domingo, 19 de abril de 2020

Por virus o pobreza, muertes son muertes

Por Gustavo González
Ojalá la alternativa fuera tan simple como Alberto Fernández se la planteó a Jorge Fontevecchia en el reportaje de la semana pasada: “Prefiero tener 10% más de pobres a que mueran 100 mil personas”. Las 100 mil personas son, según él, las que morirían si el Estado no tomara recaudos estrictos para frenar el coronavirus. No se sabe si se trató de un número mostrado como ejemplo de gravedad o si es una hipótesis cierta. Algunos especialistas estiman en 40 mil los decesos si no se hubieran tomado las medidas adecuadas para controlar la pandemia en Argentina.

En cualquier caso, la frase presidencial parte del supuesto de que un 10% más de pobres podría generar muchas desgracias, pero no muertes, nada de lo que no se pueda volver.

El problema es que la pobreza y las crisis económicas siempre terminan provocando víctimas fatales. Y cuanto más profundas son, más muertes provocan.

Primeras víctimas. Fernández hizo, en materia sanitaria, lo que la mayor parte de los mandatarios, incluso antes que la mayoría: apostó al aislamiento social, vía una cuarentena obligada, que desaceleró el desarrollo del virus. Si la OMS lo recomienda, el mundo lo hace, los especialistas locales lo avalan y la sociedad lo aprueba, nadie hubiera podido hacer otra cosa. Que es probablemente lo que se debía hacer.

Lo que no quita que una solución inevitable traiga consecuencias que también se cuenten en vidas.

Eso ya está pasando.

Un informe del Instituto Cardiovascular de Buenos Aires (ICBA) revela el incremento de muertes que se está produciendo por encima de la media en diversas cardiopatías. Advierte, entre otros motivos, que en cuarentena las personas evitan salir para hacer consultas ante algún signo de alerta cardíaco, ya sea porque creen que está prohibido hacerlo o por temor a ser contagiados. También menciona que el aislamiento obligatorio generó la cancelación de agendas y de estudios médicos.

El informe menciona que durante la pandemia en España bajaron un “40% las angioplastias coronarias en pacientes con infarto agudo y un 80% en procedimientos de cardiopatía estructural”. Esta disminución de intervenciones “será traducida en un incremento de la mortalidad. (…) Se ha observado en ciertas regiones de Europa un incremento del doble o triple, superior a la adjudicable por Covid-19”.

En cuanto a la Argentina, el ICBA indica que por los menores controles cardíacos que ya se observan, habría un incremento de entre el 10 y el 15% de mortalidad cardiovascular entre abril y octubre de este año. Un porcentaje que representaría entre 6 mil y 9 mil muertes.

Ya pasó. La revista Noticias de esta semana presentó una investigación que compara el incremento de los fallecimientos en momentos de grandes crisis nacionales e internacionales. Por ejemplo, en el crack económico de 2001, las estadísticas muestran cómo la curva de muertes infantiles que venía cayendo se corta entre ese año y 2003, produciendo 2.739 decesos adicionales a los que se habrían producido sin esa crisis.

La misma curva dibujan las estadísticas sobre homicidios. Se calcula que en esos años hubo 2.475 asesinatos por encima de la curva histórica.

El estudio indica que en situaciones de crisis extrema, como aquella sucedida en Argentina, la crisis griega de 2008 o la de ese año en Estados Unidos, los indicadores también muestran un aumento de la mortalidad por distintas enfermedades: cardiovasculares, cáncer, respiratorias, mentales, etc.

La prestigiosa revista británica médica The Lancet ejemplifica que las consecuencias en vidas que tuvo la crisis griega entre 2008 y 2013 superaron las 14 mil muertes.

El informe concluye que, al extrapolar aquellos porcentajes de aumento a los números actuales del país, podría haber más de 50 mil muertes atribuibles al congelamiento de la economía.

Lo ejemplifica bien Luis Huergo, autor del estudio difundido por Noticias, en un reportaje con Fontevecchia: “La pobreza termina con desempleo, depresión, miseria, peores condiciones sanitarias, menos recursos. No es casualidad que la expectativa de vida en Suiza, Luxemburgo o Japón sea de 83, 84 años, y en Sierra Leona o Botswana sea inferior a 50.”

El jueves pasado, Cáritas informó que desde el comienzo de la cuarentena subió 50% la cantidad de personas que se acercan a los centros comunitarios a pedir comida. Lo informó el obispo de Quilmes, Carlos Tissera: “El 40% de nuestra población vive de changas y trabajos informales y ahora no tiene qué comer”.

Hoy y siempre, más pobreza implica más mortalidad. Las crisis solo profundizan esa realidad.

Decisiones imposibles. El Presidente no pudo elegir entre cuarentena sí o cuarentena no. Porque no tenía alternativa y porque, además, la sociedad no se lo hubiera permitido.

Hace un mes eligió lo que parece más correcto para que muera la menor cantidad de personas por el virus, y desde entonces tiene la extremadamente compleja misión de operar sobre la economía para atemperar la crisis. Cuanto más éxito tenga, menos personas morirán.

Tan complejo es el dilema que el Gobierno ni siquiera puede usar del todo la obra pública como uno de los motores históricos para generar reactivación.

El ministro del área, Gabriel Katopodis, lo explica con realismo. Las obras requieren movimiento de personas y trabajos a corta distancia. Su temor es el mismo de Alberto Fernández: que por acelerar los tiempos se promueva la pandemia.

La obra pública que se está haciendo es la que se desarrolla al aire libre y con espacio suficiente, como la de las rutas 7, 8 o 34. Obras que en promedio aportan entre 1.500 y 2.000 millones de pesos cada una.

Después están los programas de inversión para 750 obras más pequeñas en los municipios: reparación de calzadas, cloacas, escuelas. En total, representan una inversión de 15 mil millones de pesos en una primera etapa. Más otras 50 obras de tipo sanitario, entre ellas 14 hospitales.

Todo parece poco. “Es cierto –reconoce Katopodis–, pero la prioridad es la cuarentena y el cuidado de la salud. Cualquier medida para reactivar la economía estará supeditada a eso”.

Vidas. Con una inversión en obra pública que se presupone muy paulatina, al Gobierno no le quedan muchas más alternativas que la inyección directa de fondos en la economía.

Lo viene haciendo con el incremento del gasto social (117% de aumento real en marzo con respecto a un año atrás, y en abril será mayor), fondos de garantía para préstamos bancarios a pymes (aunque con una parsimonia que no llegará a tiempo para salvar a muchas empresas) y ciertas facilidades impositivas.

Atrás de cada cifra habrá consecuencias sobre las personas. Así como cuanto más rápido corra el Gobierno para enfrentar al virus menos personas morirán, cuanto más rápido y profundo invierta sobre la economía menos víctimas habrá también.

Porque, lamentablemente, el Gobierno no puede elegir entre salud y economía. Salud y economía son lo mismo. Siempre se está eligiendo sobre vidas.

 © Perfil.com

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