lunes, 17 de agosto de 2020

El abracadabra de Alberto con la cuarentena y la economía

Por Marcos Novaro
El gobierno dio un giro sorprendente, y al mismo tiempo lo disimuló: anunció una vacuna e hizo desaparecer la cuarentena, que según el presidente “hace tiempo no existe”. Eso sí: no existirá, pero la acaban de extender por décima vez. Quienes vienen batallando en su defensa deben haber quedado medio desorientados: ¿estuvieron defendiendo una mentira de los opositores y los promotores del caos?

El pase de magia oculta que el gobierno hace tiempo se quedó sin respuestas, necesita disimular los fallos de una estrategia basada exclusivamente en el encierro, y no tiene plan para llegar a la meta, donde espera la cura. No es el único asunto que encara así: en la economía hace lo mismo, con los agravantes de que ni siquiera está en claro la meta y los conflictos internos al respecto se están volviendo muy intensos.

Como sea, fue un indudable paso adelante el que dio en materia sanitaria, respecto a cómo venía manejándose: apenas días antes pretendió amenazarnos con un tenebroso “botón rojo”, que sonó ridículo porque, como sus propios asesores médicos reconocen, la cuarentena ya es muy difícil endurecerla. Se abusó tanto de ella que se agotó la capacidad de la sociedad y de la economía de cumplirla.

Hubo entonces algo de sentido de la realidad en lo que hizo el presidente. Pero con su sello personal. Para que no lo acusen de haber estado insistiendo con una terapia brutal y de altísimo costo, por incapacidad para ofrecer opciones mejores, no solo negó esa insistencia, sino que desconoció que estemos todavía soportándola. Según Alberto Fernández, “ahora dependemos solo de la responsabilidad social”. Una lavada de manos espectacular. Y acto seguido prometió una pronta solución con la vacuna que se producirá aquí, cuando la Universidad de Oxford y un laboratorio inglés terminen de desarrollarla. Mejor proponer un horizonte, que amenazas incumplibles.

Pero nadie sabe cómo va a estar el país cuando llegue esa solución. Porque sigue faltando el puente entre el pico en curso y esa meta. ¿Cómo vamos a transitar de acá hasta allá, con el mínimo costo, sin un plan poscuarentena? UN PLAN. Noción que a Alberto le resbala, así que no brinda pista alguna sobre este pequeño problema.

Mientras, cada quién atiende su juego. Kicillof y sus funcionarios hace tiempo entraron en pánico, y no saben más que transmitirlo a sus gobernados, además de echarle la culpa a los porteños. En el interior se multiplican las ciudades y provincias en las que los contagios escalan, y reciben aún menos asistencia que los bonaerenses para contenerlos, por esos privilegios que da y que quita ser o no fieles a Cristina. Y las autoridades nacionales solo atinan a destacar que la letalidad es aquí más baja que en otros lados, lo que sigue siendo el principal motivo de alivio, y nadie sabe muy bien a qué se debe (pesa sin duda que el sistema sanitario está respondiendo, es de esos recursos que aún no logramos destruir, y se hicieron cosas bien para ponerlo a punto). Aunque los números sobre letalidad no son muy confiables que digamos, pues desde hace semanas que se saturó la bajísima capacidad de testeo. ¿La van a ampliar?

¿Están a tiempo de hacerlo? ¿Qué pasará si los focos en el interior se complican, si en unas semanas se replica lo del conurbano en Rosario, Córdoba o Tucumán? ¿La idea es rezar para que el pico no siga trepando, o hay algún plan B, ahora que está claro que el encierro dio todo lo que podía dar, probablemente dos o tres meses atrás? De nuevo: ¿cómo llegamos a la vacunación masiva, que con viento a favor será en otoño del año que viene, con la población y la economía en las mejores condiciones posibles? Nadie parece estar siquiera haciéndose estas preguntas.

La falta de rumbo del gobierno, además de sanitaria, es económica. Y mientras pergeñaba el anuncio sobre la vacuna, creó en este otro campo, donde también se juega nuestro futuro, un vacío angustiante, que otros se dedicaron a llenar: Grabois y Lavagna, con ideas opuestas, desde la izquierda y la derecha del Frente de Todos, se lanzaron a tratar de orientar a un peronismo desorientado. Poniendo en evidencia la amenaza que se cierne sobre los equilibrios poco claros y las indefiniciones “para evitar conflictos” de Alberto: un equilibrista sin rumbo queda sometido así a una temprana corrosión, que puede terminar por hundir al centro político.

Juan Grabois picó en punta y anunció su Plan Marshall criollo. En rigor, Anti Marshall: economía social, no capitalista, por no decir anticapitalista, algo de chavismo y castrismo light, con las ya conocidas “cooperativas de trabajo” estilo Milagro Sala, ojalá menos mafiosas, bastante del Papa Francisco ambientalista, una dosis de sindicalismo tradicional peronista. Nada de nada de inversión empresaria ni competencia de mercado. Prometen que no será carísimo para el Estado porque esos emprendimientos comunitarios rurales y urbanos también van a pagar impuestos. Pero para empezar piden 750.000 millones, y subir las cargas tributarias a diestra y siniestra: impuesto a los ricos no sólo para este año como excepción, sino de acá a la eternidad, más una buena tajada de otros tributos.

Lo interesante es que Grabois logró sumar a muchos a su movida, algunos desde siempre afines a estas ideas, organizaciones piqueteras y representantes de la Iglesia católica, otros más alejados, como varios sindicatos, entre ellos la UOCRA que acordó repartirse con los primeros la futura obra pública. Y fue también sugerente que varios de ellos vinieran de reunirse con Cristina Kirchner, que en forma implícita parece estar avalando el Anti Marshall.

Compelido por el ejemplo de Grabois, poco días después Roberto Lavagna hizo lo propio. Su propuesta es bastante heterodoxa, como podía esperarse, pero incorpora algunas medidas market friendly que habitualmente no figuran en ese menú y son indigeribles para los gustos de la coalición oficial.

El ex ministro se atrevió a hablar de reforma laboral, y una bastante parecida a la que hizo Menem a comienzos de los noventa (y se aplica todavía en la construcción, con aval de la UOCRA, curioso, ¿no?). Lo que de por sí alcanza para complicarle la vida si quiere seducir a sectores oficialistas. Y complicársela a Alberto si quiere insistir en que Lavagna entre al gobierno, conduzca el Consejo Económico y Social, o algo por el estilo. Mientras Grabois gira a la izquierda, convencido de que la fenomenal crisis en curso es la oportunidad de alejar definitivamente al país de la senda capitalista que sigue el resto de la región (salvo Venezuela y Cuba, claro), Lavagna parece convencido de lo contrario: habría llegado el momento de aceptar al menos algunas demandas históricas del empresariado y flexibilizar nuestro mercado de trabajo, porque de otro modo nos vamos a quedar sin empresas. Muchos sindicatos, más que los que acompañan a Grabois, están pensando lo mismo. O le ponen una moneda a cada caballo. Como la UOCRA.

Propone el plan de Lavagna que coexista el sistema tradicional de empleo, rígido y caro, con un “sistema que contemple los cambios ocurridos en el presente siglo”. No hace falta que aclare cuál va a crecer, pues puede generar nuevos puestos, y cuál va a seguir languideciendo. Y más en general plantea una prioridad, opuesta a la oficial: crear empleo privado aumentando la inversión privada, motor del crecimiento, como se comprobó desde 2002. Solo que como no se pueden recrear las condiciones que entonces lo hicieron posible, hay que achicarles más los costos a los inversores. La referencia a la inversión pública, en infraestructura y demás, viene recién en segundo lugar. Porque para que los privados empujen, hay que hacer lo contrario de lo que dice Grabois, “reducir el enorme costo impositivo”, que se reconoce como el obstáculo más serio para crecer. En criollo: menos Estado, para que crezca la Nación, casi emulando a Álvaro Alsogaray, y menos regulaciones laborales para que crezcan las empresas, emulando a Carlos Menem. Dos herejías que en el Frente de Todos no deben haber causado ninguna alegría.

¿Lavagna está avisando que ya no espera nada de Alberto, que no solo no va a aceptar cargo alguno que le ofrezca, sino que se opondrá en general a sus iniciativas? Sería una muy mala noticia para el presidente, que necesita sumar apoyos en Diputados, y evitar que le surjan competidores en el centro moderado y en el peronismo disidente, que es donde cosecha todavía simpatías el ex candidato de la tercera vía.

Y los dolores de cabeza del presidente tienen una raíz aún más profunda: ¿cómo queda su gobierno frente a estas iniciativas, nacidas en sus fronteras? A la cola, sin ideas, con el síndrome de todos los gobiernos dubitativos, que no se pelean definitivamente con nadie, pero tampoco convencen firmemente a nadie. ¿Qué pasó con sus famosas “60 medidas”? Cuando aparezcan descubrirán que ya otros les marcaron la cancha.

Igual que con la concertación social, que la empezaron a hacer los sindicatos moderados con AEA, sin consultarlo, y Cristina con los movimientos sociales y hasta de a ratos con los agroexportadores, mientras Alberto sigue dudando si le conviene asumir compromisos con alguno de esos sectores, o seguir enviando señales esporádicas para un lado y para otro, pero sin dar pasos comprometedores para ningún lado. La duda es la jactancia de los intelectuales. Y su pasión es armar comisiones, para no hacer nada. De eso cada vez hay más: en la semana se crearon media docena de “gabinetes especializados”. Otra idea genial de tío Alberto. ¿Habrá vacuna para eso?

© TN

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