jueves, 16 de julio de 2020

Un Gobierno con dos cabezas, en abierta confrontación por el diálogo

Por Pablo Mendelevich
Cada vez es más difícil encontrar en Netflix una película o una miniserie que no diga que está basada en hechos reales. ¡Todo está basado en hechos reales! Bueno, todo no. La realidad, eso es lo más extraño, parece poco inspirada en hechos reales. O en lo que hasta hace poco se estandarizaba como real.

Por eso la pandemia ha llevado a las personas a tener que pellizcarse, quien más, quien menos, en forma periódica. 

Algunas personas se pellizcan casi todas las mañanas al despertar, otras una vez por semana, a lo mejor dos veces por mes. Y en el mismo acto se preguntan, ¿esto está pasando de verdad? (hay quienes, por razones psicológicas que no vienen al caso, lo enuncian como experiencia propia en vez de colectiva, insertando un pronombre personal). "Esto" no es otra cosa que el mundo patas para arriba. La propia vida, la de la familia, los amigos, la de todos, trastrocada por el disloque global de barbijos y gel continuado, encierro obligado, economía mundial en picada, ciudades alambradas, chicos sin colegios, abuelos sin nietos, cumpleaños por Zoom, osos sobre el asfalto, teletrabajo en el mejor de los casos, tablas internacionales de contagio y de muerte, hasta cementerios desbordados. Claro que cuesta creerlo, por más que la rutina autoinfligida simule acostumbramiento y que a la incertidumbre se la trate como una nueva integrante de la familia solo porque no hay cómo eludirla.

Pues bien, si a uno le quedaran lugares vacantes en el cuerpo habría que pellizcarse por una nueva causa, la causa nacional. ¿Esto está pasando de verdad? No hace falta renovar la pregunta. ¿Gobierna la Argentina el peronismo sin programa alguno con Cristina Kirchner haciendo y deshaciendo jugadas en la trastienda? ¿Todos repiten que las cosas van para mal, la Justicia apenas funciona como teatro de operaciones de la impunidad, el Congreso virtual prácticamente ignora el drama y en el centro del escenario se discute con desdén qué tan útil podría ser un acuerdo político?

Si la realidad estuviera basada en hechos reales, con perdón del absurdo aparente, la dualidad de advertir desde el Gobierno que la pobreza, el desempleo y la destrucción de empleo van a empeorar, como predijo la vicejefa de Gabinete Cecilia Todesca, y al mismo tiempo postergar sine die la búsqueda de acuerdos multisectoriales y multipartidarios, merecería ser considerado ficción. Tanto se agitó el fantasma del 2001 como recurso oratorio -un clásico catastrofista de los Kirchner- que ahora que el clímax de la crisis estaría por corporizarse en serio parece haber poco o ningún interés en la prevención. Como si alguien quisiera verificar si las fábulas de Esopo también tienen cobertura en el Río de la Plata.

Es raro que la cuarentena como instrumento supremo de prevención y mitigación de la amenaza sanitaria se haya vuelto un tótem y no se busque con la misma premura un recurso análogo delante del inminente agravamiento socioeconómico. No se trata acá de achatar curvas sino de adelantar acuerdos, unificar esfuerzos. En medio del incendio, si lo hubiere, es difícil ver la salida.

No es que se sepa que viene otro 2001. Muchos analistas, por el contrario, explican que las condiciones estructurales de la economía ahora son bien distintas. Pero algunos componentes sociales y políticos que formaron parte de la tormenta perfecta de hace 18 años, en particular las tensiones en el interior del peronismo sin dispositivo a la vista para encausarlas, justifican el temor de que un eventual colapso social y económico pudiera apartarse de las vías institucionales en la búsqueda de soluciones.

El diálogo como sujeto político fundamental de la democracia resultó estelar en los últimos días, aunque salió maltrecho. Fue protagonista de tres episodios. El primero arrancó el 9 de julio en Tucumán con la convocatoria de Alberto Fernández a un grupo de empresarios y representantes de entidades empresarias y sindicalistas. Casi todos -ellos mismos o sus asociaciones- tenían experiencia en convocatorias oficiales, entre otras cosas porque habían estado en la Casa Rosada cuando Cristina Kirchner era la presidenta. Pese a eso, el kirchnerismo, a través de su vocera más radicalizada, Hebe de Bonafini, acusó a los invitados de las peores vilezas (son "los que secuestraron a muchos de nuestros hijos") y, al presidente le enrostró haberlos sentado "en su mesa". Por algún motivo que Bonafini no explicó, ella jamás les había reprochado a los Kirchner el diálogo con esos empresarios, mucho menos las eventuales concesiones que los favorecieron en casos específicos bien conocidos. Eso prueba que el problema no son los empresarios sino Fernández, pese a lo cual este le respondió a Bonafini que tiene la certeza de que los planteos se hicieron "desde el afecto recíproco". Es algo extraño que se considere que el reproche por recibir a "los que secuestraron a muchos de nuestros hijos" sea "desde el afecto recíproco". De todos modos su argumento central es indiscutible: Fernández escribió que en su mesa se sientan todos porque, dijo, "esa es mi responsabilidad" (en realidad no puso que habla con todos sino con todos y todas, lenguaje identitario del kirchnerismo que a Fernández se le olvida en algunas oraciones).

El segundo episodio en torno del diálogo fue el encuentro que sostuvo el presidente, escoltado por Sergio Massa y Máximo Kirchner, con dirigentes radicales y del Pro (la Coalición Cívica se abstuvo), una "reunión" -hacer política vía Zoom debe parecerse a hacer andar un motor sin aceite- que sirvió para anunciar que se habían reunido. Para las reuniones inútiles de los diplomáticos hay un chiste, el que dice que lo que resolvieron fue el lugar y el día de la siguiente reunión, pero los políticos no son tan expeditivos. Podría rescatarse acá la intención si se tuviera certeza de que la continuidad sumará contenido, quién sabe. El martes Fernández no se adentró en la pospandemia pero tuvo ocasión de volver a criticar con severidad el comunicado de Juntos por el Cambio por el asesinato de Fabián Gutiérrez, secretario privado de Cristina Kirchner. La vicepresidenta, precisamente, participó de la iniciativa insertando en el encuentro a Anabel Fernández Sagasti, la senadora de la soberanía alimentaria.

El tercer episodio fue la publicación de la solicitada inspirada por el Club Político, que firmaron opositores, intelectuales y empresarios, entidades religiosas y cámaras, en la que se pidió una mesa de diálogo y un plan de coincidencias mínimas" dada la situación de "extraordinaria gravedad". La respuesta no se hizo esperar. El Gobierno dejó trascender su negativa, con el argumento de que la relación institucional se da en el Congreso. ¿Y entonces por qué el Presidente decidió hablar con los opositores vía Zoom?

La conclusión es que no hay interés oficial en buscar acuerdos productivos, pero se quiere salvaguardar cierta apariencia dialoguista. El Gobierno, como se sabe, tiene dos cabezas, y una de ellas orbita ahora en su punto de máxima confrontación: es la postura que sobre el diálogo expresó Bonafini. Por supuesto, también es cierto que hay diálogos y diálogos. Se debe conceder que en la historia moderna la mayoría fueron ornamentales o francamente vacuos. Sin embargo, hubo un diálogo modelo, el de 2002. El detalle en la solicitada no debería pasar inadvertido: la firma Eduardo Duhalde, el presidente que sacó al país del pozo del 2001, entre otras cosas gracias al diálogo político que entonces patrocinó la Iglesia. Esa experiencia todavía no está en Netflix, pero ya llegará. Basada en hechos reales.

© La Nación

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