lunes, 27 de abril de 2020

Desigualdad en la granja


Por Sergio Sinay (*)

Aunque su novela 1984, siempre vigente y tan asombrosamente visionaria, resulta la más mencionada en estos tiempos de ciberpatrullaje y demás formas de invasión y control de la privacidad y la intimidad de las personas, otra de las obras emblemáticas de George Orwell (1903-1950) merece ser tenida en cuenta al calor del coronavirus y sus derivaciones. Se trata de Animal farm, traducida como Rebelión en la granja. 

Orwell, que había simpatizado con el comunismo y había luchado en el bando republicano durante la Guerra Civil Española, publicó esta novela en 1945, cuando ya era profundo su desencanto y honda su indignación con el estalinismo y con la prostitución de los postulados marxistas de la revolución de 1917 en Rusia, convertida en la Unión Soviética. Rebelión en la granja cuenta, a la manera de fábula, cómo un grupo de animales (gallinas, palomas, cerdos, perros, caballos, cabras, burros, ovejas y vacas) se conjura para expulsar al señor Jones, propietario humano de la granja en la que viven, terminar con la explotación a que este los somete con su pésima administración, e iniciar el “animalismo”, un régimen que sueñan como justo y equitativo. El profeta de esa visión es el sabio y compasivo Mayor, el más viejo de los cerdos. Pero él muere pronto y empiezan a aparecer facciones y grietas entre los animales (especialmente entre los cerdos dominantes). También desigualdades, privilegios y nuevas formas de injusticia.

En principio, el animalismo se había basado en siete consignas, que incluían considerar enemigos a los bípedos, amigas a las especies voladoras, no beber alcohol, prohibir la muerte de un animal a manos de otro, no usar ropas, no dormir en camas y, la última y más importante, que rezaba: “Todos los animales son iguales”. Estas siete verdades animales se van corrompiendo al calor del autoritarismo y la posterior dictadura de la clase dominante (que empieza a gozar de todo tipo de privilegios) y, hacia el final del relato, es reformulada de la siguiente manera: “Todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros”.

En los discursos oficiales, en los mensajes mediáticos, en las piezas publicitarias (algunas de un repelente patrioterismo futbolero y mundialista, como la de la empresa petrolera estatal) se insiste hasta el hartazgo en que al coronavirus “lo derrotaremos entre todos”. También se usa mucho la palabra “juntos”. Pero a la hora de la batalla (suponiendo que esto sea una guerra, aunque el virus no destruye casas, no viola mujeres, no tira misiles, no impide que tengamos televisión, internet, luz, agua, alimentos y medicamentos), hay algunos notorios desertores que corren a refugiarse en indignantes franquicias y prerrogativas. Habitan especialmente en el Poder Legislativo y en el Judicial. No desempeñan su trabajo, cobran inexplicables bonus (como esos 100 mil pesos que los legisladores deberían aplicar a la “lucha” contra la pandemia, aunque sin exhibir recibos ni facturas de tal “lucha”), no ceden ni un centavo de sus gruesos haberes y dejan a la República huérfana de dos patas esenciales, sostenida solo en una de ellas y sometida a un gobierno por decreto. Allí donde otros corren riesgos ciertos y hacen lo que tienen que hacer (por salarios a menudo deshonrosos), como los trabajadores de la salud, los del transporte, los que permiten que no nos falte electricidad, agua, gas, el personal de limpieza tanto en escenarios públicos como privados, los repartidores y trabajadores de logística o las fuerzas de seguridad, estas castas privilegiadas se desentienden, desenvainan argumentos y chicanas impresentables para justificar su deserción y convierten la cuarentena en prolongadas vacaciones.

¿Cuándo se dice “todos” y “juntos” se los incluye a ellos? ¿De veras somos todos iguales ante la experiencia inédita de la pandemia? ¿O una vez más hay unos más iguales que otros? Refiriéndose al señor Jones, en la novela de Orwell los animales dicen: “Es el único ser que consume sin producir. No da leche, no pone huevos, es demasiado débil para tirar del arado y su velocidad ni siquiera le permite atrapar conejos. Sin embargo, es dueño y señor de todos los animales”.

(*) Periodista y escritor

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