietnam en una guerra interminable, que devolvía a los puertos de California los cadáveres de los soldados norteamericanos metidos en bolsas de plástico. Con la derrota del ejército más poderoso del mundo a manos de civiles desarrapados se puso fin para siempre a las guerras de ocupación.

En esa nave azul, en abril de 1968, en la calle Mulberry de Memphis fue abatido Martin Luther King, líder del movimiento de los Derechos Civiles de los negros, por “un hombre blanco bien vestido”, que le disparó desde un hotel de enfrente con un rifle Remington-Peters y, a causa de ello, comenzaron a arder barrios enteros de las principales ciudades de Norteamérica. En los Juegos Olímpicos, que se celebraron en México ese verano, hizo acto de presencia ante el mundo el Poder de las Panteras Negras. Mientras sonaba el himno de los Estados Unidos, los atletas afroamericanos Tommie Smith y John Carlos en lo alto del podio agacharon la cabeza y levantaron el puño enfundado en un guante negro.

En 1968, en París los estudiantes de las universidades de Nanterre y de la Sorbona instauraron la gran fiesta de la rebelión contra sus viejos maestros. El Mayo Francés fue solo una fogata que duró lo que tardaron las llamas en convertirse en ceniza, pero a partir de entonces nada fue igual. Bajo el resplandor del fuego se inauguró una nueva forma de ser libre, de amar, de crear, de ver el mar bajo el asfalto. La rebelión de los estudiantes se propagó por todas las universidades del Occidente como un rito que inauguraba una nueva era, pero en la ciudad de México la libertad fue abortada con la matanza de la Plaza de las Tres Culturas, en la que el ejército masacró a cientos de estudiantes disparándoles desde los tejados. La Tierra seguía desordenada. En 1968, los tanques soviéticos entraron en Checoslovaquia para aplastar la Primavera de Praga.

La vida era, como decía Samuel Beckett, un caos entre dos silencios, pero en aquella nave azul, que viajaba alrededor del sol a 30 kilómetros por segundo, los Beatles cantaban Hey Jude y todas las locuras eran admitidas. En efecto, las tinieblas estaban sobre el haz del abismo y en medio de ellas los humanos se creían dioses, pero ante la imagen cósmica del Apolo 8 se vieron como fuera de la placenta, roto el cordón umbilical con la madre Tierra, y a partir de esa visión extracorpórea, en la conciencia colectiva se instaló una nueva medida de las cosas, una manera distinta de entender el mundo, con la percepción del milagro, de la debilidad e insignificancia de la vida. Esta imagen fue el primer germen de la globalización y de la ecología. Nada que no fuera planetario y universal tendría ya sentido desde entonces. Todos los sueños de la humanidad comenzaron a dispararse hacia las galaxias, incluida la teología, y al mismo tiempo insertaron en el fondo de nuestro cerebro un augurio insoslayable: en esta nave azul tan frágil en la que estamos forzosamente embarcados no hay pasajeros de primera. El Apocalipsis no admite privilegios. O nos salvamos todos o vamos a perecer todos.

© El País (España)

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