martes, 16 de junio de 2020

PINCELADAS GÜEMESIANAS

Por Martín Risso Patrón
El nacimiento de un niño predestinado

La criada no tan vieja, de los ojos retintos y la trenza brillosa, comenta a la otra, cocinera, con el penúltimo mate de la tarde, en el corredor sombrío no por crepuscular, sino por triste:

-“...si ayer nomá me parece verlo que corría en su caballito i’ palo corretiando los pavos en patio de más atrás...”.

“Calle de la Amargura” tenía por nombre la calle de empedrado afirmado, ahí nomás a la vueltita de la Macacha, en la Victoria, que también tenía las puertas entornadas. Casas de adobe y ladrillón con tejas musleras en techos de dos aguas. Hoy mismo basta mirar una, la de Magdalena, que está de pie como su dueña, airosa y altiva, para imaginar esta ya desaparecida cuyo fantasma pugna por aparecer, transparente, detrás de las placas de bronce que afirman “En este solar nació el General Dn. Martín Miguel de Güemes”, Balcarce 53 de la niña Salta de hoy. Calle de la Amargura, 8 de febrero de 1785. Martín Miguel Juan de Mata Güemes, criollo.

“-Ti acordás cómo corretiaba en la casa grande de El Bordo, antes de ser maltoncito, y ayudada a los piones a ordeñar y enlazar...”, confirmaba la otra recibiendo el mate.

En las tierras del valle de Siancas, de propiedad de su madre, María Magdalena, pasó Martín su infancia, alternando con su educación y la casa de Salta, a unas cuantas leguas abajo. Habrá tenido en sus ojos febriles, al final de todo, el frescor de la sombra de esos árboles frondosos, cuando miraba los cerros del poniente a lo lejos, y adivinaba formas en las nubes, y copiaba los movimientos de los peones que trajinaban con los animales a pura fuerza, mientras sus mujeres amasaban en las enormes bateas de tronco, el pan semanal para la casa.

Sin poner el pecho, y refugiado en la traición de los apocados de la Patria, el español Olañeta recibe en el Cabildo simbólicamente la cabeza de su enorme oponente, que más que gaucho y militar fuera digno de ser llamado Quirón. Es el mismo día 17 de junio de 1821. El gauchaje cierra fuertemente los puños con dolor por la impotencia.

 “-...miralo vos al Martincito... tan jovencito y qué figura...”; posiblemente haya sido la exclamación de la peonada, cuando regresó Martín desde Buenos Aires, luciendo los atributos militares, a fines de 1809, con 24 años de edad.

Güemes tuvo una especie de doble predestinación: El campo, y el cuartel militar. Y hay que agregar que también tuvo sólida formación humanística, con los jesuitas. Eso lo convirtió en el estratega máximo de la Independencia, portador del saber íntimo del gauchaje precursor de la guerra móvil, por sobre la doctrina de la guerra de posiciones, estática. Era un táctico que conocía el terreno, el clima y la naturaleza humana en tiempos en que dar un paso por el monte y los llanos, era jugar el futuro de la Patria.

[Buenos Aires entorpecía el desempeño del ejército del norte, firmando tratados con los españoles que pugnaban por retomar territorios de donde habían sido arrojados por las armas nacionales. Güemes, electo gobernador provincial en 1815, con 30 años de edad, con Belgrano y San Martín. Tenía por misión la guarda de la frontera norte, por sus méritos militares, mientras el resguardo de la identidad nacional de Salta, se fue imponiendo por su carisma político popular, legitimado por su cargo].

Casado con Carmencita Puch, niña criolla salteña de familia colonial nacida en la Frontera del Rosario [actual ciudad de Rosario de la Frontera], tuvo tres hijos, Güemes: Martín, Luis e Ignacio. Breve y trágica fue la vida familiar, en la que el amor nunca fue vencido. Constantemente convocado por la lucha en el terreno, obligaba a su familia a un permanente calvario de traslados. Ignacio, el menor murió pequeño muy cerca en el tiempo, a la muerte de su padre; Carmencita, en abril de 1822, parte también para juntarse con su marido.

[Las criadas terminan sus mates...]

-“Andá a cerrar la puerta y prendé las velas en la sala que hay que rezar la novena de Don Martín... ya van llegando las señoras...”

-“...benditas sean las almas de los muertos por la Patria, como dijo el cura en el sepulcro de Él...”

“Calle de la Amargura”, hoy Balcarce. Inicio de una vida signada por la acción, que sin su existencia nada sería como es hoy.


Güemes es depuesto de su legítimo cargo de 
Gobernador por reaccionarios políticos clasistas

Corre 1820. El abandono financiero por parte del Directorio, a que fue sometido el gobierno de Salta a cargo del general Güemes, provocó que éste aplicara contribuciones forzosas y otras medidas económicas restrictivas en su jurisdicción [Salta y Jujuy]. Esto provoca una corriente opositora muy dura. Para colmo, el gobernador estaba poniendo el pecho en la frontera del Rosario, al sur, contra el tucumano Aráoz que había soñado la ficción de la “República del Tucumán”...

-“Artículo segundo, sobre la deposición de don Martín Güemes, de la silla del gobierno, determinaron que quedara depuesto para siempre y quedar sacudidos de su abominable yugo...” [Leía el Acta Capitular de deposición de Güemes, entre nerviosos carraspeos el escribano público de Cabildo, Gobierno y Hacienda Félix Ignacio Molina, en la sesión del 24 de mayo de 1821].

-“Hagan correr la voz de que no nos movemos del lado del Jefe, que está viniendo escoltado. Avisaron que ya está cerca. Formemos como nos indican, con fusil y todo, en la Casa de Graña, también viene por la calle de La Amargura [Caseros en la actualidad] el comisionado del Cabildo para encadenarlo. Ahí nos dirán ¡fuego! y debemos derribar a don Martín”, así lo decía el Juancito Puca, al oído del sargento Guitián. Y así corrió la voz.

-“¡Fuego...!” se escuchó al llegar el caballo montado por Güemes a su sede de gobierno en la casa de los Graña [borrada del mapa por el modernismo del s. XX, hoy Hotel Salta]. La respuesta no se hizo esperar: El ruido las armas sobre el empedrado, caídas de las manos de los soldados. El gauchaje hizo valer su virtud ante el insulto.

Se reinstala Güemes en la Gobernación, el 31 de mayo de 1821...

“-El General, con la ley en la mano, debiera haberlos colgado o exiliado, pero no, en su grandeza los dejó vivos. Si vemos bien, les golpeó donde más les duele a estos comerciantes: Les puso multas en dinero...”; imagino que se habrá escuchado decir en una sobremesa o en algún boliche a algún orgulloso salteño.

La “Revolución del Comercio” había terminado... pero el Partido de la Patria Nueva, ese mismo de los conjurados, siguió su conjura buscando el asesinato.


El General Güemes cae en la trampa y muere

Ambos, desde sus estaturas imponentes, resabios de su genética talvez británica, se abrazan aquí, en esta casa de la calle de la Victoria, mirala bien, que está igual y lleva el número 730 y hoy la calle se llama España... La Magdalena mejor dicho Macacha, y Martín Güemes, hermanos. Era noche cerrada y fría, ya.

-¿Te parece Martín que era necesario venir a casa ahora...?

-...eso mismo me preguntaba cuando el propio me entregó tu mensaje llamándome urgente...

-Termina tu mate, guárdate el bollo y te vas por atrás cruzando el Tineo...

Deliraba el General debajo del cebil, mientras buscaban al médico: [“Parece que me lo bajaron a uno en la esquina de La Estrella y La Victoria... los dejé con sus fusiles listos bombeando hacia el sur y el poniente cuando entré en la casa de mi hermana. Que me la hayan dado no importa. La Patria no se entrega...”].

El joven médico Antonio Castellanos iba a gozar de su primera noche matrimonial cuando una partida de gauchos a caballo lo puso sobre el lomo de una yegua tordilla, a medio vestir. Alguien le alcanzó su maletín de doctor con brebajes, apósitos, tijeras y bisturíes. Fueron de La Horqueta al Chamical llevando al jefe herido.

Tenía hemorragia y fiebre. Una hemorragia de por lo menos dos días. Sé que es hemofílico, ahí acostado y cubierto de ponchos bajo el cebil en la Horqueta. Supe que no había vuelta, ya”. Eso contaba Castellanos después en su casa.

El propio con rango militar que vino de Salta enviado por Olañeta, escoltado y con un carruaje de porte medio de dos caballos para llevar a Güemes a Salta, trayendo un doctor escuchó lo siguiente, de boca del General: “A ver vos, Vidt, hacete cargo de todo y jura que vos y la tropa combatirán a los realistas hasta vencer”. Los mensajeros volvieron a Salta con esta respuesta.

Sus traidores: Ilustres ciudadanos urbanos y terratenientes salteños al servicio de los godos en retirada... Él, que con sus gauchos, cuyos apellidos imagino: Los Chocobar, los Vilte, los Quipildor, que tenían la noble prosapia de la Tierra propia, ganó indudablemente la consolidación del objetivo... Inmolado en el 21 en el Altar de la Traición...

Soñaba Martín Güemes en el último minuto, recordando la logística que le enumera el teniente Chorolque, aprendido del Moto Méndez, el tarijeño: “El asao que preparó Chocobar con el Cabo Guitián y los otros ya está casi listo, le cruzamos dos cancanas de paraíso para que agarre gusto. La ternera la donó don Quipi, el de abajo, que ya tiene lista la chuza hechiza y los guardamontes sobaos... y las chinitas de la aguada, ya prepararon el pan para la tropa...

La Patria echó cerrojo y Güemes se cortó dejando los ojos del alma, abiertos.

© Agensur.info

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