lunes, 24 de agosto de 2020

El peor de los finales

17A: "Los oportunistas de la oposición deberían abstenerse de apropiaciones
fáciles y el oficialismo haría bien en abrir los ojos y los oídos".
Por Sergio Sinay (*)

A la luz de la historia humana las cuarentenas finalizan cuando los índices de contagio o  muerte descienden exponencialmente (final sanitario) o cuando las personas se hartan del “modo pánico” y reanudan sus vidas coexistiendo con el virus que las provocó (final social). 

El 31 de mayo se examinó aquí ese tema (http://bit.ly/sinay-como-terminara-esto). Lo que se podía prever entonces, salvo para el gobierno y su comité de “expertos” cortesanos, finalmente ocurrió. En el caso argentino el confinamiento, reclusión obligatoria, encierro, destierro social o como quiera llamársele (pero no cuarentena, porque los cuarenta días que definen al término pasaron hace largo rato), se produjo un final social. “Solo tienes poder sobre las personas siempre que no les quites todo. Pero cuando le has robado a alguien todo, ya no está en tu poder, es libre nuevamente”, advirtió en su momento Aleksandr Solzhenitsyn (1918-2008), el escritor ruso que, antes de su exilio, sufrió y denunció el Gulag soviético y produjo Un día en la vida de Iván Denisovitch y El primer círculo, entre otras obras.

El banderazo del 17A fue, hasta ahora, la manifestación más elocuente y masiva del hartazgo en muchos casos, y la desesperación en tantos otros, que la precariedad política y la torpeza emocional con que se enfrentó a la pandemia produjeron en una masa crítica de la ciudadanía. Unos sienten que perdieron libertades, afectos, sueños, proyectos y un tiempo existencial irrecuperable. Otros perdieron más que eso: todo lo que tenían, sus capitales trabajosamente logrados, sus ahorros, una trayectoria comercial, empresarial o profesional, el trabajo, el futuro de su familia y de sus hijos. Una silenciosa pandemia se extiende en la sociedad en paralelo a la del coronavirus. Pandemia de desesperanza, la oscura convicción de que en el país no se puede vivir, proyectar, imaginar. Hastío. Desaliento vital. La sensación de que hay un confinamiento aun peor y más extenso que el pergeñado a la luz del Covid-19. El confinamiento en un país empantanado en el eterno retorno de la mala praxis, la perversión y la corrupción (de guante blanco o de guante negro) de sus gobernantes, en la repetición inmoral de discursos falaces, en la promesa falsa y repetida de nuevos comienzos, de refundaciones improbables y mentirosas. Generaciones enteras han vivido en esa cuarentena que va tomando diferentes disfraces: dictadura, populismo, autoritarismo, meritocracia neoliberal. Hay para todos los gustos. Para todos, para todas, juntos y sin cambios.

Albert Einstein estaba convencido, según lo dijo, de que el intento de combinar sabiduría y poder rara vez fue exitoso en la historia. No cabe duda de que en la Argentina es y ha sido así. Aquí, a la luz de la experiencia, el poder desnuda de manera implacable la ignorancia, la soberbia, la alexitimia (incapacidad de registrar emociones y de manifestar empatía), la hipocresía, la inescrupulosidad de quienes sucesivamente lo ejercen. Invariablemente se presentan como salvadores de la patria (por cierto, es muy recomendable la lectura o relectura de la novela de Silvina Bullrich que lleva ese título), pero no aparece hasta hoy quien salve de ellos a la patria. Las respuestas que se dieron desde el gobierno a la marcha del lunes 17 es una muestra del divorcio entre sabiduría y poder mencionado por Einstein. A solo ocho meses de arribar al poder (nunca nadie dilapidó tanto en tan poco tiempo) la reacción fue el ninguneo, la sordera, la descalificación y el desprecio por lo que esa manifestación expresaba. Por mucho que le pese al expresidente Macri y su impresentable (una vez más) mensaje desde París, el 17A fue la marcha del hartazgo de quienes se representaron a sí mismos. Los oportunistas de la oposición deberían abstenerse de apropiaciones fáciles y el oficialismo haría bien en abrir los ojos y los oídos. Algo que no pudo hacer, por ejemplo, el jefe de gabinete, que pidió perdón al personal de la salud por “no haber impedido la marcha” (¿quiso decir “reprimido”?), pero no le pidió perdón por las condiciones en que trabajan y los salarios que cobran, con o sin pandemia. Tampoco pidió perdón a quienes perdieron sus trabajos, sus ahorros, sus sueños, y todo lo que ya se mencionó en un párrafo anterior.

Lo cierto es que, más allá de decretos, ciberpatrullajes para espiar a disidentes y disconformes o de intrusiones inadmisibles en la vida y la intimidad de las personas, la cuarentena parece terminada. Y de la peor manera: por hartazgo. Claro que no acabó para quienes ejercen actividades o profesiones a las que aún se les sigue debiendo habilitaciones en lugar de amenazas y un pedido de perdón antes que ninguneos. “El poder sin la confianza de una nación no es nada”, sentenció Catalina la Grande (1729-1796), emperatriz de origen alemán, amiga de Voltaire, que hizo de Rusia una potencia de su tiempo. Aquí se vienen tiempos sombríos, de poder sin confianza.

(*) Escritor y periodista

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