lunes, 9 de marzo de 2020

Arquetipos asesinos

Ni una menos. Carolina Aló fue asesinada por Tablado, hoy en libertad.
Por Sergio Sinay (*)

En la misma semana en la que Fabián Tablado recuperó su libertad tras 24 años de prisión por haber asesinado mediante 113 puñaladas a Carolina Aló, una mujer era exterminada en Catamarca y su cadáver descuartizado tras el vano intento de asarlo en una parrilla. Y en Mar del Plata, otra mujer moría golpeada en su propio departamento antes de que su cuerpo fuera arrojado desde ese séptimo piso, en el que su asesino quedó encerrado. 

No fueron los únicos casos, pero sí los más mediáticos. Durante 2019 murió una mujer cada 29 horas en el país, víctima de femicidio. En los dos primeros meses de 2020 el lapso nefasto se acortó a 23 horas, producto de 63 asesinatos. Estos dolorosos datos, difundidos por el observatorio “Ahora que si nos ven”, dan cuenta de una epidemia que no cesa, como es la expresión disfuncional de una masculinidad depredadora. No de la masculinidad como tal, seamos claros, sino de una manifestación distorsionada y letal de lo aprendido y vivido como varón. Es la distorsión de arquetipos masculinos esenciales.

Carl Jung (1875-1961), el padre de la psicología profunda, estudió exhaustivamente los arquetipos y los definió como principios rectores de la psiquis. Los veía como formas simbólicas innatas, energías e imágenes instaladas tanto en el inconsciente personal como en el colectivo. Esas formas y configuraciones psíquicas inconscientes, señaló, están detrás de todas las conductas y todas las experiencias humanas. La Gran Madre, la Diosa, el Niño Divino, el Puer Eterno, la Mujer Celestial, el Héroe, el Sabio, el Animus (energía masculina en la mente femenina) y el Anima (energía femenina en la mente masculina) son algunos de esos arquetipos. No son voluntarios, no se eligen ni se descartan. Están. Nos constituyen en tanto humanos. Y cuando se traducen en conductas pueden hacerlo de un modo maduro o inmaduro, funcional o disfuncional, fecundante o destructivo.

En un libro de 1990 (La nueva masculinidad), esencial para comprender la psicología masculina, los psicólogos y mitólogos junguianos Robert Moore y Douglas Gillette analizan cuatro arquetipos básicos existentes en el varón. El Rey, el Guerrero, el Mago y el Amante. Según la educación, los modelos, la guía psíquica, emocional y moral recibidas en la construcción de su identidad y los rituales a través de los cuales pasó de un ciclo de crecimiento al siguiente, estos arquetipos se manifestarán en cada varón de una manera madura, constructiva, espiritualmente fertilizante, amorosa, empática, cooperativa, plena de testosterona espiritual, o lo hará mediante conductas inmaduras, destructivas, competitivas, físicamente brutales, devastadoras, violentas. El Rey que habita en cada varón podrá presentarse como alguien que imparte Justicia, que pone orden en el caos, que asume responsabilidades, que cuida a los suyos y a otros, que busca el sentido de la vida, o lo mostrará como un tirano, un irresponsable, un iracundo que se impone por la fuerza, alguien que no escucha. El Guerrero podrá construir y transformar a través de su natural agresividad, luchará por lo justo, experimentará piedad y compasión, o será destructor, fanfarrón, lastimará a los débiles. El Mago lo hará cuidar la naturaleza, escuchar a los otros, explorar la espiritualidad, desarrollar la intuición, transmitir su saber, o manipular, corromperse, robar, engañar, ser paranoico, envidiar, insultar, herir. El Amante podrá conectarlo emocionalmente, llevarlo a ser idealista, a crear vínculos sólidos, a respetar a la mujer, a iluminar otras vidas con su presencia, o a maltratar a la mujer, beber en exceso, desarrollar adicciones, desconocer límites, manifestar disfunciones sexuales, confundir o desconocer sentimientos y emociones.

Una sociedad en la que el machismo prevalece en todos sus estratos sociales, económicos y culturales y se manifiesta a través de palabras, actitudes, mensajes, mandatos y mitos, crea las condiciones para que los arquetipos (que son universales y se manifiestan individualmente) aparezcan en su forma más sombría y una mujer muera cada 23 horas a manos de un hombre.

(*) Escritor y periodista

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