sábado, 29 de febrero de 2020

Escuderos de la señora


Por Héctor M. Guyot

En su carrera política, Daniel Scioli siempre defendió con lealtad de soldado causas que lo exceden. Allí donde lo llaman, él acude. Este hombre que estuvo muy cerca de ser presidente tiene una manifiesta vocación de servicio. 

La desplegó con Carlos Menem, que lo creó. La puso a prueba con Cristina Kirchner, que lo sometió a ninguneos y humillaciones para después ungirlo con una candidatura envenenada que él padeció sin chistar. Y la volvió a confirmar el jueves, cuando compareció allí donde sus jefes lo requerían para que –otra vez– cumpliera su papel en el plan. Papel que nunca le exige demasiado, apenas su sola presencia. Lo suyo no es el discurso ni el gesto. Es estar ahí cuando se lo necesita.

Esta vez el beneficiado fue Alberto Fernández, el segundo intento de Cristina Kirchner (este, exitoso) de ocupar el poder más alto del país a través de un cuerpo ajeno. En esto, la expresidenta demostró que para ciertas cosas tiene vocación de aprender, pues en las últimas elecciones se cuidó de cometer los mismos errores en los que incurrió cuatro años atrás: si conseguiste un escudo, usalo y desaparecé tras él. Pero no solo en este aspecto –el de ser instrumento de la señora– se parecen Scioli y Fernández. A los dos resulta difícil reconocerles convicciones propias. Son una incógnita. Podemos juzgar sus actos, pero sus intenciones aparecen siempre veladas, ocultas. En Scioli, por su laconismo proverbial. En Fernández, por la razón opuesta: en su caso son las palabras, que no mezquina, las que oscurecen sus intenciones. Es apenas una cuestión de estilo. Lo que vale es lo que tienen en común: siempre parece que hay alguien, otra persona –a la sazón, la misma–, detrás de sus decisiones y sus actos.

Fue el caso del escándalo del jueves. ¿Es el Presidente quien promueve este recorte desesperado de las jubilaciones de los jueces y los diplomáticos o es la vicepresidenta, en otra movida de las muchas que impulsa para garantizar su impunidad y la de su familia en la decena de causas por corrupción que se le siguen? A esta altura resulta claro que no está dispuesta a esperar sentencia en ninguna de ellas. La estrategia es dominar al Poder Judicial, colonizarlo, tarea en la que involucró esta semana a otro poder del Estado, el Legislativo, convertido en una extensión de su voluntad. Ya intentó quedarse con la Justicia cuando fue presidenta, sin lograr su objetivo. Pero cuidado: de Scioli a Fernández, hemos visto que es capaz de aprender. El Presidente ha dicho que han vuelto mejores. No aclaró si se refería al simulacro y la trampa.

El simulacro es el de siempre, perfeccionado por la práctica: con la excusa de remediar pecados ajenos, y en nombre de la virtud, perpetran el propio, casi siempre más grave. El discurso de las buenas razones –la solidaridad, la igualdad fiscal– oculta intenciones perversas que más temprano que tarde salen a la luz. Al margen de los cínicos, lo asombroso es la credulidad de los incautos, que una y otra vez prestan el voto y el quorum. Las injusticias sobre las cuales el kirchnerismo puede desplegar este tipo de hipocresía no han faltado ni faltan. En este caso, más allá de la intangibilidad del salario de los jueces, el régimen especial de los magistrados configura, si reparamos en los números, un privilegio que es preciso morigerar para que no lo sea. Pero votar el remedio que propone el Gobierno es peor que la enfermedad. Lo ha dicho el presidente del Consejo de la Magistratura: de aprobarse este proyecto, se generarían entre 380 y 400 vacantes en el Poder Judicial y esto afectaría al servicio de justicia. Es lo que busca Cristina Kirchner, para que la Justicia no la afecte a ella.

La trampa la aportó Scioli cuando se materializó en el recinto y cantó el presente. “Todavía el cuerpo no aceptó la renuncia del diputado”, justificó Sergio Massa, presidente de la Cámara, ante las razones de Mario Negri, jefe de la bancada opositora. Al tigrense se lo vio muy cómodo en el simulacro. Y jugó el papel que le tocó en la puesta. Pero ¿hay un diputado si hay una renuncia, más allá de lo estrictamente formal? Una disquisición moral que reviste poca importancia para el oficialismo. Y acaso ninguna para Scioli, que no se mete en esas honduras y solo acata el papel que la dueña del circo le reserva en el guion que va tramando en las sombras, paso a paso, al calor de los acontecimientos. Como el resto del elenco oficialista, en suma.

¿Y el Presidente? También, según parece, obedece al libreto con una determinación de actor veterano. Cada vez que se permitió improvisar alguna línea, le cayó encima el coro de los incondicionales para llevarlo de nuevo al rigor de la trama preestablecida. Sin embargo, en alguna medida, todavía resulta una incógnita. Como lo es también Scioli, aquel primer ensayo de Cristina que no pudo ser. ¿Hay algo bajo la máscara? De cualquier modo, esa incógnita está muy cerca de volverse irrelevante. Lo que importa en este sainete, como en cualquier obra, es lo que los actores hacen.

© La Nación

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