sábado, 7 de marzo de 2020

De eso no se habla

Por Roberto García
Alerta, luz roja, no pasar. Pero el aviso llegó tarde: “No puedo, el discurso ya está hecho”. Respuesta fría, quizás desafiante, habrá quien imagine que provocó chispazos. Vaya uno a saber.

Si se acepta la veracidad de este diálogo imaginario, habrá que reconocer una falla de comunicación entre los interlocutores. Y lo que parecía una ambiciosa y compleja reforma judicial anticipada en las palabras presidenciales –el corazón de su mensaje en el Congreso, a falta de otros órganos vitales– se transforma en un reperfilamiento tenue, menor, lejano.

A menos de una semana de ese pronunciamiento personal, ejecutivo, al parecer se desvanece el proyecto por la gracia de una vicepresidenta a la que se le atribuye haber sugerido, ordenado o instruido, el sábado pasado, la inconveniencia de hablar sobre la Justicia. Conclusión: una se equivocó porque avisó con retraso y el otro, por no haber consultado a quien le cedió una herencia política antes de tiempo.

Crece el mito. El episodio, entre otros, agranda el mito de los disturbios entre Alberto y Cristina y el relieve superior de ella en esa confrontación, sea porque coloca tres de cada cuatro funcionarios y se expande en el dominio burocrático o porque evoca al dominante legado de Evita, “La mujer del látigo”, según describió la norteamericana Mary Main o María Flores en el siglo pasado, un texto de razonable éxito y obvia propaganda política.

Esa preeminencia femenina también se advirtió, dicen, en una proposición que le acercaron a la dama para hundir en términos de magia judicial las causas que la afectan junto a su familia.

No duró cinco minutos la exposición, ella bloqueó la propuesta –insisten en que fue acercada por operadores del Ministerio del Interior– y dijo que no aceptaba alternativas de preferencia justo cuando pretende que se abran todos los expedientes del mundo que la ha rodeado durante su gestión.

Quizás, aunque a ella le disguste, un propósito semejante al que le demandó Julio De Vido al mismo Fernández hace más de un mes, también en una conversación imaginaria que se publicó en estas columnas. Primero habló la esposa con ríspido tono y, luego, el mismo exaltado ex ministro, incrementando los reproches e insinuando retaliaciones al dúo que ocupa la Casa Rosada. Si, claro, aun ahora, insiste con los presos políticos y la inexistencia de corrupcion en el gobierno de los Kirchner.

Al cerrarse los celulares, se dijo entonces que el propio AF había prometido ocuparse del tema de su ex compañero de gabinete, a pesar de que nunca actuaron como compañeros. Habrá quien asocie aquel diálogo presunto con la flamante liberación de De Vido.

Reforma. La reforma judicial aún no nata y poco compartida en el binomio presidencial ofrece discutibles flancos, desde una gigantesca ingeniería de fundamentos hasta un gravoso costo en tiempos de penurias. Por no hablar de las contradicciones dentro de su cuerpo. Varias.  

Como también se trata de un reparto de más cargos –fundamental detalle: son vitalicios–, hay mucha gente interesada. Aunque le parezca desaguisada. Se supone que el Ejecutivo desea que la próspera Corte Suprema asuma gran parte de los gastos merced a sus cuantiosas reservas (repiten que algunos bancos disponen de alfombra roja y difunden la Marcha Triunfal de Verdi cada vez que el mismo representante del organismo renueva los depósitos). Encaja en el criterio económico de Fernández: sacarles a unos para cederles a otros.

La misma Corte se puede ampliar, aunque dijo lo contrario el Presidente, hasta 21 miembros, idea de un jurista jubilado que se lleva 700 mil pesos por mes a la bolsa. La reforma será cara por el carácter colegiado –si se aprueba finalmente– al diseminarse el número de jueces federales de 12 a 50, unificándose con los de Penal Económico (difícil que avance con el Contencioso Administrativo).

Y si había deleznables operadores en el sistema, es probable que aumente este fantasmal grupo de influencers: cada magistrado tiene su amigo. Por otra parte, los nuevos deberán dar examen y a los viejos se los engolosina con la atención en atractivos rubros que desconocían: contrabando y evasión.

Sigue sin entenderse esta propagación de jueces al mismo tiempo que AF promueve el sistema acusatorio, otro gasto en ciernes (por lo menos, a los fiscales habrá que otorgarles la misma cantidad de personal que a los magistrados). Una contradicción en sí misma.

Por otra parte, nadie habló todavía de los ingresos privilegiados y un alud de jubilaciones anticipadas que hará ley el Congreso aun sin escuchar a las partes. Si bien la lista es larga de dimisiones, quienes pensaban retirarse para cobrar el 82% ahora reflexionan porque deberán pagar Ganancias. Entonces, mejor quedarse hasta los 75 años.

Rafecas. Un enjambre que Fernández soñaba instalar desde que pateaba por Tribunales que, además, se somete a otra cuestión: la aprobación del juez Rafecas como procurador de la Nación.

No alcanzan lo números del oficialismo para la aprobación y por ahora la oposición jura que no permitirá esa designación, aunque los dueños de los votos son los gobernadores que, igualando la conducta de los magistrados, asumen el ropaje que facilita la Casa Rosada más que la recomendada por el clima.

Esta definición esconde otro litigio que inquieta a Fernández, al igual que a Macri o a Cristina: si la Corte confirma este año la responsabilidad que se le atribuye a De Vido por la tragedia de Once, abre las puertas a otro horizonte impensado: ¿esas cadenas de mando pueden ser asignadas también a una primera magistratura?. Difícil pronóstico, otro silencio de radio dispuesto a la negociación.

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