sábado, 1 de febrero de 2020

Silencios de jefes de Estado

Por Roberto García
Más que venir o volver a la Argentina, el Papa se fatiga con los menesteres propios que le generan sus compatriotas, en particular los más destacados. Como ayer Alberto Fernández. Involuntariamente, se supone. Pasó con Cristina, pasó con Macri, una sucesión de leves escándalos desde que fue designado.

Egocentrismo. De acuerdo con el espíritu nacional, egocéntrico, ser recibido en el Vaticano es un acontecimiento extraordinario cuando Francisco, a veces, recibe hasta a dos presidentes por día. Una rutina.

Pero sus visitantes locales agrandan la importancia del encuentro, político y espiritual, le otorgan categoría suprema a detalles menores, como la coincidencia presunta de Alberto por haber compartido la sala de espera de un dentista, Cechi, famoso por atender artistas (Susana Giménez) o políticos que no discriminan a la hora de obtener una sonrisa postiza, carísima, que atrape posibles votos, léase Néstor, Menem, Cristina, Scioli, o el difunto paraguayo Lino Oviedo.

Malestar. El meneado periplo de Alberto a la Santa Sede, su conversación con Francisco (con rostro agridulce para las fotos, como en otras ocasiones) previamente se anticipó con internas del viajero y otras, superiores, del mismo dueño de casa, ya que debió sorprenderse con dos episodios que le provocaron malestar hepático.

Primero ocurrió que, al aeropuerto, asistió por su cuenta un ex colaborador de apellido Karcher para darle la bienvenida a la delegación oficial, como si fuera representante del Sumo Pontífice.

Karcher, reconocido por haber sostenido el micrófono cuando ungieron al Papa, luego presumió de ser su secretario sin haber sido nominado. Esa vecindad y cierta audacia como vocero oficioso le concedieron una influencia pocas veces comprobada, le permitieron ciertos devaneos políticos, declarar y actuar como intermediario, hasta acercarse a María Eugenia Vidal para susurrarle un nombre para ser elegido secretario de Culto.

Fue raleado Karcher del entorno, pero en la Iglesia católica nunca echan a nadie, hasta estimulan el consejo de “promover para remover”, a veces utilizado en política. No fue este el caso de este sacerdote argentino que en internet ha revelado una personalidad desprejuiciada quizas con hábitos religiosos pregonados y no cumplidos.

El segundo disgusto a Francisco lo aportó, como suele ocurrir, el obispo Marcelo Sánchez Sorondo, a cargo de la Escuela Pontificia, un instituto ajeno a las órdenes del Papa, quien, por su formación jesuítica, casi militar, y su experiencia en la Argentina como jefe sin permitir disidencias, debe detestar esas experiencias independientes, sobre todo cuando las ejerce alguien con quien no participa de las mejores simpatías, testimoniado por el propio Sánchez Sorondo cuando se ha expresado sobre Francisco.

El hijo de Marcelo, un nacionalista que en el crepúsculo fue candidato peronista para perder cuando todos ganaron (1973), se permitió en una misa ante Fernández y sus acompañantes –dos horas antes de la entrevista papal– recitar una homilía justicialista, verter elogios sobre el General, recordar anécdotas partidarias y sugerirle al mandatario que “siguiera por ese camino político”.

Ni Francisco, de inclinación peronista en sus años mozos, hoy se atrevería a semejante consejo: preside un Estado y reconoce que ese tipo de apreciaciones agiganta las diferencias en su país, le complican un eventual regreso. Jamás se le ocurriría fomentar una discordia todavía abierta.

Nadie sabe si Karcher y Sánchez Sorondo operan en consonancia por integrar una misma minoría refractaria al Papa, quizás ahora se prevenga ante la reunión que esta semana el mismo obispo ahora militante presidirá con la titular del FMI, la búlgara Kristalina Georgieva (a la cual Francisco, luego de conocerla, confesó una razonable confianza) y a la que asistirá el ministro de Economía, Martín Guzman.  

Sin arranque. Fernández aterrizó en busca de aire político para un gobierno que no arranca, parcelizado. Y con sus propias internas con el Vaticano. Por ejemplo, el desaire sobre la designación de un nuevo embajador (Bellando) y el envío de una diplomática de carrera, María Fernanda Silva, que estuvo en el Vaticano junto al celestino de Alberto con Cristina, Eduardo Valdez, extraño ausente en la delegación sin razones aparentes.

Para muchos fue una sorpresa, en cambio, la presencia de Gustavo Beliz, hombre de antaña vinculación con el Opus Dei, rama católica en guerra de intereses con la Compañía de Jesús, a la que pertenece Francisco (aunque Bergoglio, para ser arzobispo de Buenos Aires, no fue cuestionado por ese sector, más bien alentó y solventó ese nombramiento).

Temas de creyentes estas disputas. Fernández cantó la melodía que más le gusta a la Iglesia: pidió ayuda para evitar las derivaciones nefastas del capitalismo salvaje y habrá repetido el sonsonete de que su gobierno no tolerará ganancias extraordinarias. Como si, por ejemplo, alguien inventa la pastilla contra el cáncer y quieren impedirle que cobre los derechos cuantiosos por su descubrimiento. O lo conviertan en delincuente.  

A su vez, el Papa dijo que su voz es por los pobres del mundo, que su corazón late por la Argentina y que Fernández debe ser un mandatario con amor, paz y dignidad. Le agregó: “Yo no estoy solo para leer los diarios, ayudaré en lo que pueda, confíe en que Dios proveerá”.

Nada hubo sobre los jubilados estoicos, ahora más hundidos, ni de la liquidación del índice de ajuste que los beneficiaba: “Achatar para uniformar”. Una interpretación peculiar de la justicia social.

El oficioso Vatican news dijo que también hablaron de la carestía, la deuda y el narcotráfico. También, publicaron, hubo tertulia sobre la vida, aunque entre ellos, según informaron, se evitó el tema del aborto. No debe ser un tema de vida. Curioso, además, en una Iglesia que hizo de esa causa una razón de ser, y el mandatario, recitando al revés, destacó una publicidad para ganar elecciones.

Un olvido o una distracción. Además, esa misma institución católica proclama el igualitarismo –como si esa teoría funcionara en el mundo– al que ahora Fernández parece adherir a pesar de que se ha formado en el garantismo (al menos, en Derecho), que aboga por la autonomía del ser humano y contra cualquier imposición ajena que lo afecte. No solo la del Estado. Cortesía de las partes el silencio, son dos jefes de Estado.

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