martes, 25 de agosto de 2020

Incapacidad para el bricolaje

Por Isabel Coixet
Siempre he admirado a la gente capaz de colgar cuadros o cortinas, instalar grifos, reparar secadores, encuadernar correctamente fascículos o montar muebles de Ikea. Mi incapacidad para todas estas cosas es absoluta y, por desgracia, mi sino es juntarme con seres tan poco dotados como yo para estos menesteres (escribiendo ‘menesteres’, me doy cuenta de que es una palabra que me gusta mucho).

Yo creo que el problema lo tengo con los manuales de instrucciones: no los entiendo, confundo el punto ‘a’ con el ‘c’ y no distingo entre ellos en el gráfico que se supone debe guiarme ‘fácilmente’ para montar la estantería o algo tan sencillo, aparentemente, como el cajón para colocar los cubiertos o el escurreplatos.

Hoy he intentado montar un parasol en la terraza y casi mato a un transeúnte que pasaba con un tornillo que se me ha caído. Cuando lo he recuperado, se me ha volado el papel con las instrucciones y me he quedado como un espantajo con el parasol sin montar y un tornillo en la mano. Y me ha invadido la desolación. Me he visto a mí misma detenida en medio de la terraza, con la mirada perdida y cara de estupor, viendo cómo el papel en polaco, en portugués, en italiano y en francés se alejaba por el aire, lleno de flechas y puntos y esquemas e instrucciones alambicadas. («Staccare la spina dalla presa per evitare un elettroshock»). La cámara me filmaba a partir de un primer plano para alejarse poco a poco, sin solemnidad, suavemente, hasta que ya no se podía distinguir mi expresión. Luego yo desaparecía en el interior de la casa para beber un vaso de agua o una coca-cola o un vaso de vino, dependiendo de la hora, pero la cámara ya no lo veía, enfrascada en captar a otros seres humanos que también luchaban en pisos, casas, azoteas y balcones con complicadas descripciones de aparatos diversos. Todos con la misma expresión de voluntarismo, esfuerzo y ganas, todos rompiéndose la cabeza por hacerlo lo mejor posible y cruzar esa barrera tan prometedora tras la cual se esconde ese objetivo condenadamente esquivo: estantería, aire acondicionado, cuadro en la pared, escape de agua.

¿Qué diferencia a los que lo consiguen de los que no? ¿Nacemos predestinados a la torpeza? ¿La compensamos con otras cualidades? ¿Por qué nunca he sido capaz de seguir una receta hasta el final por muy corta, sencilla y dócil que parezca? Sé que en mi caso hay una niña rebelde y soñadora de siete años que se niega a seguir las instrucciones de nadie, especialmente las de ese demoníaco y diligente escritor de todos los manuales de ensamblaje del universo, al que en este momento la cámara filma riéndose de mí y de mi sombra. Con lo bien que me hubiera ido en la vida siendo un poco más obediente…

© XLSemanal

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