miércoles, 15 de julio de 2020

Reencuentro

Por Manuel Vicent
Si después de muchos años un día regresas al mar de tu infancia tienes que saber que ese mar no te ha olvidado. Como un espejo familiar que guardara en su azogue toda la evolución de tu rostro a lo largo de la vida, así es el mar, una forma sustancial, siempre igual, siempre distinta, que se confunde con tu conciencia cuando lo contemplas sentado en el muelle de la bahía, como canta Otis Redding.

Eres ese niño que ahora levanta los mismos castillos en la arena y llora al verlos una y otra vez derribados sin saber que esa es la primera lección de la historia. Eres ese chaval que bracea con furia contra todo el mar en una pelea muy dura como si nadar fuera una moral. Está todavía en esa playa aquella vanidad de un cuerpo juvenil insolente que te hacía sentir inmortal como los caballos que piafaban entre el oleaje, que al romper contra su cuerpo, los llenaba de espuma.

“Hombre libre, siempre amarás el mar”, dice un verso de Baudelaire. En aquellos tiempos de la dictadura solo el mar era la libertad. Recuerdas aquella mañana en la playa en que sonaba el campanil del oratorio llamando a los feligreses a misa.

Fue la vez en que decidiste que el mar, entonces tan limpio, tan azul, también era un dios verdadero con aroma a salitre y abrazarse a él bajo la luz del mediodía era un acto más religioso que arrodillarse ante un confesor que te amenazaba con el infierno en medio de la gloria del verano. Después de tantos años, por muchas vueltas que hayas dado por el mundo, ese mar siempre te tendrá en su memoria y pese a todas tus caídas nunca te va a condenar.

Al final del confinamiento a causa de la peste en el reencuentro con el mar de tu niñez, sentado en el muelle de la bahía, ves ahora un navío que se aleja. Como parte de su carga puede que se lleve el recuerdo de aquella lejana felicidad y la moral de la lucha en una guerra de antemano perdida.

© El País (España)

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