jueves, 6 de agosto de 2020

Desfachatez

Por Isabel Coixet
Descaro. Morro. Jeta. Desvergüenza. Cinismo. Cara. Sinvergonzonería. Llamémoslo como queramos, pero está emponzoñando el mundo. La posee Putin cuando, sonriendo o con esa mueca siniestra que le cruza aviesamente la cara, afirma que Rusia nunca espía a nadie porque no le hace falta. La tiene Donald Trump cuando dice impertérrito que, gracias a que construyó el muro que no construyó, no entran desde México trabajadores portadores de la COVID.

La tienen los dirigentes chinos, que mienten como bellacos al presentar cifras imposibles. En nuestro país está también fuera de control, y no me refiero a la pandemia, sino a las comparecencias de políticos cercanos sin escrúpulos que sólo saben culpar al contrario de sus propios errores y carencias. Es una plaga con la que resulta casi imposible enfrentarse. A grande y pequeña escala. A ninguna escala.

Por esas cosas de la vida, he escuchado recientemente una conversación grabada entre un hombre y una mujer. La mujer, tras varios ataques violentos por parte del hombre, había denunciado los hechos a la Policía. Y, acto seguido, el hombre la llama para decirle con un tono absolutamente amenazador que «le está arruinando la vida». Es decir, sin admitir nada de lo que había ocurrido, sin pedir perdón siquiera, la llama con insultos (que no voy a transcribir aquí porque ¿para qué?) para acusarla de «arruinarle la vida», que es justamente lo que él intenta hacer con ella. Escuchando esa conversación, un escalofrío me recorrió el cuerpo: no hay otro afán en el sinvergüenza, sea presidente de Estados Unidos o un chaval maltratador, que salirse con la suya y joderle la vida al prójimo. El mal está tanto en causar el mal como en negar cínicamente que se ha causado. 

Y esto está siendo cada vez más nuestro pan de cada día. Tener jeta es negar con virulencia nuestros fallos o los fallos de los nuestros, que para el caso es lo mismo, y atribuírselos al rival al que, por lo que sea, queremos destrozar. Es más: la desfachatez suprema es decir que son los otros los que la tienen. Es tan perverso este juego que yo creo que está empezando a causar cortocircuitos cerebrales en media humanidad, que asiste exhausta y perpleja a esta catarata de desfachatez que lo invade todo como un moho repelente e inagotable. Y ahí estamos los que asistimos boquiabiertos a este desvarío constante de los hijos de su madre que controlan trozos y trocitos del mundo. Ahí estamos, sin fuerzas ni aliento para gritarles que se metan su desfachatez y sus mentiras por el mismísimo culo. Es un milagro que no nos hayamos vuelto todos locos ya. Un auténtico milagro.

© XLSemanal

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