miércoles, 15 de abril de 2020

Qué solos se quedan los muertos

La pandemia nos fuerza a preguntarnos otra vez sobre la vejez solitaria ante la muerte
(Foto/Letras Libres)

Por Gisela Kozak Rovero (*)

Desde mis ojos insomnes
mi muerte me está acechando,
me acecha, sí, me enamora
con su ojo lánguido.
–José Gorostiza. Muerte sin fin

En Envejecer con sentido: Conversación sobre el amor, las arrugas y otros pesares la filósofa Martha Nussbaum y el abogado Saul Levmore dialogan sobre qué significa vivir a plenitud lo que llamamos las tercera y cuarta edad. La tercera se refiere a las personas mayores de 65 años y la cuarta a las mayores de 80. 

Nussbaum apela a Cicerón en De la vejez. Sesenta años antes de Cristo, el filósofo y político romano desmitifica los miedos usuales ante el paso del tiempo. Sorprende la contemporaneidad de un texto tan antiguo pues recomienda continuar las actividades de siempre, la práctica del ejercicio y la moderación en materia de placeres, en especial los de la buena mesa y las bebidas espirituosas.

En cuanto al miedo a la muerte, es de irracionales pensar que somos eternos, señala De la vejez. La vida debe tener un límite pues la propia dignidad y el bienestar de los otros se pone en juego. De aquí un viejo tópico, el del hombre mayor negado a alejarse del poder. El rey Lear, personaje de Shakespeare, se aferra a su cetro llevándose por delante a sus propios afectos. Lear divide su reino entre las dos hijas que menos lo quieren pero más lo adulan porque teme perder el control. El reino y la familia se perjudican y Cordelia, la hija que realmente lo ama porque simplemente es su padre, es la víctima propiciatoria de su familia. La exitosa serie de HBO, Sucesión, trae a Shakespeare al siglo XXI en la figura de un octogenario millonario que cuenta con la mejor medicina a su disposición y manipula a su familia a su antojo. El cuento “Los funerales de la mamá grande”, de Gabriel García Márquez, relata con humor la agonía, muerte y ceremonias alrededor de la matriarca absoluta del Macondo, sobrecogedora situación que representa las rutas del poder materno entre nosotros los latinoamericanos.

Pero no todos somos Lear o la Mamá Grande. Nussbaum y Levmore señalan, con pragmático estilo, la conveniencia del retiro asegurado más la buena atención médica y asoman el imperativo de un sistema de seguridad social que favorezca a las personas mayores de 65 años en la pobreza. Al envejecer sin dinero se depende de trabajos precarios o de familiares, quienes pueden ver como una carga sostener por décadas a personas que a partir de cierto momento quizás requieran de cuidados costosos. Este momento puede ser a los 65 años, en el caso de personas de salud precaria, o puede ser a los 80. La vejez se podría definir como el momento en que la persona no puede ver por sí misma. Hay octogenarios en forma y sexagenarios fuera de combate pues la genética, el estilo de vida y la disponibilidad económica son preponderantes. Dos series de Netflix, El Método Kominski Grace y Frankie, nos narran las vidas de septuagenarios y octogenarios que se enamoran, disfrutan de la vida, se burlan de sí mismos, asisten a funerales de sus conocidos a tomar vodka, fuman marihuana y continúan con sus actividades. Son series lo suficientemente inteligentes para cultivar la comedia y no evadir la tragedia.

El promedio de vida se ha elevado en todo el mundo, pero las “ancianas” que venden caramelos en el Paseo de la Reforma, y que probablemente tengan 20 años menos que la actriz estadounidense Jane Fonda, protagonista de Grace y Frankie, nos demuestran que la longevidad no es igual para todos. En América Latina la seguridad social de innumerables personas mayores es la familia. ¿Nos extraña que seamos tan pobres en relación con otras regiones del mundo?

Aquí el sentimentalismo no cabe: el cuidado de personas mayores que no pueden valerse por sí mismas no es barato. Las mujeres de los sectores populares que se encargan de sus padres lo hacen a costa de su propia actividad productiva. En los sectores medios no se quiere –o puede– pagar lo que vale el cuidado. En Venezuela se llama “complejo de doctor(a)” a la molestia que causaba que hubiese muchos profesionistas, pero cada vez menos plomeros o electricistas, lo cual encarece el trabajo de estos. Igualmente se aplica al trabajo de cuidadoras y trabajadoras domésticas. ¿Cómo es posibles que esos “trabajos de mujeres” se pretendan cobrar en lo que valen? Es chocante decirlo, pero un padre o una madre de avanzada edad pueden generar batallas familiares al exigir recursos y tiempo. En cuanto a los sectores acomodados, no son más o menos amorosos y filiales, simplemente pagan. No puedo dejar de recordar la imagen de una camioneta que dejaba en las puertas del John Kennedy Center, en Washington, a un grupo de octogenarios elegantísimos que asistían a un concierto dirigido por el director y compositor John Adams.

La pandemia ha puesto en claro la necesidad de sistemas de salud robustos y el valor de los cuidados, desde los más especializados como la medicina neumonológica hasta los más sencillos, pero muy engorrosos, como brindar cuidados básicos a personas mayores. Nos ha colocado ante la cercanía colectiva de la muerte independientemente de la edad. A quien escribe estas líneas el coronavirus la ha puesto a pensar en que perdió su seguridad social en Venezuela y en los nueve años que le faltan para llegar a la tercera edad; pero también en los ritos funerarios que no se le rindieron a mi madre, recientemente fallecida y cremada, dadas las condiciones de la cuarentena y la falta de combustible para transportarse en Caracas. Los venezolanos que emigramos y los que se quedaron vivimos la muerte como inminencia ante la pandemia, pero también nos envuelve un miedo atávico, el de nuestros restos mortales en soledad. 

El rey troyano Príamo, personaje de La Ilíada, de Homero, deja a un lado su condición de monarca y patriarca para humillarse ante Aquiles. Debe ser terrible postrarse ante el hombre que mató a un hijo en combate para rogarle que devuelva su cadáver, pero Príamo lo prefiere a que el cuerpo sin vida de Héctor sea carne de los buitres. Los familiares de los 43 estudiantes muertos en Ayotzinapa no han podido velar y cremar o enterrar a sus muertos, como tampoco lo han hecho deudos de las víctimas del coronavirus en China, Italia o España, con el fin de que no se expanda el contagio. El tema de la vejez y la muerte se pone en primer plano en esta época de pandemia y nos enfrenta a la realidad de nuestra finitud desde una perspectiva distinta. Cuántos septuagenarios, octogenarios o nonagenarios se estarán preguntando: ¿mi edad me impedirá alcanzar buena atención médica? Si muero, ¿mis restos serán arrojados a una calle en lugar de ser cremados o enterrados? ¿Moriré junto con otras personas en una casa hogar, abandonados por el personal y por la familia? ¿Quién se ocupará de mi cadáver si no tengo parientes o si existe el temor del contagio? ¿Se ocupará (en una pesadilla) el Estado?

Nuestra condición biológica se impone en estos tiempos como una mueca irónica a tanta idea irracional que se ha apoderado del mundo. Pero, como dice Yuval Noah Harari en Sapiens: de animales a dioses, somos una especie de ritos y ficciones. Si no hay quien se interese personal y afectivamente por la seguridad de los mayores y por sus restos mortales, el desamparo quedará como la memoria de la injusticia o el desamor del que fueron objeto.

(*) Escritora. Por veinticinco años fue profesora de la Universidad Central de Venezuela. Su libro más reciente como autora, editora y compiladora (junto con Armando Chaguaceda) es La izquierda como autoritarismo en el siglo XXI (Buenos Aires: CADAL, Universidad de Guanajuato, Universidad Central de Venezuela, 2019). Reside en Ciudad de México.

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