jueves, 20 de agosto de 2020

Puy du Fou

Por Carmen Posadas
¿Cómo lo hacen, abuela? ¿Has visto cómo acaba de salir del fondo de ese río tan pequeño Cristóbal Colón montado en su carabela y, además, completamente seco? ¿Es magia? No, Carmen, le contesté mientras aplaudía entusiasmada. No es magia, es Puy du Fou.

Tras este nombre algo críptico se esconde uno de los espectáculos más inolvidables que he visto últimamente. Un recorrido por mil quinientos años de la historia de España. 

Un viaje en el tiempo hecho posible gracias a un gran despliegue de medios, artificios técnicos, música, luces y, sobre todo, mucho talento. En un escenario en el que se recrea la ciudad de Toledo casi de tamaño natural, cerca de doscientos actores, jinetes y acróbatas se meten sucesivamente en la piel de más de dos mil personajes para recrear la España visigoda, la de moros, cristianos y judíos, la de la aventura americana, la de la guerra contra Napoleón y así hasta llegar al presente. Fui con toda la familia, y la cara de mis nietos era un poema. Y mira que es difícil, porque los niños de hoy no se sorprenden de nada.

Acostumbrados a los mil cacharros tecnológicos que forman parte de sus vidas, que si la PlayStation, que si Fortnite o Brawler, parecen haberse convertido en inasequibles al asombro. Aun así, ninguno de los artilugios antes mencionados puede compararse con la realidad, y para eso mis nietos no estaban preparados. Caballos y caballeros de carne y hueso que se afanan y luchan mientras que arde (y de verdad) una parte de la ciudad de Toledo; acróbatas que escalan inexpugnables murallas; bailarines que se materializan de la nada igual que lo hace la nao Santa María a tamaño natural emergida del fondo de las aguas… Puy du Fou tiene un hermano mayor que funciona desde hace años en Francia. Situado cerca de las ruinas de un castillo renacentista incendiado durante la guerra de la Vendée, el proyecto tiene como finalidad recordar y exaltar la historia de Francia. ‘Recordar’ y ‘exaltar’ son dos verbos positivos cuando se habla de países orgullosos de su historia. Pero ya sabemos que España es diferente. Lo es en multitud de aspectos encomiables, pero el apego a su pasado, desde luego, no es uno de ellos. Imagino la cara de estupor de los promotores franceses al reparar en esta circunstancia. Con el amor que sienten por su país, les debe de resultar del todo incomprensible ese extraño desapego por nuestra historia.

Siempre me he preguntado qué habría ocurrido de ser los ingleses, franceses o alemanes quienes descubrieran América, el pisto que se darían, lo orgullosos que estarían de los hombres que acometieron tal gesta, lo mundialmente conocidos y admirados que serían personajes como Juan Sebastián Elcano, Cabeza de Vaca o incluso Hernán Cortés. No así en España, donde mucho antes del revisionismo histérico que ahora se ha puesto de moda ya tirábamos piedras contra nuestro propio tejado. Se pueden mencionar mil razones para tal desafección, la famosa leyenda negra, el pesimismo de la generación del 98 o la necesidad de poner distancia con la exaltación patriótica del franquismo. Pero, según coinciden todos los historiadores, el desamor por lo propio viene de mucho más atrás. Uno de los versos más lúcidos sobre los españoles lo escribió el catalán Joaquín Bartrina a mediados del XIX. Fue él quien dijo aquello de que oyendo hablar a un hombre era fácil acertar dónde nació. «Si os alaba Inglaterra, será inglés; si os habla mal de Prusia, es un francés; y si habla mal de España, es español». También dijo que es imposible amar aquello que no se conoce, y eso me hace pensar que tal vez el remedio a tal desafección debería llegar por ahí. Por supuesto, a través de la enseñanza, intentando poner en valor la Historia del modo más objetivo y desprejuiciado posible, pero también –o mejor dicho, sobre todo– a través de los medios lúdicos ahora disponibles y que son capaces de transportar a los espectadores hasta el centro mismo de la historia. No con la cabeza, sino con los sentidos; no con fríos datos, fechas y la lista de los reyes godos, sino a través de la imaginación y de la emoción. Al fin y al cabo, un nudo en la garganta vale más que mil palabras.

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