lunes, 16 de marzo de 2020

El virus inesperado que logró freezar la grieta


Por Laura Di Marco

Cuando lo que está en juego es la supervivencia, la economía pasa a un segundo plano . Sucede en las guerras, en las catástrofes naturales, en los atentados terroristas. En un parpadeo, las preocupaciones de la gente cambian: esta es la novedad política que nos trajo el coronavirus. De pronto, conseguir alcohol en gel o diseñar una estrategia hogareña eficaz para contener a los chicos que no irán a la escuela hasta fin de mes convirtió en una meta de altísima prioridad. ¿Qué puede importar el impuesto al dólar o -aún más- los sueños de autoamnistía del kirchnerismo, si lo que está en juego es la vida?

A excepción de minorías muy fanáticas, la percepción general, incluso en sectores antikirchneristas moderados y kirchneristas duros, es que el Gobierno actuó a tiempo. La politóloga Matilde Ollier, investigadora de los liderazgos en el peronismo, suele explicar que Fernández necesita construir legitimidad en dos polos sociales opuestos, que le son adversos: al antikirchnerismo (los que no lo votaron, básicamente) y el kirchnerismo duro. El discurso del domingo parece haber ayudado a construir ese activo.

En el anuncio de las medidas de emergencia, Fernández se colocó por encima de la grieta y logró ponerse al frente de la situación, rodeado de Larreta y Kicillof , en un gesto político que lo distancia de Cristina, no solo en los modos sino también en la lógica política. Cristina jamás hubiera sentado a Larreta a su lado, menos le hubiera pedido permiso para nada, menos para parafrasear a Perón. Más aún, mientras Fernández se proyectaba con un discurso moderado, ella violaba las recomendaciones generales de aislamiento social para su grupo etario (tiene 67 años) y, en cambio, partía en avión hacia La Habana. Se sabe: Cristina está por encima de las reglas y los virus. A ella no le caben las generales de la ley . Más aún, el comité de crisis que armó el Presidente está libre de cristinismo. Otro rasgo distintivo. A cara o cruz, la suerte de la pandemia está políticamente conectada con su propia gestión.

Si antes del coronavirus, la construcción del liderazgo político de Alberto Fernández dependía de un improbable éxito económico en el mediano plazo, ahora el milagro podría llegar (o no) de la mano de una bacteria. Un cisne negro inesperado que podría potenciarse si, incluso, la Argentina logra contener el virus comparativamente mejor que otros países. Obviamente que también podría suceder todo contrario si el sistema de salud colapsa por el brote o se produce un estallido incontrolable de contagios o muertes. Es paradójica la vida: aquello que potencialmente puede matarte también puede construirte. Salvando las distancias -muchas distancias-, el atentado del 11 de septiembre en las Torres Gemelas, otro cisne negro, no solo cohesionó a los norteamericanos sino que pavimentó la reelección de George W. Bush .

La pandemia que puso en pausa la circulación en el mundo, también colocó en el freezer -al menos, momentáneamente- los discursos del odio y las erupciones compulsivas de nuestra grieta política. Y no solo de la dirigencia política. Alfredo Casero, uno de los más filosos referentes del antikirchnerismo, acaba de emitir para su público un mensaje antigrieta : "No es momento de esparcir odio por política. Agradezco cada día estar bien y tener bien a los míos. Los haré reír en cuanto pueda. Lo que se tenía que decir se dijo". Casero viró en apenas 48 horas. Un tuit del último fin de semana denunciaba el sesgo kirchnerista de Wikipedia. Un hecho que hoy devino en una minucia.

La oposición política se alineó con las medidas del Presidente . Incluso Macri, que la semana pasaba había vuelto a trabajar políticamente en la grieta calificando al populismo como "más peligroso" que el coronavirus, reculó y se alineó con el discurso de unidad.

En 2010, Cristina Kirchner también tuvo su cisne negro: la inesperada muerte de Néstor Kirchner. El efecto imbatible de su viudez y el discurso en cadena nacional a horas del fallecimiento del santacruceño la hicieron subir 20 puntos en su alicaída imagen, en apenas una semana. Un tesoro que terminó edificando su reelección por el 54 por ciento.

Entonces, en los focus group que intentaban explicar el fenómeno, una señora del antikirchnerismo duro (de esas, que le dedicaban las frases más filosas a la entonces Presidenta) afirmaba: "Confieso que lloré cuando la vi acariciando todo el tiempo el cajón, a la altura de la cabeza; yo hacía lo mismo en el velatorio de mi marido, lo acariciaba para que tuviera la cabeza calentita. Yo misma me sorprendí de sentir así. Será que el dolor habla un mismo idioma".

El dolor habla un mismo idioma, sí. Y el miedo, también.

© La Nación

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